Profesor Lazhar (Philippe Falardeau, 2011)

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La labor pedagógica siempre ha sido un tema común en la historia del cine, ya sea por los incontables y repetidos melodramas de escuelas norteamericanas que han sabido superarse a través de profesores que de verdad creen en sus alumnos, hasta pasar completamente a otro extremo, donde los profesores son los malos ejemplos o la fuente del humor en una comedia. Generalmente las buenas experiencias cinematográficas sobre el tema de la pedagogía se encuentran en aquellas que no quieren enseñarte una lección sobre superación.

Tengo una relación personal con el acto de enseñar, por lo que me es grato encontrar películas donde la narración principal sea el acto mismo de enseñar, más allá de lo que quiera decir, de lo que signifique o de lo que finalmente se logre con la clase.

Me gusta  cuando encuentro narrativas donde la progresión no sea la clásica de tres actos, sino simplemente la de un profesor enseñando a un grupo de estudiantes a lo largo de un año, o cualquier otro período.  Generalmente estas experiencias las he encontrado en el cine francés, con dos ejemplos claros y a estas alturas reverenciados como son Ser y tener (2002, Nicolas Philibert) y Entre les murs (2008, Laurent Cantet), donde lo importante no es el avance de los estudiantes o como resuelven sus conflictos (la mayoría de los eventos mencionados en las narrativas de ambas cintas se mantienen en su mayor parte irresolutos), si no el esfuerzo, la dificultad que esta imbuida en la labor misma de la enseñanza.

Si es que estas cintas tienen alguna finalidad (y he ahí, de alguna manera, una de sus debilidades) es la de endiosar una profesión que se ha visto tan castigada en la mayor parte de los países occidentales, donde no reciben el trato que se merecen en ningún ámbito. A algunas personas este ensalzamiento puede ser excesivo, pero para mí, está bien.

Ahora, Monsieur Lazhar (2011) se acerca bastante a estas dos cintas francesas (incluso está hablada en el mismo idioma, aunque la producción es canadiense) en cuanto al tratamiento audiovisual y también a la forma en que decide seguir a un profesor y grupo de alumnos a lo largo de un período de tiempo definido. La diferencia es que en este caso hay un poco más de “guión” o “historia” tanto en la premisa misma como en el trasfondo del personaje principal, el profesor Lazhar.

La cinta parte con el suicidio de una profesora, el cual gatilla la búsqueda de un maestro suplente. Quien se presenta es un inmigrante argelino, que tiene su propia historia oscura detrás: la muerte de su familia en manos de terrorista argelinos, la cual no llega a formar parte principal de la trama, pero viene a agregar un toque de color necesario a una cinta que podría haberse decantado en otro tipo de narrativa, una más culposa.

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Sin embargo, por esa misma preponderancia de las historias que mueven la trama hacia adelante, la película termina siendo una suerte de monstruo de dos cabezas, que busca por una parte ese lirismo del maestro de escuela que se esfuerza y trata de implementar su manera de enseñanza un tanto antigua comparada con la educación moderna (los tópicos más urgentes son tocados, como el hecho de que un profesor hoy en día ni siquiera pueda tocar a un alumno sin tener una demanda de abuso sexual esperándole); mientras que por el otro lado tiene que resolver el tema del trauma causado por el suicidio de la maestra sobre los alumnos, y el trauma del profesor por la muerte de su familia.

Pese a que entrega mayor “contenido” y sin lugar a dudas forma una pintura mucho más variada de la que podrían entregar las cintas previamente mencionadas, no logra ser más profunda, ya que simplemente entrega enormes detalles y colores sobre esas específicas menudencias que colorean la premisa de la cinta (muerte, trauma, inmigración, suicidio), por lo que hay momentos en que pareciera que la película gritara: “En este instante viene la revelación sobre este personaje. Ahora es cuando viene la explosión traumática que revela el verdadero estado de los niños”.

Estos momentos donde el guión se vuelve más obvio para el espectador son sin duda los más frustrantes a la hora de la película, sobre todo porque vienen en ráfagas, son momentos intermitentes que vienen a derrumbar un ambiente ya creado. Sin embargo, de la misma manera ese afán de buscar la esencia misma de la pedagogía lo lleva a que también haya momentos donde el guión debe estar presente pero desaparece para poder darle espacio a esa reflexión que justamente en ese momento no necesitamos. De alguna manera, las apariciones del guión transforman la película y hacen que uno empiece a pedir respuestas que la cinta simplemente decide no responder.

Finalmente, se tiene una película que juega con esas medias tintas, que si hubiera decidido por el guión tal vez se hubiera puesto demasiado dulzona o melodramática, mientras que si se hubiera ido por el otro extremo habría carecido de diferencia alguna con las cintas ya  mencionadas. Pese a todo, se deja ver, las performances actorales del grupo de niños es demasiado sorprendente como para dejarlo pasar como algo menor, y también la performance del actor principal, quien logra una emoción sin lágrimas visibles.

Jaime Grijalba

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