Siempre Alice (Richard Glatzer, 2014)

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Esta es la historia de Alice Howland (Julianne Moore), una destacada académica de cincuenta años, experta en lingüística y psicología cognitiva. Su vida es, en cierta medida, exitosa. Su marido (un siempre eficaz Alec Baldwin)  también hace carrera en la ciencia, y dos de sus tres hijos han hecho una vida normal, con sus parejas y profesiones. Sólo Lydia, la menor de lo vástagos (Kristen Stewart), ha elegido el imprevisible camino del teatro. Las reuniones familiares son ocasiones en donde se depositan las diferencias entre hermanos, las preocupaciones de los padres, una frágil tranquilidad común a casi todas las familias. Desde el comienzo vemos a Alice como el centro del relato, su sustento anímico: la madre que se preocupa por el futuro de sus hijos, la profesora que viaja a dar conferencias, la mujer que corre por el campus de la universidad de Harvard, la dueña de casa que recibe o cobija. Con ciertos rasgos de candidez, incluso de infantilismo, es la presencia ubicua, la compendiada libertad forzada de la mujer moderna.

En una jugada que no puede sino llamarse irónica, la película hace que Alice, una mujer que domina las convenciones, las nomenclaturas del lenguaje y los mecanismos de la memoria, sea diagnosticada de alzhéimer prematuro. Lo que se abre es una fractura radical con respecto a su vida anterior. También es la situación que jalona las réplicas de su familia como un lugar simbólico que se siente indefenso, aturdido, pasivamente agresivo ante la inminencia de un mal que heredan como propio. Aquí se abre una brecha entre Alice y su familia, una extrañeza perturbadora (que la película se niega a hacer explícita) entre el desaliento de una madre que siente cercano su fin y el resto, que ve a la enfermedad como una realidad obscena y extraña. Hay una negación de lado y lado, en donde aflora la dificultad de Alice para aceptar su situación unida a una fingida tranquilidad por parte de sus cercanos. En cualquier caso, es la perplejidad ante una catástrofe.

Siempre Alice no ahonda más allá de estos relámpagos de miseria. Al contrario, dedica el resto de su metraje a buscar la compasión del espectador asociándolo a los actos que decide realizar Alice como una forma de terapia previa a la pérdida total de su memoria. Ahí está la búsqueda del reconocimiento y la simpatía gracias a un discurso bienintencionado que habla de la dignidad de los enfermos, y la búsqueda de una comprensión que le permita enfrentarse a su propia imagen; fabricar un relato que ilumine algo en medio de tanta oscuridad, tratar de extraer la significación de un hecho fáctico insoportable.

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En este sentido, Siempre Alice está muy lejos de las frontales e implacables imágenes de Amour (Michael Haneke), en donde la devastación física y el despojo que nos volveremos estaban en función de una ética de la crueldad que buscaba remarcar la ausencia de cualquier indicio de esperanza. Alice, en tanto película y personaje, es más la descripción de un vacío paulatino que una confusa desgracia, apropiándose del espíritu que intenta entregar ofreciendo una serie de situaciones que buscan “cerrar un ciclo” que apacigüe el dolor contenido en todos los personajes. Es el reencuentro con su hija rebelde, es el ser testigo del nacimiento de su nieto, es viajar a la casa en la playa junto a su esposo, es recordar lo bueno que fue la vida, y es, por sobre todas las cosas, buscar un refugio en, otra ironía, unos lejanos y borrosos recuerdos que cada tanto aparecen como flashbacks.

Cioran hablaba que, suspendido el devenir y las expectativas, sólo quedaba abrirse camino a una niñez imaginada. A medida que la película se acerca a su fin, esos momentos en que Alice se refugia en esa soledad aglomerada de recuerdos infantiles son cada vez más frecuentes. Es una mente que ingresa en la penumbra de ese refugio interior que nadie sabe del todo en qué consiste. Susan Sontag escribió en una ocasión que “la vida, cuando no es una escuela de la crueldad, es una educación en la compasión”. “Siempre Alice” juega sus cartas en la semblanza de una vida que se suspende en una mirada ida, ausente, tanteando un puente que explore en el espectador los sentimientos de piedad hacia una mujer que parte hacia tierra ignota.

Marco Antonio Allende

Comentarista: 6/10

Promedio Blog: 5.5/10

Still Alice
Dirección: Richard Glatzer, Wash Westmoreland. Con: Julianne Moore, Alec Baldwin, Kristen Stewart, Kate Bosworth. 101 minutos. EE.UU.

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