Algo entre el ojo de Dios y la soledad del alma. Notas sobre el XVI BAFICI a modo de balance

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Debates

En un artículo posteado hace unos días acerca del 16 BAFICI, Iván Pinto se cuestionaba acerca de lo que llama “cambios tectónicos” en el paisaje cinematográfico: movilización de criterios de fondo en cuanto a temas, a lenguajes y a formas de hacer; hablaba también de un mundo inquieto y en crisis; y se preguntaba cómo seguir. La multiplicidad de las búsquedas que se atisban en muchas de las más de 500 películas que exhibió este año BAFICI es tal que no es posible siquiera arriesgar una tentativa de respuesta. Pero quizás sí delinear tendencias y agruparlas.

En un escenario en que cada vez más la frontera entre productores y consumidores se vuelve borrosa, no tiene ya sentido lamentarse de que estas películas –o los textos y debates a que ellas dan lugar- circulen al interior de grupos delimitados. Mientras los tanques de las majors prácticamente monopolizan la exhibición local (y mundial) y construyen públicos masivos de los que –asunción que habría que problematizar-  se predica pasividad, las nuevas formas de producción y de circulación ensanchan la franja de productores hasta un punto cuyos alcances futuros no podemos predecir y cuya posibilidad de medrar, así como los contenidos y lenguajes que prevalezcan, dependerán sin duda más de la política que de la tecnología.

Nuestra responsabilidad entonces es la de expandir la zona de quienes se sienten convocados a producir, a disfrutar y a pensar esos cines del presente. Menos que temer la “endogamia” hay que trabajar para que esa palabra pierda del todo su sentido.

Aunque lo que aquí se acaba de decir expone nuestro propio punto de vista y no el de los participantes del debate, estas preocupaciones y otras similares circularon en la mesa  “Cinefilias al sur. Sitios de crítica latinoamericanos”.

 

Muchas cosas, pocas propuestas

Los acotados recorridos por algunas películas vistas en el 16 BAFICI ponen sobre el tapete una serie de problemas: asistimos a transformaciones en las relaciones entre poéticas y políticas; en las relaciones entre el cine y “la realidad”; en los modos de producción y circulación de las películas, etc.

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Existen otras cuestiones, no menos evidentes o acuciantes. En la mesa Roger Koza mencionaba las transformaciones de las dimensiones puramente perceptivas del cine que, por un lado, provienen de los nuevos medios, pero, por otro –propongo- de una nueva sensibilidad cuyas causas no se agotan en las disponibilidades tecnológicas.

Hay que considerar también la hipótesis de que, tras la fragmentación de identidades y relatos; tras  los fenómenos que comúnmente agrupamos bajo en rótulo de “postmodernismo”, han comenzado a emerger nuevas formas – no totalizantes- de reconstrucción de una totalidad o de totalidades inclusivas.

Todo esto es notorio en las películas y en los debates y charlas que BAFICI programó o que asomaron de modo más informal a lo largo del Festival.

Sin embargo, la propuesta oficial –explícita- de la organización: los textos de presentación del catálogo; los temarios de las mesas; las presentaciones de películas –todo- ofrece muy poco al pensamiento. El pensamiento ocurre –claro está- y la ocasión es BAFICI, pero ¿esto es suficiente? La desmesura de la programación permite todo tipo de recorridos y lecturas, también los más banales. Un balance generoso es resultado de que hemos sido generosos con nosotros mismos y elegimos el BAFICI que más provoca al pensamiento y elegimos también darle una coherencia. Pero la ausencia de explicitud de propuestas bloquea en muchas ocasiones los efectos disruptivos de las películas y los volatiliza.

Se nos podría responder que el trabajo de dar coherencia a la programación, de proponer lecturas y recorridos, es dejado al público, que no corresponde al Festival. Esta respuesta sería muy discutible; pero lo más triste es que los responsables del Festival sí hablan sobre las películas, hablan a la prensa, hablan cuando las presentan, hablan en las redes… A veces, las declaraciones son tan sorprendentes que nos  preguntamos si tendrán consciencia de que cada vez que lo hacen –lo quieran o no así- lo que se escucha es la voz del BAFICI, no simplemente la de ellos como personas privadas.

