The Dallas buyers club (Jean-Marc Vallée, 2013)

Imagen

Las enfermedades son parte de un contexto histórico y poco o nada tienen que ver con la casualidad. Tal como lo fue la peste negra hacia el siglo XIV, lo fue el VIH o SIDA en los ’80. Para ese entonces, se pensó que la enfermedad de los marginales – prostitutas, gays, travestis – mataría a gran parte de la humanidad. Los enfermos rápidamente se convirtieron en un otro sobre el que era posible normalizar y experimentar para detener “la pandemia” y encontrar una posible “cura” bajo los cuerpos ahora vulnerables. La falta de información y la ignorancia potenciaron una suerte de control bajo un grupo de “pervertidos” que sólo debían esperar la muerte. Con esta premisa, y en pleno apogeo de la industria farmacéutica, se intenta regularizar un sistema de sanación con pocas consideraciones hacia los enfermos, que sanciona o criminaliza todo lo que esté fuera de una práctica médica no institucionalizada. Por lo mismo, bajo esta perspectiva es al menos cuestionable preguntarse cuánto trata esto de políticas sanitarias y cuánto de políticas económicas.

Entonces, más allá de cualquier premio o reconocimiento que pueda dar la academia a The Dallas buyers club, y con todo lo bueno y malo que eso puede implicar, el film es más que dos actuaciones deslumbrantes que fueron merecedoras de un Oscar. Ésta es una película que llama a estar despiertos y conscientes de nuestro cuerpo y las decisiones que tomamos y son tomadas sobre éste. Pero vamos por parte: Ron Woodroof (Matthew McConaughey), es un vaquero cocainómano, alcohólico, sinvergüenza y adicto al sexo fácil que es diagnosticado de SIDA, desahuciado a 30 días sino cambia inmediatamente sus hábitos. El fatal pronóstico acompañado del rechazo en su círculo más cercano y su estado de salud cada vez más crítico lo llevan a consumir AZT, droga que aún está en periodo de prueba pero de la que se sospecha es nociva con graves (tal vez fatales) efectos secundarios.

A partir de esto el AZT se vuelve articulador del relato. Las decisiones del protagonista están marcadas por conseguirlo, dejarlo y luego lograr que otros no lo consuman. Durante este camino el personaje de Woodroof transita por la negación, rabia, frustración, tristeza, amistad y quizá el amor. En este periodo conoce a Rayon (Jared Leto), un delicado travesti, adicto a la heroína que le muestra el mundo gay en su totalidad. En este sentido no deja de ser importante que sea este personaje quien le enseña a Woodroof lecciones de tolerancia y lealtad; en tanto Rayon, triste y solitario, asume su cuerpo como un espacio de batalla que utiliza para luchar contra el SIDA, su masculinidad y su adicción a las drogas. El rechazo de su familia y su propia autodestrucción marcan una fatal libertad que finalmente está limitada por la pobreza y una sociedad que lo margina.

Imagen

The Dallas buyers club aborda temas como la homosexualidad, el travestismo, el sexo, el VIH, pero es sin duda en la lucha contra establishment sanitario y su industria farmacológica donde reside la mayor fuerza de la película. Ron Woodroof comienza una venta alternativa de remedios en el borde de lo legal para tratar el SIDA, bajo la convicción de no meterse mierda legalizada que dañe o destruya el cuerpo. Da la impresión que su motor está alejado de cualquier acción altruista, y más bien parece residir en el dinero y en encontrar una forma adrenalínica de sentirse vivo y controlar su vida. Y aunque en cierta forma el dinero sea crucial en su emprendimiento, éste está lejos de ser lo más importante. La diferencia con los grandes empresarios radica en la forma, honestidad y la preocupación por sanarlos mezclado con una absoluta falta de lástima hacia los outsiders – grupo del que ahora también forma parte.

Y aunque la película pueda volverse a ratos excesiva y sobrecargada en el lenguaje audiovisual, eso pasa a un segundo plano cuando sus personajes encandilan por sus actuaciones y logramos entender cada una de sus motivaciones, incluso cuando éstas son claramente cuestionables. El film es más que una película de amor, rechazo o tolerancia. Es una por sobre todo de las políticas de salud y económicas, el cuerpo y la decisión que tenemos sobre éste en diferentes niveles. No es gratuito que Woodroof sea adicto a los placeres, y que antes de enfermarse estuviera llevando constantemente su cuerpo al límite de una manera consciente. El SIDA aparece para él no sólo como una bomba de tiempo que lo limita de una manera socio-cultural, sino también en su posibilidad corporal y de relación para con el mundo. La película es el intento del protagonista por sortear esto buscando otras formas de sentirse libre y así morir como el mismo Woodrof dice, con las botas puestas.

 

 

María Luisa Furche Rossé

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Críticas, Estrenos y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s