Una segunda oportunidad (Susanne Bier, 2014)

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La danesa Susanne Bier se ha especializado en la confección de melodramas, siempre relativos a conflictos familiares y de pareja de clase media, muchas veces compartiendo la creación de la trama junto a un guionista habitual, Anders Thomas Jensen. La dupla ha trazado una línea contemporánea del género que adscribe la insularidad de grupos cerrados de individuos en conflictos que abren la puerta a unidades sociales que se encuentran más allá de sus hogares. Ya sea que el elemento que gatille el quiebre del aparente equilibrio intimo se halle afuera o adentro del círculo privado de los protagonistas, la exposición de los trapos sucios resulta en una sanción que incluye no tan solo a ellos, su entorno más cercano y las comunidades (laborales, institucionales, de clase) en las que habitan, también salta del espacio público de la ficción hacia los espectadores de cine. Sin ese surgimiento polémico del conflicto el melodrama redundaría en el puro exhibicionismo sin verdadero pathos. La curiosidad por el mal ajeno no se funda unívocamente en un incierto goce de ver a otros sufrir, es la cualidad del grado de distanciado involucramiento lo que nos mantiene atentos a la desgracia cuando no es la nuestra.

En el caso de Una segunda oportunidad la dupla Bier-Jensen desarrolla en forma comprimida la historia de una pareja padres de un bebé de pocas semanas enfrentada a un particular caso de substitución. Él es policía que junto a su compañero durante un rutinario caso de violencia doméstica se topan con una pareja joven de drogadictos que tienen un niño de la misma edad que el del policía. Pronto se estable un paralelo entre ambas parejas y sus hijos. La violencia física e irresponsabilidad de una hace eco en el tenue tensión de la otra, mientras en una la guagua parece sobrar en la otra la preocupación por su niño sirve de tapadera y excusa de una intimidad agotada, mientras que en el caso de los hijos uno, pese a todas las desatenciones que sufre, se mantiene fuerte, el otro, aparentemente bien cuidado y protegido, no para de llorar.

En un determinado momento el bebé de la pareja del policía muere a causa de lo que parece ser muerte súbita. La madre sucumbe de impotencia y desgarro emocional y el padre, ante una absurda y trágica súplica de su mujer, no tiene mejor idea que irrumpir en hogar de los yonkis, mientras duermen el sueño de la heroína, e intercambia los niños sin ser descubierto. De ahí en adelante cada pareja adoptará diferentes posiciones y dentro de ellas cada uno definirá distintos planes. De esta forma, las malas decisiones y los inevitables azarosos provocaran que todo vaya de mal en peor.

Pese a tener cuatro personajes con motivos fuertes, será el policía el escogido para conducir la historia. Muy pronto su fachada de chico bueno cae para dejar en evidencia su estupidez basada en buenas intenciones. Estas, sin embargo, obedecen a un fondo psicológico de mala conciencia y envidia. El rol policiaco asignado al personaje le muestra mecanizado, como si actuase sin pensar dos veces urgido por soluciones de todo o nada con un grado de irracionalidad temible. En su actuar se vislumbra una pregunta narcisista por “lo justo”, la que no se atreve a confesar: ¿cómo puede ser que unos malos padres puedan tener a su hijo, aun a costa de hacerlo sufrir, mientras el mío, tan querido, se muere?

Las locaciones invernales y frías, la oscuridad nocturna, los espacios cerrados, junto con el constante uso de primeros planos de los rostros dan el tono de la estrechez mental y conductual de los personajes. De vez en cuando se intercalan paisajes naturales sombríos de lagos y bosques como si en la moderna casa campestre del policía habitara un mayor siniestro que en el sucio y desordenado departamento citadino de la pareja drogadicta. Con esta clara equivalencia de la puesta en escena, la agilidad y concentración del montaje que no decae y las logradas actuaciones la película se salva de ser un bodrio inverosímil. Esto porque los giros de la trama resultan exagerados para la contención dramática que la película dispone en sus aspectos formales.

También resulta desafortunada la concreción del tramo final, luego del clímax. Aunque la idiotez del policía persista, y con ella cierto grado de condena respecto a él, la película, en su afán de contención, no deja espacio a la tremebunda expiación o al castigo fatal, dejando a cambio un sentido de incredulidad, alimentado, además, por la inverosimilitud narrativa a la que aludía antes. Así, la pregunta por la justicia queda opacada y el retrato de la estupidez y demencia de los individuos asimilados a la corrección y el bienestar social que consignaría a toda “familia bien constituida” opuesto al lugar común de la degradación moral de un hogar pauperizado y disfuncional no alcanza a establecerse como develamiento de imaginarios sociales prejuiciosos y no sobrepasa el límite de lo anecdótico. En la decisión de atenerse a lo que sucede con el policía en desmedro de los otros personajes la película les quita razones y hasta puede ser considerada misógina, aunque sin ser por ello una defensa de la misoginia. Pero una pormenorización de aristas en estos personajes habría, supongo, desarmado el carácter levemente inverosímil que sostiene a la película.

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Hacer de lo inverosímil algo plausible es uno de los grandes atributos que tiene el melodrama, pero en esta ocasión la dupla Bier-Jensen se quedaron cortos. Su relato de frustración paterna, abducción de hijos y personajes bienintencionados pero por lo bajo estúpidos me hizo recordar un filme de los hermanos Coen, claro está que se trata de una de sus comedias esperpénticas, por lo que sería abusivo compararla con Una segunda oportunidad. Sin embargo la rocambolesca Educando a Arizona le hace más justicia a las aprehensiones de la paternidad frustrada de aquellos que consideran sicopáticamente que tienen injustamente menos -o nada- que otros padres y deciden estúpidamente hacer algo sobre eso a costa de su sanidad mental ya de por sí alterada. En todo caso, solo por tratar de encontrar buen cine con los Coen siempre se va a la segura.

Alvaro García Mateluna

Nota comentarista 4/10. Título original: En Chance Til. Dirección: Susanne Bier. Guión: Anders Thomas Jensen. Fotografía: Johan Söderqvist. Reparto: Nikolaj Coster-Waldau, Ulrich Thomsen, Maria Bonnevie, Nikolaj Lie Kaas, Lykke May Andersen. País: Dinamarca. Año: 2014. Duración: 105 min.

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