Informe XVII Bafici (2): Cuerpos defenestrados

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Este fue mi segundo Bafici, luego del 2013, y aún no estoy seguro si fue o no fue una mejor experiencia. Fue, por razones personales, menos conversado, menos comentado, pero al mismo tiempo me demostró una capacidad propia de poder formar mi propio camino en esto de la crítica cinematográfica. Más allá de eso, es chisme, así que basta de eso que quiero contarles sobre tres películas que me marcaron más que todas las que vi en las dos semanas que estuve cubriendo en Buenos Aires.

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El Botón de Nácar (2015) de Patricio Guzmán se siente como una continuación lógica luego de Nostalgia de la luz (2010), donde el director desnuda su personalidad y su propia historia personal en pos de un documental de carácter menos factual y más reflexivo. Aquí su tema es el agua y cómo su presencia tanto en el cuerpo de las personas, así como en la costa de Chile, y cómo, de acuerdo a su tesis, hemos vivido de espaldas al mar, cometiendo atrocidades y siendo crueles con ese sustento de la vida. Usando el estilo de asociación libre que ha marcado las últimas cintas del director chileno, llegamos desde los indígenas Kaweskar hasta los detenidos desaparecidos que luego de morir torturados fueron lanzados al mar, pasando por la historia de Jemmy Button, famosa en Inglaterra por ser uno de los primeros casos de una especie de “buen salvaje”, “domesticado” y “educado” para poder vivir en la “civilización”. Sin duda supera la fotografía de sus cintas anteriores, acá con un preciosismo que se revela tanto en las tomas del sur de Chile (acompañadas de un maravilloso montaje de sonido), junto con las tomas frontales de las entrevistas, que parecen retomar algo de Osnovikoff/Perrut al focalizarse en las bocas en ciertos momentos, o en ciertos aspectos de los ojos, de las marcas, como si buscara ahí las imágenes de lo que están recordando, como si buscara en las fisuras de la boca los momentos que están siendo ocultados.

The Look of Silence, por otro lado, también forma parte de una continuación natural de la obra de Joshua Oppenheimer, que con su anterior cinta The Act of Killing (2012), sorprendió al mundo entero con un juego cinematográfico de doble valor, un valor como documento de denuncia, un valor de valentía a la hora de enfrentar a los mismos asesinos que mataron a más de un millón de personas en Indonesia bajo la bandera de que eran comunistas. Con esta cinta el valor se mantiene, en ambos sentidos, cuando nos presenta al hermano de uno de los ejecutados a sangre fría, hoy en día oculista, que se dedica a entregar consultas gratuitas a cambio de conversaciones filmadas por Joshua, que en esta película parece cumplir un rol más importante ya que se ha hecho más conocido con el tiempo dentro de la comunidad de Indonesia. Acá estamos quizás frente a la premisa y personaje más valiente que he visto en mucho tiempo, pues mientras realiza la consulta empieza lentamente a adentrarse en preguntas cada vez más peligrosas, hasta el punto en que se revela como el hermano de un acusado comunista frente a los mismos asesinos que estuvieron a cargo de su muerte, algunos de los cuales aún detentan el poder en las villas o ciudades donde vive nuestro protagonista y su familia. Quizás los momentos más impresionantes de la película, además de las confrontaciones valientes que realiza este hombre que sólo busca encontrar una gota de arrepentimiento de parte de los perpetradores, son las escenas con su madre, quien cuenta la historia de su hermano, para luego empezar a llorar desesperada ante el prospecto de la venganza, o cómo irán a reaccionar estos hombres peligrosos que aún pueden hacer lo que les plazca en un gobierno que aún no pide perdón por todos los crímenes cometidos.

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Finalmente, Une jeunesse allemande (2015) forma parte del logro más espectacular de la carrera del experimentalista Jean-Gabriel Périot, quien en esta ocasión ocupa material filmado de diversas (y a veces pareciera infinitas) fuentes para formar un documental de found-footage donde pone en primer plano su propio discurso respecto al origen y posterior muerte de todo el movimiento que se conoció como el Ejército Rojo en Alemania Occidental, evento que partió con un grupo de estudiantes (entre ellos estudiantes de cine) disconformes con la realidad que vivían, producto inmediato de la ocupación y las secuelas de una paternidad marcada por la vida nazi y en pos de un líder que los llevó a perder el prestigio y su capacidad de gobernarse por sí mismos. Périot, a través del montaje, y con la intervención escasa de la voz en off, logra a partir de discursos contrarios a los estudiantes (provenientes de la prensa), evidenciar la necesidad del cambio, mientras que al mismo tiempo ocupa la cinematografía revolucionaria producida por los cineastas amateurs alemanes para también dar cuenta de un cierto ridículo propio de una juventud ansiosa de cambios pero que no logra tener conciencia completa de conceptos como pueblo o pobreza. De alguna manera logra poner sobre la palestra los argumentos de ambos lados y demostrar que ambos sectores estaban completamente equivocados en la manera en que estaban tratando de formar un cambio o mantener un status quo, a través de programas donde se usaban grandes y complicadas palabras, así como elementos de montaje supuestamente revolucionarios que sólo gritaban un ridículo exacerbado, por lo tanto nos damos cuenta que fuera de toda discusión está quizás el elemento social más importante: el pueblo.

Jaime Grijalba

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