Francotirador (II) (Clint Eastwood, 2014)

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La Guerra Atávica

En Francotirador, Clint Eastwood parece afirmar que es urgente mantener una idea de la guerra donde es necesaria la cercanía, los ataques a medio metro, o desde la simple mira del arma en el seso del enemigo, como si el entorno de la guerra estuviera exento del vicio de la tecnología, la distancia de la estrategia informatizada, de mapeos por GPS o de misiles inteligentes que se programan bajo el impulso de un click. Eastwood apuesta por una visión de la guerra más primaria, más sencilla y palpable, a modo de los viejos westerns donde solo es útil el paisaje imponente para la expansión y dispersión del héroe, pero también como suelen ser los videojuegos, en su lógica vivencial, donde existe una adhesión inmediata a la mira telescópica del francotirador, porque definitivamente la guerra requiere un componente primigenio más allá de todo dispositivo o “modernidad”: necesita hombres, y no cualquier tipo de hombre.

En esta guerra que debe lidiar EEUU no hay espacios para que la cámara acuda a drones, a armas teledirigidas o que sea guiada bajo el poder de estrategas capacitados, sino más bien se le propone como un lugar para ejecutar rítmicamente y afectuosamente el papel de la redención, del enviado a salvar a todos los demás soldados de la barbarie. Así, el concepto de guerra que Eastwood propone deviene en un ideal, en un simple espacio dividido en dos, de un maniqueísmo claro y urgente, donde el héroe asume el papel de líder en un contexto de evidentes errores estratégicos, y donde los demás marines necesitan la ayuda no solo de Dios ante su torpeza. Por eso en Francotirador, la guerra se vuelve, más que todo, en un asunto pasional.

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Y así como la guerra se vuelve pasional, y también para hacerla más “vivenciable”, Eastwood recurre a un recurso en la puesta en escena que le da otra cuota fundamental, y que quizás en otros tiempos hubiéramos descrito como “alienación del trabajo”: los “tours” o giras vuelven a la película un asunto laboral. Las jornadas del SEAL Kyle (Bradley Cooper) desde su ingreso a los marines tienen la tónica de lo rutinario, no hay casi eventos excepcionales entre sus idas y venidas, del hogar a la guerra, ya que ni los nacimientos de los hijos, el recibimiento de la esposa, o las malas noticias familiares impiden esta devoción por este “nuevo trabajo”, en el que hay que marcar tarjeta fielmente. Un ejemplo de ello es la boda del mismo Kyle, suceso importante pero opacado por esa urgencia de ir a la guerra que deben cumplir los invitados, incluso su mismo hermano, el recluta apocado, disminuido y miedoso, de esos que EEUU no necesita más.

Eastwood asume los tours ya como acumulación de situaciones, que marcan el curso del tiempo y el crecimiento del personaje en su ansia de matar al enemigo, y en especial a un sirio ganador de la medalla olímpica (enfatizando varias veces este detalle, puesto que el trabajo bien cumplido está por encima de cualquier habilidad o talento suprahumano). Este plan laboral, de idas y noches en expectativa, donde hay poco espacio para la reflexión, a menos que sea la elucubración propiciada por tener en la mira de modo peculiar (digo peculiar porque desborda torpeza en la descripción de este supuesto ataque casero que aparenta ser algo “in fraganti”) a una madre y su hijo portando una bomba, permite entender una lógica fría del deber, del patriotismo y de la lealtad a una nación, como si se tratara de una mística producto de una sesión de coaching. Así, los actores que representan a los demás marines amigos de Kyle, son los mismos marines que padecieron la guerra en vivo y en directo en Irak, dotando a esta fábrica de muerte ese halo documental que se reafirma al final. La guerra es como un buen trabajo, si eres talentoso regresas, y recibes la gran remuneración de la heroicidad.

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Más allá de si Francotirador cumpla con ser una película de reclutamiento o no, sí hay una intención de Eastwood por hacer de su filme un producto que no busca complicar narrativamente al espectador en la construcción de un imaginario bélico, más bien con las cuatro o cinco jornadas descritas en las giras, las mastica bastante. Así el cineasta permite la percepción del método, de la planificación, porque nadie va a la guerra cuando le da su gana. Día tras día, o mes a mes, o año a año, está el eje de lo controlable, de la ejecución dosificada del mal que hay que combatir.

Por otro lado, también los villanos del filme tienen el perfil de mercenarios o sicarios, como los viejos filmes ochentosos y trasnochados de la guerra fría, llenos de rusos tuertos o panameños narcos de camisa abierta y dientes de oro, porque se requiere ver a la guerra también como un asunto policial, de carteles, de mafias, donde el otro no es más que un pastiche o sujeto de pulp, y del cual nos libramos con un simple tiro al blanco.

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Hay una secuencia fundamental que describe el meollo de Francotirador y que desgrana sin querer este hecho del héroe y filiación a la necesidad de la guerra y sus salvadores: Kyle está en una azotea a la espera de ver alguien pasar con una bomba y disparar, pero esto no sucede, se aburre, conversa algo con su compañero y está atento a alguna novedad. No hay nadie que dé órdenes, que idee un plan, solo es la espera casi solitaria e incómoda, el “a ver qué pasa”. El héroe necesita acción. De pronto, decide llevar su arma y bajar, y seguir a una tropa que está inspeccionando casa por casa. Entra con la tropa a una vivienda y encuentran a un jeque. Kyle lo coloca en la mira, mientras la cámara es la mira, pero también el ojo está allí, en el suelo, casi desde el lugar del jeque, en un contrapicado que desnuda la punta del arma, en uno más de los ping pong que Eastwood utiliza escenas tras escena. De pronto, Kyle se vuelve líder, en el que interroga, el que obtiene las pistas, en que se anota una con el coronel de la tropa y de la misión. Porque en esta guerra también hay espacio para la improvisación, para una cuota azarosa que permite al héroe sacar ventaja de las fallas del sistema, del país perfecto que programa guerras cada fin de mes. Y es así que el francotirador, la máquina que mata, deviene en negociador político, torturador, planificador y héroe con 200 medallas, todo en el mismo pack.

Mónica Delgado

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