Un pasado imborrable (Jonathan Teplitzky, 2013)

railwayman

¿Cuánto puede durar un trauma? ¿Cómo vivir diariamente con él? Son las preguntas que surgen después de ver The Railway Man, film basado en la historia real de Eric Lomax, soldado torturado y traumatizado durante la Segunda Guerra Mundial.

Un largo viaje emocional es lo que nos espera en este film. Un encuentro con los traumas y miedos causados por la guerra, heridas en el cuerpo, en el alma y en la memoria. Memoria que pareciera estar viviendo en el presente. El protagonista intenta seguir adelante, a pesar de la imposibilidad de entablar una relación normal, lo cual será una de las razones para enfrentar los monstruos del pasado y del presente, cuando se entere del paradero de unos de sus torturadores.

Uno de los desafíos del film, es construir una forma estética acorde a la interioridad del protagonista, con una fotografía precisa y trabajada que nos transporta a las décadas posteriores a la guerra, y una sensación de pesar, formas y colores  que están en consonancia con la psicología del personaje, construcción de planos que parecieran darnos el tiempo para detenernos y enfrentarnos a las consecuencias de la guerra.

Temporalidad que se hace palpable en toda su dimensión; tanto en los continuos flashback del protagonista, como también en la temporalidad psicológica del personaje. En este sentido, el film se narra en dos líneas temporales, una que nos lleva a los días en que el soldado Lomax, interpretado por Colin Firth,  es tomado prisionero por el ejército japonés, lo que lo pondrá a él y a sus compañeros a trabajar prácticamente como esclavos en las líneas férreas entre Birmania y Tailandia y otra, donde podemos ver el presente del personaje con las consecuencia del pasado, pero lo interesante de estas líneas temporales es que nos llevaran a un punto de unión de inevitable redención.

El film se construye bajo la premisa de hacer palpable algo que difícilmente se puede dimensionar: la tortura y sus consecuencias. La destrucción de la estructura de la psiquis, la deshumanización del cuerpo hasta el punto de ya no pertenece a ningún lugar. Con esto último, el director parece detener el tiempo, sin usar una estética de lo irrepresentable, estableciendo una relación entre el sufrimiento físico y un estado mental que se deteriora a medida que pasan los años. Esto también nos enfrenta la figura de quienes infringieron la tortura, lo que nos lleva a reflexionar sobre la posición de quienes tuvieron que cumplir esa función, quienes, a pesar de estar en la otra vereda, parecieran vivir con los mismos tormentosos fantasmas del pasado.The-Railway-Man-Hiroyuki-Sanada-photo-wall

Este viaje nos lleva a un punto culmine: el enfrentamiento cara a cara entre torturador y torturado. Momento en que los papeles se dan vuelta buscando enfrentar a la monstruosidad de los hechos, aquí es donde el film no logra el impacto suficiente como para dimensionar el estado psicológico que se construye durante el film. Cabe preguntarse si la venganza es válida cuando la justicia no existe, que es lo primero que se nos podría venir a la mente, como una formar de cerrar las heridas, pero haga lo que se haga, estas siempre quedaran indelebles para el resto de la vida, entendiendo que lo único que nos podría quedar para la posteridad es reconocer el pasado con todo lo que esto significa. Es esto lo que pareciera buscar el personaje, que se reconozcan los hechos con todas sus palabras y sin ningún eufemismo de por medio porque, pareciera que, cuando le quitamos el valor a lo sucedido y no somos capaces de pedir perdón estamos a un solo paso de volver a cometer los mismo errores.

Raúl Rojas Montalbán

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