Reporte Inedit (2): Virus: imágenes paganas, Good Ol`Freda, A veinte pasos de la fama, Silvio Rodriguez #ineditnescafe

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A pesar de cierto elitismo, sobre todo económico, con entradas por sobre los 3 mil pesos, que mal nos pese es parte del mecanismo que sostiene la oferta cultural en la capital, In-edit ya forma parte de los festivales esperados, ofreciéndose como imperdible plataforma para fomentar nuestro fanatismo musical-cinéfilo. La abundante y variada oferta programática de esta décima edición ha destacado en calidad y en cierta forma ha servido para destacar ciertos avances, aunque no rupturas, en el tratamiento del documental sobre música. La evidencia de que falta una tendencia crítica, revisionista, que se permita juicios directos y profundos a la industria cultural musical o que tematice contradicciones del discurso estético de las diferentes formas musicales, más allá del retrato de las personalidades complejas de los músicos y sus vaivenes biográficos, se hace, sin duda, necesaria. En este sentido a los directores y productores de documentales musicales les falta recoger y problematizar asuntos que estudiosos, críticos e investigadores de la música ya llevan años practicando. Me parece que Teenage, de Matt Wolf, que aún no he visto, va por esa senda.

Dentro de las películas que me tocó ver pasaré a comentar algunas pocas. Imágenes Paganas (Sergio Cucho Constantino, 2013) sobre Virus y especialmente su líder Federico Moura, pierde rigor al yuxtaponer una ficción pseudo musical floja, poco ingeniosa y cursi de una chica y su despertar afectivo sexual, en una suerte de video clips de la banda argentina. Contrasta con las entrevistas deslenguadas y garabateras a los miembros del grupo, quienes van relatando la historia del grupo y la personalidad del cantante, equilibrando su rudeza lingüística con la sutileza del fallecido Moura, su preocupación estética new wave, enfrentada en su momento a la apariencia deslavada y hippie del rock argentino, y la progresiva afectación en sus canciones, ambiguas, inteligentes. También hay cierto marco social, necesario para entender el alcance de virus. Como parte de una nueva generación, afectada familiarmente por la dictadura argentina, la banda no se volcó a la denuncia política, como los músicos mayores, sino que encarnó practicas del rock y el pop menos seguras para la época, pero sí más definitorias: la ambigüedad sexual, los vericuetos afectivos, los enigmas personales. Lástima que la alegoría ficcionalizada presentada por la película resulte limitada y obvia.

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En la otra vereda está Silvio Rodríguez: Ojalá (Nico García, 2012), recuento de la importancia del trovador cubano. Su principal atractivo se halla en las entrevistas donde el mismo relata su vida y reflexiona sobre su quehacer musical, su implicación política y su estatus legendario. Sin la necesidad de una lista interminable de entrevistados que halaguen a Rodríguez, bastan unas pocas personalidades y amistades para definir su calidad y su importancia dentro del contexto de la canción comprometida latinoamericana. Banda sonora de la resistencia a las dictaduras, como sabemos, el cantautor optó por el bajo perfil en cuanto “portavoz revolucionario”, dejando que el mensaje lo protagonizaran sus canciones. Silvio en el documental se ve humilde, bonachón y tratando de mantenerse más cercano a la música que al panfleto. En contraste, pese a que el resto de los entrevistados lo quieran definir como un trabajador más, equiparable a cualquier individuo que hace su pega para bien de la comunidad, les resulta inevitable contradecirse defendiéndolo como a un santo e ícono cultural: el personaje que se despega y resalta de la masa anónima. Aunque el músico explícitamente critique la represión hacia los homosexuales en Cuba, no puede salirse del discurso políticamente correcto. Su labor actual, repartida entre una serie de tocatas en barrios pobres y el estudio de grabación que abrió para amparar a nuevos músicos, es el gesto y obra de quien tiene que cargar con el peso de ser leyenda viviente, cuyo mejor trabajo musical ya pasó y al que siempre volvemos y esperamos revivir.

