La memoria del agua (Matías Bize, 2015) 2/2

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Salir de la sala con una sensación de asfixia puede ser algo bueno. Hitchcock, por ejemplo, creía que al espectador había que hacerlo sufrir. Y vaya que lo hizo…

(Y aquí entre nosotros: me alegra que lo haya hecho).

Sin embargo, creo que hay una línea que diferencia entre el sufrimiento -digamos- “entretenido” y otro que no lo es tanto, que es puro y duro, sin matices, que es medio y objetivo al mismo tiempo. Las películas que se encierran en la primera categoría, cumplen con el rol de “enriquecimiento”, de uso del ocio como algo “productivo”. Por su parte, las que pertenecen a la segunda categoría, quedan en nuestras vidas como una experiencia pasajera, que se olvida luego de un par de horas, y que cuando se vuelven a recordar no golpean con la misma fuerza. No producen esa contracción estomacal o vértigo que te hacen decir “sí, allí hubo algo”. En el caso de Matías Bize, La vida de los peces (2010) está dentro de la primera categoría (si hasta me dan escalofríos cuando escucho el soundtrack); La memoria del agua, su nueva película, en la segunda.

Tras un proceso de desarrollo de cinco años, Bize nos cuenta la historia de Amanda (Elena Anaya) y Javier (Benjamín Vicuña): una pareja que debe superar la muerte de su hijo de cuatro años. Siguiendo la línea de sus trabajos anteriores, La memoria del agua toma como eje de conflicto la problemática de pareja: esa que busca enfrentar opciones y decisiones ante el transcurso de la vida. Sin embargo, aquí hay un giro en relación con aquellas películas, ya que ahora se busca ahondar en los personajes por separado. Esto queda muy bien demostrado en la separación física que viven los protagonistas, que deben rearmar sus vidas siguiendo derroteros distintos.

Tenemos, entonces, un conflicto claro, sencillo y con un poder dramático de ensueño: la premisa tradicional de este director. Hasta aquí todo bien.

Luego, Bize se pone el overol de director y comienza a desarrollar el conflicto a través de las imágenes. Instancia en la que se podemos apreciar que el grado de madurez de sus habilidades narrativas están al tope: lo que se propone narrar, lo hace con eficiencia, claridad e, incluso, poética. Entonces, ¿cuál es el problema? ¿Por qué La memoria del agua es una experiencia pasajera?

Robert Mckee dice en su libro The story que si al público se le da a elegir entre una historia trivial bellamente narrada y una historia profunda pobremente narrada, siempre elegirá a la historia trivial. Aquí “bellamente narrado” no quiere decir “bonito”, sino interesante: que capte la atención del espectador a través de su propuesta. Veamos un par de ejemplos.

Sábado: el quiebre de un matrimonio (trivial) narrado en un plano secuencia (interesante). En la cama: el engaño (trivial) contado desde el mismo lugar de los hechos (interesante). La vida de los peces: un reencuentro de una expareja en una fiesta (trivial), jugando con los colores y la música extradiegética (interesante).

Ahora, con La memoria del agua: cómo la muerte de un hijo separa a una pareja (profundo), narrado con silencios, miradas y discursos existenciales (no tan interesante).

A lo mejor alguien sí lo encuentra interesante, pero la verdad es que también es agotador. El tema es que ésta situación choca contra un clímax que, en estricto rigor, es un lugar común: la fría respuesta de la racionalidad frente el vacío existencial versus la cálida contrapartida de la fe y el amor.

Y aquí es donde todo se desmorona: el desenlace le habla más al intelecto que las emociones. Esto no sucede, por ejemplo, en La vida de los peces. Ese algo del “allí hubo algo” es, por definición, inefable. Y ese algo es, además, la delgada línea entra la trascendencia y la nimiedad. Pero esto no termina aquí.

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Las actuaciones de Benjamín Vicuña y Elena Anaya cumplen con lo que se les pide. Eso sí, quien sale más airoso de este cometido es la actriz española, ya que Vicuña no logra darle a los silencios de su personaje un sentido más profundo que la confusión, no logra transformarlos en un reflejo de la personalidad de Javier, a diferencia de Amanda, que se interpretan como una búsqueda por el sentido. Esta diferencia en la calidad de las interpretaciones va aumentando a medida que avanza la película y termina por transformarse en un peso que se suma al problema antes mencionado.

Con esto no quiero decir que La memoria del agua sea un bodrio. Se siente más bien, como una película en que cuyo director busca contar una historia profunda con las herramientas inadecuadas. Y en este sentido, es una película que nos demuestra que Bize quiere experimentar con temas más maduros, que hay una inquietud que todavía no se apaga. Después de La vida de los peces, honestamente, creía que Bize había llegado al límite de sus temas (¿qué otra dificultad enfrentan las parejas?) y en cierta forma lo es. Lo que pasa es que en La memoria del agua el “chip de conflictos-de-pareja” sigue puesto y controla todo.  En fin, habrá que esperar un tiempo (esperemos que no mucho) para ver la siguiente película de Bize y ver si la lección se aprende. La memoria del agua puede ser un punto de inflexión importante en la carrera de este director.  

Josemaría Naranjo

Nota comentarista: 5/10. Título: La memoria del agua. Director: Matías Bize. Guión: Matías Bize, Julio Rojas. Fotografía: Arnaldo Rodríguez. Reparto: Benjamín Vicuña, Elena Anaya, Néstor Cantillana, Pablo Cerda, Alba Flores, Sergio Hernández, Silvia Marty, Antonia Zegers. Año: 2015. Duración: 88 min. País: Chile, España, Argentina.

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