Ida (Pawel Pawlikowski, 2013)

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El director de origen polaco Pawel Pawlikowski (Last Resource, Mi amor de verano, La mujer del quinto), quien ha desarrollado toda su carrera en Inglaterra, retorna a sus raíces con este renovadora, bella y delicada película sobre Polonia durante los años 60. Un film que habla del tiempo de la posguerra termina mostrando como en las vidas personales e historias familiares las consecuencias de la guerra y el antisemitismo mantienen abiertas y sangrantes sus heridas.

La primera secuencia de este film en blanco y negro nos muestra a una joven novicia dedicada en sus labores de restauración de una estatua de Cristo. El formato 4:3 del cuadro sitúa en el borde inferior izquierdo la nuca de la figura permitiendo ver de frente la cara de nuestra protagonista, esmeradamente realizando los últimos retoques en el rostro de la efigie. Como si nos empináramos detrás del hombro de otra persona, dedicamos los primeros segundos del film a mirar y apreciar tanto la belleza como la entrega y dedicación de esta joven mujer. Al fondo a la derecha del cuadro vemos una escalera de madera apoyada en la pared, mientras arriba la luminosidad del lugar delinea las perspectivas y textura el espacio.

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Luego, con ayuda de otras tres novicias, cargan la estatua a su podio en el exterior, nieva suave pero intensamente, rezan al Cristo en medio de la blancura del lugar. Vemos en un par de escenas más de la vida dentro del convento: las novicias rezan juntas en la capilla, monjas y novicias cenan envueltas solamente por el sonido de las cucharas al chocar los platos, Anna -la novicia del primer plano descrito arriba- sentada en la oficina de la madre superiora, quien le anuncia que debe visitar a su hasta entonces desconocida tía Wanda Cruz (Agata Kulesza), su única familiar viva, con quién -sentencia- deberá quedarse hasta que sea necesario.

La novicia acompañada de una simple maleta viaja en tren desde el campo hasta la ciudad y se encuentra con su independiente y resuelta tía, una jueza comunista, apodada como “Wanda la Roja”, que lleva una vida bastante bohemia, fuma compulsivamente, casi tanto como lo que bebe, y coquetea y seduce a los hombres de una manera que nos recuerda a la Gloria de Sebastián Lelio.

Rápidamente Wanda le revela a Anna que es judía, una monja judía. Le dice: “tu nombre es Ida, tus padres son Roza y Haim Lebstein”, quienes fueron asesinados durante la guerra. Le muestra una foto de una mujer con un bebé en los brazos y señala: “esta eres tú”. Este juego entre imagen e identidad recorrerá todo el film barajándose entre la imagen religiosa -que representa lo invisible por lo visible- y el documento, registro histórico y familiar: las huellas, los indicios, los restos que nos deja la historia y su relación con la verdad. Algo tan intocable e incuestionable como la imagen de Dios se contrasta con la imagen gris ó más bien grisácea, como la película que parece teñirse en ese intersticio monocromático que existe entre el blanco y el negro, de la posguerra en Polonia.

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Para Anna/Ida (interpretada por la luminosa actriz no profesional Agatha Tzrebuchowsha) novicia devota, huérfana que creció toda su vida en el convento y se encuentra apunto de tomar sus votos, la verdad oculta sobre su familia y su historia le obliga a investigar sus orígenes, en su historia familiar y por medio de lo cual acabará indagando sobre la historia de su país, sin por esto poner en duda y menos abandonar la propia fe y devoción.

Es más, quien carga con la crisis de identidad, con la contradicción interna e insalvable es realmente su tía Wanda, quien perdió a toda su familia por el Holocausto y se encuentra viviendo en una Polonia comunista que continuó existiendo y funcionando a pesar de ese tormentoso pasado. Ambas protagonistas, demasiado opuestas en un comienzo, parten en una especie de road movie en busca de los restos de su familia y la verdad sobre sus muertes. Luego de una relación marcada en un comienzo por desconfianza, distancia, algo de fascinación y atracción, terminan acercándose mutuamente al enfrentarse a una verdad que las hermana.

Destaca el cuidado uso estético de los elementos del film para acercarse y dar espacio para que los dilemas éticos e históricos del film puedan respirar en sobriedad y austeridad: la elección del blanco y negro, el uso de la cámara fija, junto con un cuidado y narrativo encuadre -que compone tanto a personajes y entorno, paisaje y clima de una manera expresiva (fotografía a cargo de Lukasz Zal y Ryszard Lenczewski)- dando espacio a los silencios y acotados diálogos -envueltos en una delicada banda sonora- permiten que esta simple pero durísima película no pretenda más de lo que es, una muestra de una Polonia en la gamma de los grises.

Vanja Munjin

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