Las niñas Quispe (Sebastián Sepúlveda, 2013)

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Hay una sedimentación significante entre el entorno cordillerano cerca de Copiapó, donde se movilizan las hermanas Justina, Lucía y Luciana, y los acontecimientos que ocurren mucho abajo, en el resto del país, a sólo un año del golpe de Estado. 

En ese paisaje vacío, descascarado y casi lunar, las tres mujeres deambulan a merced de los elementos –el viento, el frío, la arenisca– y, esencialmente, siguiendo el itinerario de su ganado, un centenar de cabras de las que depende su vida, en una rutina de pastoreo que parece haber transitado sin alteraciones, de generación en generación. 

El entorno de las hermanas Quispe es, por lo tanto, el de una premodernidad acumulada a través de los siglos dentro del mismo espacio, la misma precariedad y la misma urgencia por sobrevivir a los elementos. 

Para ellas “lo que está ocurriendo” más abajo no tiene que ver con arrestos o fusilamientos, sino con una decisión tomada por oficio, traída de boca en boca y que bien podría ser un rumor: las cabras se comen el pasto y por eso carabineros ha ordenado matarlas. 

La noticia despliega los tentáculos aún invisibles de la dictadura hasta la existencia y el paisaje de las Quispe y de los demás pastores: su vida depende de los animales y por eso la decisión de facto parece ser una sentencia de muerte. 

Sobre estos aspectos, la mirada del director Sebastián Sepúlveda sigue los senderos trazados por la obra Las Brutas, de Juan Radrigán, en que se basa la película, y tiene a su favor convertir la abstracción de su línea dramática en un insumo para un realismo despojado, a ratos post apocalíptico, que respira el filme. 

La Niñas Quispe tiene algo de la capacidad sintética de los viejos westerns que Bud Boetticher rodó con Randolph Scott, en los que para armar el drama bastaba un paisaje desértico como único escenario y personajes que se contaba con los dedos de la mano.

Desde una fascinación similar Sepúlveda filma el paisaje cordillerano con un cuidadoso sentido de las proporciones y los equilibrios. En cierto modo este puñado de vidas rompe el entorno esquivo de la montaña en la cual, pese a llevar una vida en sus laderas, se siguen sintiendo como intrusas en una relación que la cinta describe como una coexistencia pacífica. Ellas habitan pero no pertenecen allí y, más importante aún, saben que ese territorio ha estado antes y seguirá estando después de que hayan desaparecido. 

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La puesta en escena opta así por panorámicas y espacios abiertos, diálogos ajustadísimos y está claro que el mayor talento de su puesta en escena está en su capacidad para convertir ese paisaje físico en un modulador de la narración y es en esa zona donde la película logra una expresividad que su manejo del montaje narrativo, muchas veces esquemático y a veces errático, no logra equiparar. 

El rito, la fe y la muerte

Por la vía de ceñirse a espacios de extrema dureza, en donde los interiores y exteriores no se diferencian por mucho más que la iluminación y el tiro de cámara, la experiencia de Las Niñas Quispe es sin duda incómoda. En esa reconstitución de cierto estado tribal, en el que los atuendos, desplazamientos e incluso los diálogos entre los personajes cumplen una función de supervivencia, el filme descarta cualquier forma de trascendencia asociada a la relación entre el hombre y la naturaleza

Desde este punto de vista, la película es más física que alegórica y ciertamente más social que religiosa. A través de la observación de los matices entre sus tres personajes principales la cinta va dando cuenta de sus elementales diferencias. No sólo la edad, también la noción de feminidad, de erotismo y de conciencia individual parecen eclosionar tímidamente (como en la adolescencia) ante la posibilidad del fin.

Precisamente, es esa vocación existencial del filme lo que plantea un problema a la hora de hacerse cargo del epílogo. Tanto la obra teatral como esta adaptación se ajustan al insólito desenlace del hecho policial que dio la base a la historia. Para la película, la integración de ese final en su cuerpo narrativo supuso añadir una consideración ritual sobre la muerte y restituir una dimensión metafórica que el relato trató en todo momento de contener. Una dimensión que opaca en parte la gran fortaleza del relato: la sequedad sombría, bella y abismante de su dramaturgia.

Aún así, Las Niñas Quispe logra convertir la lejanía de la dictadura en un insumo dramático sin forzar el punto de vista y utilizando hábilmente los parámetros físicos para mantener el relato en las agnósticas coordenadas de realismo, territorio donde el filme consigue sus mayores méritos. La dimensión oralmente mediatizada sobre las circunstancias de la dictadura –a través del personaje del anciano–, la aparición casi espectral de un fugitivo político o la trayectoria circular del pastoreo de las hermanas le imprimen a la narración una noción de ambigüedad a lo real. El tipo de ambigüedad que tienen los relatos de fantasmas.

Felipe Blanco

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