Searching for Sugar Man (Malik Bendjelloul, 2012)

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“And you assume you got something to offer

“And you assume you got something to offer

Secrets shiny and new

But how much of you is repetition

That you didn’t whisper to him too”

Sixto Rodríguez, Crucify your mind.

A menudo no podemos disimular una leve sonrisa irónica cuando escuchamos frases como “una canción puede cambiar la historia” o la mentada “rock&roll can save the world”. Vivimos tiempos de escepticismo, un escepticismo que no es más que la natural adaptación a esta época de capitalismo neoliberal desenfrenado, adaptación y amargura inevitables cuando comprobamos una y otra vez que los pobres son cada vez más pobres, que las transnacionales son cada vez más ricas, que nuestras protestas son un gesto vacío frente a la sordera de nuestros gobernantes y la cómoda indiferencia de los banqueros que deciden el futuro de nuestras pequeñas, míseras historias. La década de los sesenta, en especial en Estados Unidos y Europa, pero también en nuestro cono sur y nuestro Chile, fue un tiempo de esperanza, esperanza por la redención de los vencidos, por la construcción de otro mundo posible, donde el arte jugaría un papel central. Tuvimos a nuestro Víctor Jara, nuestra Violeta; en Estados Unidos, a Bob Dylan, a Joan Báez…. Algunos cayeron en el camino, aplastados por la bota del poderoso, otros sucumbieron a la tristeza o a paraísos artificiales de los que no siempre es posible el retorno. Unos cuantos se transformaron en figuras consagradas, íconos que hoy venden millones y que –sin negar ni un ápice del valor artístico de su obra- limaron los bordes más filosos de sus producciones y hoy alimentan esa máquina inagotable del mercado con sus modas, sus estilos que venden la ilusión de libertad a través de un individualismo de cartón. La maquinaria neoliberal ha sido hábil para engullir y deglutir las vanguardias artísticas y revolucionarias, para adaptarlas a un cliché estilístico, edulcorado y apto para toda la familia.

Toda esta perorata de lugares más o menos comunes –pero espantosamente verdaderos- me sirve para explicar la enorme sorpresa, el temblor profundo y conmovedor que me produjo encontrarme con el documental Searching for Sugar Man (2012), de Malik Bendjelloul, que fue exhibido el pasado jueves 6 de diciembre en la inauguración del IX Festival In-Edit Nescafé. No estoy exagerando. A menudo reflexionamos sobre esa fricción constante que provoca la contradicción de una obra que es a la vez arte y mercancía: la contradicción entre valor de uso y valor de cambio produce en el arte una tensión mucho más evidente que en otras esferas de nuestra vida cultural. Y aunque esa tensión ha devenido imperceptible para muchos, otros no podemos dejar de sentir una cierta desazón al comprobar que la cultura es hoy una mercancía cuyos precios la hacen asequible a unos pocos, y que por lo mismo la figura del artista ha perdido crecientemente su potencial para trizar el continuum ideológico en el que estamos sumergidos, su potencial para romper y transformar, para alumbrar algo nuevo. El triángulo que forman el artista, el público y su obra se ha vuelto opaco, y el dinero que circula entre ellos disuelve el ámbito de una posible experiencia común o comunicable. Pero ¿qué pasa cuando artista y mercancía son separados? ¿Qué pasa cuando un artista fracasa comercialmente, pero el potencial transformador de su obra pervive? El documental Searching for Sugar man trata justamente de eso: un cantautor que graba un par de LPs, fracasa comercialmente y desaparece del ámbito del show bussiness. Y sin embargo, casi por azar, su obra de algún modo rompe las barreras de circulación propias del capital y llega a un país subdesarrollado y postcolonial donde alcanza un eco transformador imprevisible.

Los dos LPs de Rodríguez, grabados a inicios de la década del 70, y que pasaron sin pena ni gloria por el medio estadounidense, de algún modo van a parar a Sudáfrica. A la Sudáfrica del apartheid donde la censura y el creciente aislamiento se trasforman en tierra fértil para que la voz de Rodríguez, la voz de este mexicano hijo de inmigrantes que cantó sobre las experiencias y desventuras de un sujeto de la clase trabajadora en Detroit, de un marginal que recorre los parajes citadinos cual flâneur enfundado en pantalones de cuero y con una guitarra al hombro, que relata esas historias mínimas de un hombre y un mundo que exigen una redención, que exigen justicia y portan la promesa de una revolución social y cultural; para que la voz de Rodríguez, -repito- se transforme en Sudáfrica en la voz de todos.

Este es un documental que nos cuenta una historia de búsqueda, de dos hombres que crecieron y se formaron escuchando los discos de Rodríguez en Sudáfrica y que deciden iniciar un periplo con el propósito de descubrir quien fue el hombre detrás de las canciones que acompañaron a toda una generación de jóvenes sudafricanos. Y esta búsqueda va dando cuenta de cómo la potencia transformadora de una obra contrasta con la invisibilidad del artista como figura, y esta característica espectral de Rodríguez –de quien no se sabe a ciencia cierta su nombre, cuyo paradero es desconocido y su destino incierto-  está trabajada visualmente al interior del documental, lo que le otorga une fuerza expresiva que no abunda en este subgénero. Ya desde los créditos iniciales, cuidadosamente trabajados, vemos la historia de un ocultamiento que por contraste permite una mayor presencia. Los créditos aparecen como líneas que se mueven horizontalmente al interior de la imagen de una ciudad, donde las letras surgen y vuelven a ocultare en medio del paisaje urbano, nombres que aparecen y desaparecen entre los edificios. Y a medida que el documental avanza, la figura de Rodríguez siempre aparece velada: sus fotos lo muestran de costado, de espalda; es un perfil borroso donde su figura en primer plano siempre es menos nítida que el espacio que lo rodea, un espacio urbano de marginalidad, donde habitan los pobres, los inmigrantes, los obreros, los niños que juegan en un callejón junto al basural. El personaje se oculta, pero sólo para que una experiencia pase a primer plano, la experiencia de la marginalidad de la cual él es portador, y que entra en convergencia con las experiencias de sus receptores, esos jóvenes sudafricanos que al alero de la voz de Rodríguez tomaron conciencia de la injusticia en la cual vivían inmersos y ya no tuvieron miedo de salir a la calle a protestar. Y cuando Rodríguez al fin aparece y nos mira de frente, a través de una ventana, asomado desde su casa rodeada por la nieve de un paisaje invernal, lo que vemos allí es un hombre real, que nos ha regalado una experiencia viva.

Rebeca Errázuriz

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