Joven y bonita ( François Ozon, 2013)

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Muchos directores/as europeos que han hecho ocasionales incursiones en la comedia o incluso en el musical, han ensombrecido la atmósfera de sus últimos trabajos sustituyendo el humor por la ironía y la calidez por el desamparo. Una visión caústica de la Europa en retroceso  y, en concreto, de la Francia liberal-conservadora caracterizan las últimas películas de Téchiné, Assayas  o Claire Denis.  François Ozon sigue en su disección implacable de las zonas sombrías de la burguesía francesa con un relato visualmente fascinante sobre una joven que decide prostituirse libremente ocultándolo a su familia, aunque tampoco con excesiva cautela. El retrato que hace Ozon de la familia de Isabelle (Marie Vatch, convincente aunque algo fría) en sus vacaciones de verano se corresponde con motivos visuales y temáticos ozonianos como el descubrimiento del cuerpo, el contacto con la playa y los bosques y la falsa paz tras los núcleos de afecto tradicionales y sus ritos. Bien acogida en el último festival Cannes, aunque no sin cierto rubor y reparos , estamos ante una de las obras intimistas y mayores de un director imprevisible, como imprevisible es el comportamiento de su joven protagonista a la hora de acatar algunas normas sociales de género y saltarse sin vértigo otras. Como el propio autor que mezcla el ritmo contemplativo en la primera parte con una segunda parte llena de tensión y reproches.

Joven y bonita aparece divida en diferentes estaciones y juega su mejor baza mezclando el drama y la ironía. Isabelle/Lea disfruta de su trabajo como prostituta al tiempo que estudia a Rimbaud en la Sorbona. Muchas imágenes que contrastan con la luminosidad del prólogo (que acaba con la primera experiencia de la joven protagonista  con un apuesto  turista alemán) están rodadas en el interior del metro subrayando la clandestinidad y la hipocresía de la sociedad en la que Isabelle no acaba de encajar, por su rechazo al compromiso y su atracción por el sexo. Como en otras películas de Ozon la mirada adolescente (en este caso del hermano pequeño de Isabelle, que espía con cautela a todos los miembros de la familia) es la más lúcida frente a la reacción histérica y paternalista de la madre y, en menor medida, el padrastro de la joven que a su vez no son sinceros en sus relaciones amorosas. Sería algo apresurado  y machista decir que Isabelle sufre de un episodio adolescente, desdoblamiento  o de frigidez emocional, porque deja intacta la crítica a los lazos parentales en la, generalmente, conservadora Francia de nuestros días, en el que las representaciones fílmicas (La vie d’Àdele, Tomboy, L´iconnu du lac) van por delante de la realidad sociopolítica y del panorama de recortes cargados de ideología. Esa Francia que ha salido en masa contra el matrimonio gay y esa doble moral que ha hecho crecerse al Frente Nacional de la familia Le Pen, los neonazis y que arrebató la vida al joven antifascista Clement Meric.

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Ozon nos muestra un mundo marcado por la codicia pero nunca juzga a su personaje principal y le dedica algunos de los planos más sensuales de un director experto en filmar el cuerpo de hombres jóvenes. Los clientes de Isabelle/Lea no son ni jóvenes ni atractivos pero ella, hasta la muerte accidental de uno de ellos, parece dispuesta a superar esa barrera del culto a la belleza que representa su primer ligue y el chico que conoce en la playa. Los modelos al uso (chico de discoteca, compañero de universidad) le resultan emocionalmente nulos.

Joven y bonita es menos perfecta en su construcción dramática que la bomba de relojería teatral de Dans la maison (basada en la obra del catalán Juan Mayorga “El chico de la última fila”)  pero nos devuelve al Ozon más lírico con algunas composiciones visuales poéticas y algunas transiciones espacio temporales  atrevidas, como atrevida en su aproximación a una chica que se convierte en problema a los ojos de la moral burguesa de su entorno más próximo y que llega a exponerse a riesgos como no usar preservativo siempre o quedar con clientes de aspecto poco fiable. Ozon parece decirnos de nuevo que los senderos del llamado “amor” con mayúsculas  son inescrutables ya que Isabelle encuentra  una inesperada pasión en un anciano casado y padre de una hija mayor  y en cambio acaba rechazando a todos los jóvenes que se le aproximan, con una visceral resistencia a emparejarse con algún chico de su edad. Marie no busca encajar sino explorar en los senderos de su sexualidad y un yo degradado por un entorno familiar insatisfactorio.

Fascinante el uso que hace el director de elementos como las canciones, los largos pasillos de los hoteles, las miradas furtivas en el interior de la casa familiar así como de elementos aparentemente puntuales pero que sirven para un ingenioso desarrollo de la narración y profundización en la podredumbre que se oculta tras las apariencias empleando elementos como el teatro. Ozon no da buena imagen de las fuerzas de seguridad que acosan a Marie sin tener en cuenta su libre decisión y el retrato que hace de su visita obligatoria  al psiquiatra (algo crápula)  no es mucho más amable. La joven tiene una relación tensa con su madre desde el comienzo de la cinta, cálida con su hermano pequeño pero generalmente distante hasta que entabla una extraña comunicación con uno de sus ancianos clientes. Casi desde el principio de la cinta bañada por el sol y ese tiempo vacacional que aparecía ya desde sus primeros cortos percibimos en Isabelle un extraño desapego entre lo que es y lo que representa para agradar a algunos. Aparentemente estamos ante una apuesta más frívola que Bajo la arena, El tiempo que queda o Mi refugio, menos perfecta que Dans la maison o social que Ricky,  pero, en el fondo estamos, ante una de sus obras más perturbadoras por la sutileza con la que maneja un material, hasta hace bien poco, dado al sensacionalismo, la piedad  o la moralina.

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Ozon funde la inocencia y el morbo en un filme visualmente sugerente que se nos antoja mucho más complejo de lo que parece a simple vista. Al contrario de Belle de Jour de Buñuel (con la que puede llegar a ser comparada a pesar de las evidentes diferencias de fondo y forma) Ozon no necesita degradar a su personaje principal para hacer una corrosiva exploración en los laberintos de la adolescencia, la sexualidad como campo de explotación o batalla, de ruido y silencio,  la soledad, el desamparo  y la familia francesa que quiere  y no puede ser “ejemplar”. La genial aparición final de la mujer del anciano muerto (encarnada por la ozoniana Charlotte Rampling) apuntala con genialidad el escupitajo de Ozon a las normas morales vigentes y la hipocresía de la sociedad en la que vive inserto y que recientemente se ha manifestado contra el matrimonio igualitario y sigue sin combatir con la suficiente contundencia  el racismo y la xenofobia, a pesar del cambio de gobierno.

Algunos consideraran que Joven y bonita, con sus personajes no demasiado inteligentes pero tampoco ridiculizados,  es un paso atrás con respecto a la madurez expositiva de Dans la maison donde Ozon hacía un retrato mucho más ácido de la familia y la sociedad francesa, pero el mérito es que consigue un equilibrio más refinado, sutil, perverso  aún entre el fondo y la forma, un uso perfecto de colores, sonidos  y escenarios e incluso que actores no conocidos se acerquen a sus personajes de forma íntima, al tiempo que echa un ácido corrosivo a esquemas sociales y familiares  aparentemente inamovibles.

Eduardo Nabal Aragón

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