La Visita (Mauricio López Fernández, 2014)

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En la última versión del Festival Internacional de Cine de Valdivia, entre los largometrajes chilenos en competencia, estuvo La Visita del joven director Mauricio López Fernández. Protagonizada por Rosa Ramírez, Daniela Vega y la argentina Claudia Cantero, La Visita es una de esas historias breves que condensan en poco tiempo toda una historia vital.

Situado en una añosa casona fuera de Santiago, durante el tiempo que se toma un velorio de tres días, el relato refiere la llegada de Elena (Vega) por la muerte de su padre. Un personaje que veremos siempre como un cuerpo sin vida, esperando ser enterrado en medio de un hogar que no fue el suyo.

Elena llega en estas forzadas circunstancias a acompañar a Coya (Ramírez), su madre. Coya es una vieja mujer que ha servido por años en la casa de Tete (Cantero) y el velorio de su marido se hace en una de las habitaciones de la casa, evitando en lo posible que los niños se metan allí. La llegada de Elena, sin embargo, no es como se espera porque para Coya y los demás habitantes, Elena debía ser Felipe. Con esta nueva identidad sexual, o más bien con esta revelación de su real identidad, Elena convulsiona el ambiente mucho mas de lo que parece haberlo conmovido la muerte de ese hombre, muerte que pasará a ser más bien un incidente propicio para otras cosas antes que un evento trágico que lamentar.

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La atmósfera del filme retrata muy acertadamente esa represión de sentimientos y de verdades que se impone en todas las relaciones personales que hay bajo ese techo. La historia principal que trasunta esa llegada del hijo único de Coya, convertido ahora en mujer, y la manera en que esa situación es silenciada entre murmullos, se expone de manera muy convincente. Casi no hay análisis ni largos diálogos de reflexión entre los protagonistas, sino un pesado silencio que insinúa un poco las heridas, las decepciones, la culpa y también el conflicto interno de Elena, quien se debate continuamente entre su propia afirmación y el afán por ser aceptada por la madre a quien tanto quiere. Elena incluso  se enfrentara, con esa misma opresión, al abuso de Tete cuando ella busque a Felipe para calmar la frustración de ese matrimonio cansado, y un marido que le es infiel.

Paralelamente, otros conflictos familiares se viven en esa casa. Un matrimonio gastado a punto de romperse, una quejumbrosa y postrada abuela y 3 niños pequeños que se pasean sin mucha conciencia de los dramas, salvo el más pequeño que parece atestiguar con tremenda inocencia un mundo adulto medio decadente.

Las actuaciones son todas notables, particularmente las de Rosa Ramírez  y la de Daniela Vega, una actriz transexual que permite, con mucha sobriedad y delicadeza, entender la complejidad y el dolor que puede significar la incomprensión de una madre y del entorno, en general, respecto de una identidad que lidia permanentemente con la necesidad de expresarse tal cual es frente a lo que  se espera que sea.  A lo largo de la película, veremos a Elena pasar de un extremo a otro: primero intentando ser reconocida en toda su femineidad, más tarde resignándose a ser Felipe mientras se acomoda unos pantalones con un gesto masculino que ya casi tiene olvidado, para terminar haciendo un ultimo intento de ser aceptada como Elena. Entre las escenas notables que tiene La Visita una será la de esa suerte de reencuentro, de tregua entre ambas mujeres, con un diálogo brevísimo y revelador con el que todo concluye.

Una intervención que cabe destacar es la participación de Carmen Barros como la abuela enferma, sólo reconocible entre las sombras por su inconfundible cabellera blanca. Barros encarna este personaje que es casi marginal y que, sin embargo, agrega una cierta dosis grotesca a la idea de pesimismo y malos tiempos que se vive entre esas paredes.

La Visita es una buena película que merece toda la atención, tanto por sus aciertos cinematográficos como por el peso del tema que aborda. Llevar a imágenes la tensión de las conversaciones que se evitan por incómodas, se logra acertadamente con un muy buen guión, un montaje que aveces evoca los ritmos de La Ciénaga de Lucrecia Martel, y una fotografía y un sonido desprovistos de adornos, pero suficientemente efectivos como reflejos de la intimidad y de la vida misma tal como se desenvuelve cuando ciertas cosas no se quieren hablar ni evidenciar.

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Lo que nos incómoda de nuestros prejuicios frente a situaciones como la de Elena (o Felipe…que la duda es parte de lo mismo) es una cierta culpa por la dificultad de empatizar con ella, una cierta vergüenza por entender a Coya y no admitir lo políticamente incorrectos que podemos ser en una sociedad del rumor… de lo soterrado. De las distintas formas en que el cine chileno (o incluso el cine en general) ha tratado el tema de la transexualidad, López escoge una que es a la vez sutil y conmovedora, simple y cargada de emotividad.
Elena Valderas

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