Sobre “La Once” de Maite Alberdi

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Hay una objetividad de método en la manera en que Maite Alberdi se plantea en su segundo largo documental. Siguiendo una cuidadosa lógica de simetrías y de progresión, la directora se ciñe a una minuciosa planificación para mantener la distancia emocional frente a un trabajo que envuelve tan cercanamente su historia familiar.

El resultado sigue siendo igualmente emotivo, en tanto antes que registrar los modos de un grupo de mujeres septuagenarias anónimas, rescata la figura de su propia abuela y de su clan de amigas que la ha acompañado desde el colegio, manteniendo durante más de seis décadas un ritual mensual de retraerse en función de infusiones de té, pasteles y pequeños sándwiches que robustecen cromáticamente un status cultural que se prolonga también a través de la tradición repostera chilena. Son detalles como éstos los que le dan al filme el valor significante por sobre la construcción de caracteres, que también cumple una función en las simpatías hacia los personajes.

La Once es ante todo el registro de la sobrevivencia de un ritual social. En un país que, como toda América Latina, se construyó sobre la hegemonía masculina, restituir recuerdos como los suyos va más allá de un ejercicio melancólico. Apela también a recomponer un sinnúmero de emociones e ideas que, a la luz de lo que el documental deja ver, han sido casi siempre expresadas sólo entre mujeres.

Por eso, cual más, cual menos, la distancia vivencial que cada uno de estos personajes presenta respecto de las costumbres actuales es mucho más que un vehículo para la comedia. Refuerza en esencia la necesidad reivindicativa de esas reuniones y, además, justifica los recursos narrativos que la directora inteligentemente ha elegido para presentarlos.

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Mirando su arquitectura desde más lejos, la película se construye en torno a una figura  retórica arcaica -la secuencia por episodios-, célebre mecanismo de la gramática clásica que tiene entre sus abolengos la secuencia del desayuno en Ciudadano Kane (1941) como máxima expresión de su potencial comunicativo, y que La Once utiliza en cada una de esas secuencias separadas por elipsis de meses y años, con todo el poder retro de su nostalgia por el pasado.

Es inevitable entonces que, debajo de la meditación individualizada sobre el rol de la mujer en la elite chilena, el tema de fondo en el filme sea necesariamente la muerte como certeza infranqueable y fin último de toda esa progresión. Con mayor intensidad que cualquier ficción, la muerte de los personajes es la frontera en la historia y su carácter tan inesperado como inminente late también en off, incluso más allá de estas imágenes.

Pero La Once tiene también un segundo fondo, probablemente no buscado por la directora, relacionado con la supervivencia de las ideas de la elite chilena, cuyo estatuto reivindicativo está presente en su voluntad de registro y que en esencia es indiscutiblemente político.

A nivel puramente especulativo, es probable que en esas largas horas de conversación registradas durante cuatro años no haya estado ausente la opinión política explícita. Puede que el filme haya omitido esa zona, o que sencillamente nunca se haya producido. Como sea, afortunadamente la película nunca destierra esta dimensión, incorporándola desde esa conciencia de clase que permite no sólo una lectura cariñosa de sus personajes, sino además una reivindicación de esos rituales que han permitido la sobrevivencia del sistema de ideas que rodea a cada una de estas mujeres.

Si hay una forma de sobrevivir a la muerte está en esa capacidad de restitución que permite el cine y que es parte constitutiva del proyecto de La Once. La claridad de Maite Alberdi está en administrar esa conciencia y darle una forma que es puramente cinematográfica.

Felipe Blanco

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