Y esos mensajes explícitos del Festival fueron, salvo escasas excepciones, no solo de una pobreza lamentable, sino incluso carentes de todo sentido de lo público. Lo más frecuente es que la presentación de una película consista en chistes simpáticos y guiños a los amigos; casi nunca se habla de filmografías, de genealogías, de contextos, o de las películas mismas y casi siempre, de las relaciones de amistad, cariño o sociedad del Festival o –peor aun- de las personas que lo hacen con el autor. Toda discusión es reenviada a aspectos personales, intransferibles y carentes de interés común.

En el extremo, escuchamos al director del Festival presentando a Wrong Cops (Quentin Dupieux, Francia – Competencia Vanguardia y Género) -una película de la que Carlos Losilla dice en el catálogo del Festival que sus personajes “son un ejemplo perfecto de idiocia ensimismada, incluso de maldad retorcida, pero también son dignos de piedad porque pertenecen a un mundo que no les permite otra opción”- decir que el film lo hizo afrontar un encuentro cara a cara con la humanidad como nunca le había pasado en la vida. No sé qué lleva a Marcelo Panozzo a decir algo así: si es lo que verdaderamente cree o le pasa, si le parece una gracia… En todo caso, ante la ausencia de declaraciones más consistentes, esa gracia o esa creencia o experiencia se convierte en una de las pocas ocasiones de escuchar por qué, por ejemplo, Wrong Cops ha sido programada en una competencia. Y la razón que de ahí emerge no es otra que la razón cínica.

La respuesta que adivinamos a la posible pregunta acerca de por qué Fantasmas de la ruta Sacro Gra, o –traída de otro BAFICI- Los labios, por nombrar algunas, no son películas que pongan a Panozzo frente a la humanidad como nunca antes en la vida es una respuesta triste. Pero, al fin y al cabo, su importancia aquí solo se limita al efecto empobrecedor que tiene sobre un festival que, por otro lado,  brilla por su diversidad y por el trabajo de tanta gente.

 

Más acá de la soledad

Así como hay un cine que concibe a los sujetos sociales como átomos inconexos, el Festival parece concebir a las películas como productos autocontenidos, sin relaciones entre unas y otras, por no decir, de todas ellas con el resto del mundo. No es que sea necesariamente aberrante que Frágil como o mundo conviva con BIG, como escuché decir a un invitado extranjero. No lo sabemos. La pregunta, en todo caso, es bajo qué criterios conviven.

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Porque si, como dice –una vez más- Roger Koza “nuestros criterios para escribir y seleccionar películas están en crisis” y “títulos aberrantes se transforman en genialidades” mientras que “títulos secretos e imprescindibles quedan afuera de nuestra perspectiva y grilla de programación” esto no ocurre tanto porque críticos y programadores no se entreguen del todo a un debido “confinamiento voluntario”. “El impreciso lugar desde donde surgen los juicios y se construye una mirada” no es el lugar de la intimidad. En cambio, lo más parecido a una garantía de no equivocarnos cuando valoramos una película es estar atentos a las conexiones que ella encarna y provoca; a la pertinencia que la película tiene para un tiempo y para un lugar. Claro, tampoco se trata de prescindir del confinamiento para escuchar los cantos de sirena de un mercado internacional cada vez más aplanado, o de la homogeneidad festivalera à la page.

En todo caso, navegamos, una vez más, entre Escila y Caribdis, evitando las amenazas del ensordecedor runrún de lo siempre igual, pero también -aunque sea necesario reconocer que nuestro punto de vista será siempre situado y relativo (o, precisamente, por ello mismo)- la esterilidad solipsista.

Es lindo que un festival sea hecho por gente feliz. Es lindo que la gente sea, o esté, feliz. ¿Quién que no sea un miserable puede desear lo contrario? Lo que queremos conocer son las razones de esa felicidad. De otro modo, nos encontraremos como MARY escribiendo una y otra vez: BAFICI IS HAPPY. BAFICI IS HAPPY…

Para que eso no ocurra, nosotros damos aquí algunas de nuestras razones.

 

Carla Maglio

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