Rezagadas: The act of killing (Joshua Oppenheimer, 2012)

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Un escenario similar: en Chile la Ley Maldita de 1948, bajo el gobierno de Gabriel González Videla, proscribió al Partido Comunista. Años después, durante la dictadura militar se hizo lo mismo y en ese entonces, entre otras cosas, se persiguió, torturó y asesinó a militantes y simpatizantes de dicho partido. The act of Killing (2012), film de Joshua Oppenheimer y los co-directores Christine Cynn, y otro que figura como anónimo[1], trata sobre la muerte y tortura de un millón de comunistas o presuntos partidarios en Indonesia en 1965. El documental registra a viejos próceres del Escuadrón de la Muerte recreando los diferentes métodos que utilizaron para a matar a dichas personas durante ese año, cuando el gobierno de turno había sido derrocado por los militares con la ayuda de estados occidentales. Si bien los crímenes han proscrito, los asesinos siguen en el poder y graban una película que ilustra tal época. Como actores hay vecinos, amigos, familiares y los mismos líderes del escuadrón, que no sólo se interpretan a sí mismos, sino que también actúan como víctimas.

 

Aunque muertes y violaciones a los Derechos Humanos de minorías son escenarios que se repiten a lo largo de la historia, pareciera que hay una distancia enorme en cómo viven y se enfrentan las víctimas y victimarios de las matanzas en Indonesia. En Occidente existe una suerte de incapacidad para representar el dolor físico, sobre todo cuando éste deviene institucionalizado. Algo de eso ya proclamó Theodor Adorno cuando decía que escribir poesía después de Auswitch era un acto de barbarie en la imposibilidad de encontrar las palabras o una forma adecuada de representación. Sin embargo The act of killing es lo opuesto a los viejos debates sobre la dificultad de poner en escena la brutalidad a la que puede llegar el hombre. El film de Oppenheimer es ilustración, es acto como verbo y acción en su sentido más teatral y de puesta en escena.

 

El documental en su repaso por las diferentes formas de matar se vuelve delirante; la estética kitsh que envuelve a sus personajes tanto en sus vestimentas como hogares se mezcla con la representación de la muerte en su modo más sangriento y barroco. Con una soltura que llega a dar miedo, líderes cuentan a cámara con orgullo y simpatía cómo lo hacían para torturar y matar a comunistas. Los protagonistas: Anwar Cogo, Adi Zulkadry y Herman Koto (un gánster que transita entre ser un matón con sobrepeso y su alter ego femenino como personaje de la ficción que están grabando), nos presentan cautivantes relatos con diferentes matices que pueden otorgar los diversos grados de crudeza y culpabilidad que cada uno siente. No obstante, lo más atrapante en The act of killing es la articulación del lenguaje cinematográfico y la puesta en escena – que Oppenheimer recoge del film de Cogo y compañía – para hablar de los asesinatos. En la película se desarrolla un relato donde la muerte y el dolor traspasan la representación y los niveles de reflexividad determinan lo real del documental. Es la construcción la mejor manera de transmitir el horror: el filo del juego está en tanto éste se puede volver real, y en este caso y por lo mismo, doloroso. Un clave de esto es cuando Hernan hace a su pequeña hija participar como una niña de padres comunistas y debe ver cómo un grupo de soldados asesinan a sus padres ficticios y luego queman la aldea donde en teoría vive. Una vez que se ha dicho “corte” –palabra constantemente utilizada en el relato como una manera de recordarnos que todo esto está encasillado dentro de la ficción– la pequeña sigue llorando. Su padre se acerca y le dice que actúo muy bien, pero que pare de llorar ya que los actores de Hollywood paran cuando la cámara deja de grabar, sin embargo ella no se detiene.

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A su vez, el juego realidad-ficción también está marcado por la forma de actuar ante cámara de Anwar, Herman y Adi. Quizá ver tantas películas hollywoodenses marcó su propio manejo del lenguaje cinematográfico, lo que afecta directamente en cómo nos cuentan los asesinatos y por lo mismo, la manera en que nosotros lo percibimos. Su postura en cámara se asemeja a la de cualquier villano de Hollywood, y la película que graban posee una absoluta conciencia narrativa y de punto de vista; la puesta en escena coquetea con géneros que van desde el gore, pasando por el cine negro hasta la comedia musical. Sin embargo, y en un nivel más profundo, si hay algo que su imaginario acuñó de la industria estadounidense es el concepto de gánster, en tanto significa ser un hombre libre. Con orgullo sienten esa denominación como propia, ya que en su realidad ser gánster les permite estar más allá del bien y el mal y hacer lo que quieran impunemente.

 

Aunque suene increíble en The act of killing vemos a los hijos de comunistas asesinados participar y actuar en la película que registra el documental (la convivencia va incluso más lejos, ya que algunos son vecinos o conocen de cerca de los asesinos de sus familiares). Tal vez en ese detalle se juega la mayor distancia que existe entre Indonesia y el resto de las matanzas que podemos encontrar durante el siglo XX en Occidente. Pareciera que los indonesios de alguna manera lo hubieran aceptado o perdonado, o quizá sólo sea una confianza en el Karma difícil de entender. No es menor que hacia el final de la película Anwar Cogo comente que el Karma “es como una ley de la naturaleza, un castigo directo de Dios”; justo cuando parece dimensionar sus crímenes, y en parte, gracias al documental y a la película que graba con sus ex compañeros. El mismo hombre que un comienzo se jactaba de sus métodos de muerte se paraliza y conmociona cuando su personaje ficticio es asesinado de manera igual como él mató a cientos de personas en la vida real. Anwar termina vomitando en la misma oficina donde asesinaba a los comunistas.

 

En The act of killing cada elemento formal es utilizado para hablar de un fondo más profundo: las violaciones a los derechos humanos son mundiales, pero la manera de enfrentarse a ellas varían en cada tiempo, en cada lugar. Sin embargo, la reflexión del film incluso va más allá; aunque parezca que en Indonesia existe otra forma de construir el mundo, otra cosmovisión religiosa, en lo práctico Occidente se filtró: aparecen los McDonald’s, las cadenas de moda, los malls. En un juego de espejos un encuadre fijo del documental muestra a los indonesios como si fueran fantasmas subiendo y descendiendo por las escaleras mecánicas mientras lo único nítido es una persona haciendo aseo entre los consumidores. Esta fantasmagoría parece ser una alegoría al triunfo del que se jactan Anwar, Adi y Herman, porque una parte de sus actos también se traduce en eso.

María Luisa Furche

 


[1] No sólo el tercer director de la película figura como anónimo en los créditos, sino también varios técnicos y participantes, que no quisieron revelar su nombre por miedo a las represalias que podían surgir a partir del documental.

 

 

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