Informe Fidocs 2015 (I): mixturas y guerras

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Ausencias y aciertos

El festival de este año, tuvo en principio algunos problemas claros, uno de ellos relativo a criterios de programación y la ausencia a mí parecer notoria de dos documentales: es el caso de La Once de Maite Alberdi y Surire de Perut y Osnovikoff, dos películas que de una u otra forma debieron haber estado presentes en un festival que aspira a ser el centro del cine documental chileno. Un tipo de descriterio que se viene produciendo desde hace varios años en Fidocs, como el año en que El salvavidas participó en la competencia y hubo una reseña en contra al interior del catálogo, entre otros ítems que se suman a los que ya hemos comentado en años anteriores.

El segundo consiste en un claro problema de difusión, tanto de sus propias líneas de programación como de las actividades paralelas. Con esto me refiero no a que no existan notas de prensa sino a la falta de criterio unificador en términos de contenidos y conceptos que, si bien está en las bases ideológicas, éste aparece de forma inorgánica y algo fragmentada. En este sentido se desaprovechan potenciales alianzas y enfoques que sacarían a relucir de mejor manera las palabras planteadas por Carlos Flores en la presentación del festival, las que, en contraste, sí delinean de forma clara un discurso exploratorio sobre lo documental y que se cristaliza en la programación (los audio-documentales, los documentales de puesta en escena, las publicaciones y actividades paralelas). Todo ello se reflejó en una baja de público, lo que creo debería ser el gran desafío del próximo año.

Este año, lo más sólido vino de parte de los focos argentinos y españoles, especialmente la retrospectiva de  Isaki Lacuesta, Hermes Paralluelo y José Luis García. A su vez hay ganancia en ampliar criterios, como es el ejemplo de los audio-documentales de Félix Blume o filmes como los de Susana de Sousa en la muestra de Derechos Humanos. El primero amplifica y desplaza el problema de lo visual-referencial del documental a la dimensión exploratoria del sonido, lo segundo aboga en la experimentalidad y la materialidad del archivo desde una reflexión crítica sobre la Historia.  Junto con ello, es un acierto la sección “sin editar”, que este año produjo una proyección notable del último concierto de Luca Prodan, gentileza de José Luis García.

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Textos mixtos

Los dos documentales de García, por cierto, son excepcionales, ellos estuvieron incluidos en el foco mencionado. La chica del sur (2012) es primero un viaje alucinado a Corea del norte a fines de los ochentas, antes de la caída del muro de Berlín y justo después de la masacre a los estudiantes chinos de Tiananmén, un viaje al corazón del “socialismo real” en plena caída utópica; pero luego es la obsesión de García con un personaje excepcional: la “chica del sur” de Corea, Im Su-kyong, estudiante que declama el fin de la frontera de Corea y la unidad del país, verdadera heroína de masas que termina cruzando “a pie” la frontera más vigilada del mundo.  El filme se parte en dos, con el eje central de la obsesión del documental por este personaje, su desaparición posterior del ámbito público y el deseo de reencontrarla. Esta segunda parte es más bien la lucha entre la cámara y su personaje 20 años después, llena de resistencias y desencuentros. Entre medio, García logra hacer una película que va de la melancolía de una época a la tragedia política de un país, pasando por una reflexión sobre la vida privada y pública, esto mezclando un tratamiento que puede ir del apunte etnográfico a la reflexión histórica, pero donde el ensayo incorpora su propia desistencia y frustración.

candido-lopez

Su documental Cándido Lopez, los campos de batalla (de un par de años antes, 2005)  es otro ejercicio de obsesión y errancia, de intento de captura y fuga permanente. Al igual que en La chica del sur, el dispositivo es un personaje que obsesiona al director, este es Cándido López, pintor que combatió en la guerra de la Triple Alianza (1865-1870) y que dedicó toda su vida a pintar los campos de batalla. Aunque la guerra para el director no es de interés al inicio, de a poco nos adentramos en la historia de ella y las consecuencias catastróficas que tuvo para Paraguay, frustrando el intento de este por ser un país autónomo y la incidencia las potencias europeas en la guerra. En pocos años, la guerra terminó por que todos los hombres paraguayos murieron. El filme se vuelve una reflexión sobre el trauma de la guerra, sus rastros dispersos por doquier en los paisajes y la micro-historia de Cándido López, en un registro que pasa del diario de observación, al ensayo histórico, del registro testimonial a la biografía… redondeando con la inclusión de una reflexión sobre las pinturas de López y el registro histórico de la masacre.

Ambos filmes de García nos hablan de un documental con capas (sociales, históricas, narrativas) que hacen del documental contemporáneo un texto mixto y creativo del abordaje social.

Otra película dentro de la muestra se sitúa en un tratamiento material de la guerra aduciendo también, más que una dimensión explicativa, cierta morfología de su resto, especie de internalización cultural de la destrucción. Me refiero a Battles (2015) de Isabelle Tollenaere, subdividida en 4 secciones (Títulos: Una bomba, Un soldado, Un bunker, Un tanque;  vinculada cada sección a lugares específicos: Bélgica, Letonia, Albania y Rusia), la primera centrada en restos de bombas y misiles sin activar caídos en el paisaje que son retirados y examinados por científicos y máquinas; el segundo en grupos de civiles, en una especie de “turismo militar”; el tercero en una familia que cuida ovejas en el medio de un Búnker, y la última en una actividad patriótica de un pueblo ruso con estética militar, centrándose sobre todo en objetos inflables de gran tamaño con forma de tanques y armamentos. Con un tratamiento distante, taxonómico e imperturbable resulta interesante como una aproximación desde la superficie y la materialidad, como si se tratase de un estudio del paisaje y de los objetos, donde los personajes “forman parte” de esta escenografía que la guerra ha tramado previamente.

Su punto flaco, sin embargo,  es justamente lo que tiene García a su favor: la organicidad y mixtura metodológica al momento de abordar creativamente realidades sociales.

Iván Pinto Veas

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