 

Good Ol’ Freda (Ryan White, 2012) también lidia con la leyenda, esta vez, siempre agradecida y autocomplaciente en su fascinación, legada por los Beatles. Se trata, sin duda, de una cantera que no parece terminar de agotarse, un legado que no deja de actualizarse desde distintas vertientes. En este caso es el relato de la secretaria de la banda, que los acompañó desde sus inicios hasta pocos años después de su separación. Lo que demuestra el documental, más que una secretaria, es una encargada del fan club beatlero, siempre ingeniándoselas para satisfacer a los entusiastas del grupo. Una mujer que partió como una fans más, en los tiempos de The Cavern, en Liverpool, que gracias a Brian Epstein consiguió el trabajo, dedicándose incansablemente al grupo de sus amores. Testigo privilegiado de la trastienda del ascenso de la banda, la beatlemanía y la ruptura, dada su condición de fanática que nunca perdió, Freda pasa a representar un retrato de fidelidad femenina asombroso. Jamás alardeó de su contacto personal con los cuatro músicos, su manager y su entorno, sin siquiera contarle la histria en profundidad a sus propios hijos. Como una mujer que ya avanzada en su trayecto vital descubre el secreto amoroso más importante de su vida, abre su intimidad para que el documental sea posible. Así nos trae otra historia que los melómanos de la banda inglesa sabemos agradecer. Es que, en el fondo, Freda media y representa al auditor ideal de las canciones de los Beatles: la adolescente seducida por los modos amables, divertidos y románticos que los cuatro chicos ponen en acción con su música. De esta forma nos podemos dar cuenta que los Beatles no son una banda seminal para todo lo que después vino en el rock, como se nos ha dicho. Es decir, puede que así sea, pero también la banda es el punto final de la era del rock n’ roll, la bisagra entre el mundillo amoroso-sexual del adolescente y la apertura al mundo del joven sesentero que llevó su novela de formación hasta madurar su libido en el idilio revolucionario. Pero, en el caso de Freda, parece haberse conformado con su rol secundario, en la sombra, ayudando a mantener la fidelización a la banda que definió su juventud. Por lo mismo, el saludo que Ringo Star le dedica a ella y sus nietos manifiesta el sentido agradecimiento reparador. Buena onda Ringo, pero ¿dónde está Paul?

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El reconocimiento no falta para nada en A Veinte Pasos de la Fama (Morgan Neville, 2013), seguimiento de la trayectoria de unas coristas fundamentales para el registro grabado y las actuaciones en vivo de connotados catantes y bandas de los sesenta en adelante. La valoración de talentos desconocidos por el público, aunque no para los músicos, reivindica un área de la producción musical en términos de discriminación positiva. El talento de las coristas presentadas por el documental es obviamente innegable, pero al reconstruir sus historias dentro de la industria y sus intentos por “independizarse” y figurar por méritos propios se cae en una lógica narrativa y simbólica de éxito/fracaso que no logra dignificarlas y más bien las victimiza. Por ahí se insinúan críticas al modus operandi industrial: “ya basta con una Aretha Franklin”. Las coristas chocan con los prejuicios de todo un sistema, la superestructura por sobre la empresa musical que repite su distribuición de identidades sociales, raciales y de género. Un comentario más de fondo a tal problemática ideológica tal vez escapa al propósito que acota el documental, por tratarse de un tema mayor, sin embargo, queda dando vueltas sin lograr ser la vuelta de tuerca que la habría convertido en una gran película. Las halagadoras y paternales voces de los grandes músicos hacia las cantantes no sirven para redimirlas de la categoría que pese a lo evidente el documental enmascara, la imposibilidad de que mujeres-negras-maduras salten al frente del escenario para actuar como “estrellas”. Sin duda el trayecto para convertirse en una personalidad reconocible del espectáculo es otro, diferente al que emprendieron estas cantantes, las que optaron por ser coristas, en algunos casos resultando ser explotadas (punto negativo para Phil Spector), para que años después intentaran una carrera solista sin que las implicancias de edad, raza, género y especialización laboral no involucrará un impedimento difícil de superar. Nada de eso sería molesto si la película hubiese evitado el ilusionismo que pone como meta jerárquica a la Fama, el éxito comercial y el reconocimiento de las masas. La segunda mitad del documental cae en esa trampa y , por otro lado, deja en evidencia que su opción por limitarse a la muestra cualitativa en vez de cuantitativa, algo inevitable por cierto si se quiere lograr profundizar algún tema,  deja la sospecha que el caso de estas mujeres trata más de la excepción que de la regla, salvándose la industria de un ataque frontal. Aunque tal vez su mejor logro sea reafirmar, como señala una de las coristas, en nuestra memoria el homenaje que Lou Reed hizo en “Take a walk on the wild side” a las chicas de color que cantan “du du du du….”

Por: Alvaro García

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