Mr. Kaplan (Álvaro Brechner, 2014)

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Qué difícil, qué arduo resulta hacer una buena comedia. Películas que nos hacen reír, que despejan del nublado mental que provoca el estrés cotidiano, hay por montones. Pero es difícil recordar películas que, bajo la apariencia inocua de la levedad dramática, abran las compuertas del absurdo humano y dibujen una parábola engañosa y reversible. No bastan buenos actores, un director competente, ni siquiera un gran guión. Tiene que darse la conjunción perfecta, casi milagrosa, en la que se intuya detrás de esa pátina de banalidad carnavalesca un subtexto que interpele y subvierta las convenciones y los supuestos sociales y morales. Toda gran comedia es la delación de nuestras máximas debilidades y, al mismo tiempo, la reafirmación de aquellas, en un juego paradójico y cordial, no captable a simple vista; genuinamente grosero y amablemente bastardo.

Mr. Kaplan es una comedia perfecta, parece hecha por el alumno más aplicado del curso, asume cada uno de sus pasos con deliberada eficacia, pero hay algo que no encaja. En la batalla de las formas, que es la batalla definitiva de cualquier forma de arte, Mr. Kaplan es víctima de su propia y fría perfección. Se olvida de sus personajes y dedica mucho de su tiempo en luchar contra los esquivos márgenes del género al que se adscribe. Nadie sabe para quién trabaja: en su corrección narrativa y moral, en su moraleja de tercera, Mr. Kaplan sale derrotada en el mismo terreno por el que busca avanzar, dándole la espalda a la gran tradición de la comedia, ese género que habita en el ridículo y en la pasión inútil de personajes que se desvían del predecible curso de la conducta habitual, en el desborde irónico que afila sus garras poniendo en ridículo la corrección moral de las premisas que aborda.

¿Y de qué va Mr. Kaplan? Esta es la historia de Jacobo Kaplan (Héctor Noguera), un judío anciano que de pronto ve que su vida está cercana a la muerte y decide embarcarse en una especie de cruzada vindicativa en nombre de todos los compatriotas muertos durante el Holocausto de la Segunda Guerra Mundial. Para eso, requiere de la ayuda de Wilson (Néstor Guzzini) un improvisado confidente bueno para nada, un pendenciero y alcohólico ex policía que vive alejado de sus hijos por una mal entendida lealtad, un exiliado de la sociedad por una cobarde postura ante la vida; en pocas palabras, un papanatas. La gran epopeya que dará sentido a Jacobo en el ocaso de su vida es capturar a uno de los tantos nazis que se fugaron al cono sur escapando de la justicia. Cree ver a uno de ellos en las tranquilas playas de una caleta cercana a Montevideo. Junto a su camarada de ruta deciden utilizar las más variadas artimañas y maniobras, todo sea por el benévolo objetivo de cazar al nazi y llevarlo en un barco a Israel para que sea ajusticiado.

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Mr. Kaplan juega con fuego al intentar aunar el homenaje de rigor a los cada vez más incomprensibles rituales judíos de iniciación, reseñando con distancia irónica el peso (el agobio) que significa pertenecer a una raza elegida y perseguida, unido a la herencia de culpa y justicia colérica del Dios testamentario. En este sentido, pareciera querer dibujar una trama especular en donde el acoso demencial tras los pasos del fugitivo alemán se pudiera homologar, en su estupidez, al exterminio racial que llevaron a cabo los nazis. No hay otra forma de entender esa escena en la que Jacobo se queda dormido en la playa y despierta cuando oye de entre las nubes la voz de un Dios que lo insta, de manera indirecta, a continuar con su cometido. Es una buena idea equiparar necedades de lado y lado, advirtiendo en esa irreverente búsqueda de justicia una forma más amable de una misma ceguera. Pero Brechner se queda en los bosquejos y no se atreve a rozar la herida que significaría sincerar un juicio tan subversivo como ese. En vez de eso, prefiere impresionar con elementos formales y técnicos: una notable fotografía, hábiles movimientos y posiciones de cámara y una admirable producción.

Mr. Kaplan se nutre de materiales nobles y canónicos (Don Quijote, el Barón Münchausen) pero son tan gruesos sus alcances éticos y paródicos que no alcanzan a ser más que una reformulación simple y predecible como para intentar lecturas afiebradas entre la película y esas elevadas fuentes de inspiración. Tal vez si hay algo que se filtra a través de Mr. Kaplan es una idea maliciosa aunque no del todo incorrecta: que la vejez y el paso del tiempo son lugares más cercanos a la crueldad que a la sabiduría, más limítrofes al desamparo que a la aceptación, más afines a la incomprensión que a la quietud. Es una sospecha que ya otros han visitado con mayor profundidad y maestría en el mundo del cine; sin ir muy lejos, los hermanos Coen. Pero eso ya es otro cuento. Algo bastante alejado del discreto mundo de desfacedores de entuertos por el que transita Mr. Kaplan.

Marco Antonio Allende

Comentarista 4/10

Título: Mr. Kaplan. // País: Uruguay. // Año: 2014. // Duración: 98 minutos. // Director: Álvaro Brechner. Guión: Álvaro Brechner. Reparto: Héctor Noguera, Néstor Guzzini, Nidias Telles, Nuria Fló, Rolf Becker.

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