Amor a la carta (“The Lunchbox”. Ritesh Batra, 2013)

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La base argumental de esta película, el hecho que determina su desarrollo, es una serendipia, vale decir, un acontecimiento azaroso y afortunado. En este caso, es el conocimiento  entre dos personas que sin esa coincidencia accidental nunca se habrían conocido. En Amor a la carta el accidente es el error en el servicio de recolección y entrega de comidas que realiza una empresa en Bombay (India), provocando el fortuito encuentro entre Ila (Nimrat kaur) y Saajan Fernandes (Irrfan khan). Ila es una mujer esforzada en llamar la atención de su marido Rajeev (Nakul Vaid), por lo que cada mañana prepara con dedicación un almuerzo que es confiado a los dabbawalas, servicio típicamente hindú que consiste en el transporte de las colaciones desde las residencias de los trabajadores a sus oficinas. En una de esas entregas ocurre un error: el almuerzo preparado por Ila es recibido por Saajan, un ejecutivo pronto a jubilar. Al darse cuenta del error, envía un mensaje a Ila advirtiéndole del equívoco, además de agradecerle por su deliciosa comida.

Puede parecer un poco débil como excusa argumental, pero resulta coherente cuando observamos las inmensas cantidades de almuerzos transportados día a día por las calles de Bombay. Es un negocio que exige prolijidad, operado por hombres y que, como tal, es susceptible al descuido. Pero más importante aún, como espectadores aceptamos esa distracción de los dabbawalas como algo necesario para que se desencadene el posible encuentro entre estos dos seres abandonados a la indiferencia de sus respectivos mundos.

Tanto Ila como Saajan viven procesos internos similares: actúan dentro de un engranaje de obligaciones y deberes que llevan con cierta resignación: él tiene una visión desconfiada y amarga de la vida, viviendo sus últimos días como empleado bajo el peso de murmuraciones que hablan de su comportamiento introvertido y solitario. Ella es una joven mujer que aún tiene esperanzas de reconquistar a un esposo descuidado y desatento, mientras vive con el lastre de un padre moribundo y una hija taciturna. De ahí que el equívoco en la entrega del almuerzo inicia una correspondencia anecdótica que libera a Ila y a Saajan de la habitual rutina de cada día, y que poco a poco va modificándose al ingresar en un montaje alterno que revela las interioridades propias de cada personaje, con sus recuerdos, asperezas, evocaciones veladas e interrogantes inacabadas.

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La centralidad narrativa de Amor a la carta está inscrita dentro de los márgenes propios de la comedia romántica, pero en ningún caso se limita a ese género. Es una película que vive en el delicado equilibrio de plasmar el progresivo enamoramiento platónico de los protagonistas por medio de las cartas que se envían, y de la exploración en las zonas incómodas, y las replicas silenciosas a un pasado reprimido que no abandona las conciencias  de Ila y Saajan, todos elementos más propios del drama.

Es en este tratamiento ponderado, sereno y adulto de estas dos vertientes en donde Amor a la carta le saca ventaja a las decenas de películas de amores inconclusos que pueblan las pantallas. Al evitar la sobre-dramatización, dejando espacio a la reflexividad, los personajes van mostrando fibras sensibles que resuenan en el espectador porque nos habla de temas universales: la muerte de los seres queridos, el debilitamiento del amor, los recuerdos que se estancan en la memoria.

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En una de las cartas, Saajan le escribe a Ila: “Creo que olvidamos las cosas si no tenemos a nadie a quien contárselas”. Casi sin quererlo, Amor a la carta es una película que habla de las complicidades profundas y perdurables que se abren desde el momento en que decidimos verbalizar el pasado como una forma de expurgar lo no dicho, lo no hecho, lo no realizado. Y de cómo un error accidental puede provocar un desbarajuste que nos abre al riesgo de modificar la percepción de nuestros actos y decisiones futuras. Tal y cómo está nuestra cartelera, no es poco. Para nada.

Marco Antonio Allende

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