Informe XII In-Edit Nescafé (2): Theory of Obscurity: A film about The Residents

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Resulta interesante, por no usar un adjetivo que oculte el cinismo, como impotencia o claudicación, tratar de entender un fenómeno musical y, por extensión, artístico como el de la banda -o mejor dicho, colectivo- estadounidense The Residents, desde el marco de su recepción en un festival de cine musical como In-Edit, por un lado; y por otro, desde la práctica extendida del documental sobre bandas y músicos que constituye un género en base a la codificación de estilemas repetitivos que ese tipo de películas ha circunscrito como propio. Para que nos vayamos entendiendo, me refiero a cierto abordaje del lenguaje cinematográfico del documental en lo que el clásico estudio de Bill Nichols La representación de la realidad, denomina documental de tipo expositivo. Basta atender al corpus del que un festival como In-Edit presenta en su programación para darse cuente que la mayoría de las películas obedecen a ese modelo. Las excepciones a este conjunto mayoritario resaltan y advierten sobre las tendencias que promueven dentro de la cultura global visual. A la larga nos habla de cierta institución del documental musical que atiende más a la presentación, la exposición, de artistas musicales para el consumo de la fan-base o el espectador diletante, que puede o no ser cinéfilo, al que se le ofrece de manera llana y directa un compendio en imágenes, archivo, entrevistas e ideas de lo que ya sabe o lo que necesita saber para comprender y manejar los fundamentos de artisticidad de tal o cual banda o músico. Aclaro que eso no parece ni bien o mal, así es cómo es y funciona como el gran marco al que sin embargo hay que atenerse. Una mirada tan global acerca del documental musical rebasa por mucho el objeto de este comentario sobre un filme en particular, pero me parece significativo a tener en cuenta cuando tratamos a The Residents.

El documental en sí se constituye en base a esos cuatro elementos (imágenes, archivo, entrevista e ideas) relatando cronológicamente la historia de la banda, estableciendo ciertos elementos para la comprensión de su exposición (dado que exponer también significa establecer y defender una tesis sobre el objeto tratado) y persuadir de una ganancia en conocimiento para el espectador. Todo esto lo cumple más o menos a cabalidad (salvo ciertos cambios temáticos abruptos que restan a la linealidad narrativa que supone la pureza del modelo empelado por el filme) iluminando la obscuridad que predica la banda. Este pequeño The Residents ilustrado, aclara, resume y expone los elementos básicos para comprender a la banda y alienta a escuchar sus grabaciones desde un sesgo de dominio informado. Esto es, tanto para el espectador que conoce su música y para los que no. Finalmente resulta de vitrina para la banda, tal como el festival es vitrina de lo más actual y novedoso en documental musical.

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Lo interesante, es decir, lo que intento exponer como punto de interés para reflexionar, es uno de los sentidos con que se puede manejar la artisticidad de la banda. Me refiero a su puesta en juego particular de la composición de la industria cultural. En otras palabras, la concepción de música y sus medios de producción, la creación y su recepción, su elaboración y distribución, su generación de sentido y las herramientas para leerlo. Todo eso forma parte de lo que cuenta el documental, ya que los Residents sirven de contra-ejemplo para entender la mecanización de la música (pop, rock) en el tramado de la industria cultural. Desde zonas más periféricas al centro de esta última, los Residents han desarrollado su carrera a contrapelo de la hegemonía de la industria musical pero entendiendo que en su propio trabajo no se presenta desde un afuera, o que no existe tal afuera. Como dijo alguien: don’t fight the media, become the media. Lo que el documental expone, pero no reflexiona, (con casi un siglo de atraso) es el dilema que enfrentaron las vanguardias artísticas en la época de la cultura de masas, es decir, la consumación de la modernidad del arte al ser absorbido por la cultura y su reelaboración dialéctica. Si primero esto sucedió en el eje de la alta cultura (las bellas artes), luego con el cine, también ocurrió con la música.

Acá mi tesis primordial es que en tanto exponentes de la forma vanguardística dentro de la industria cultural, dentro de esta ocurrió una pugna que fue -por un tiempo- resuelta a favor de movimientos surgidos del campo de cultivo de la contracultura. Así se definieron estándares relativos al objeto artístico que prontamente fueron traspasados, es decir, incorporados por la industria y la cultura. En ese sentido, la inclusión del patrón económico sobre el artístico significó otra forma de entender y consumir la música. Por poner un ejemplo, podemos prender la radio y pasar en su espectro de Abba a Zappa en una provocativa forma de montaje musical. A final de cuentas la ganancia está en el auditor. Pero cuidado, en un auditor atento y en constante formación. De ahí que mí tesis sea -por ponerlo en una imagen- de carácter horizontal y no vertical jerárquico. Si hay jerarquía eso lo impone cada uno, dentro de ciertos límites (subjetividad, condiciones de recepción, capacidad de análisis, entre otros).

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¿Qué tiene que ver esto con los Residents? Tal vez el que los conoce también conoce a los Beatles, eso es lo más seguro, pero no lo es tanto para el caso contrario. En definitiva, los Residents “no son para todos los públicos” y nunca pretendieron serlo. Suponen unos de los casos limítrofes del hábito de consumo de la música pop. Suponen que oír su música tiene de partida un nivel mayor de ruido en su apreciación y que ahí precisamente está su gran cometido. Suenan, a estas alturas, como el eco lejano de lo que la contracultura y la experimentación llegaron a ser, a la vez que, como toda vanguardia, también exportan ese eco desde el futuro posible para el presente y (nuevamente el adjetivo) exhibirlo. Desde la otra orilla, la de la industria, se los trata -como bien muestra el documental- con una mezcla de fría reverencia por lo que no entiende (el temor al Arte) y simplista ridiculización de eso que aprecia como “otro” (la soberbia de negarse a entender, fundado en ese mismo temor). Esto queda claro, por ejemplo, en una de las aristas que expone el documental, la necesidad de reducir la música a una imagen-fetiche, la imagen del músico como frontis del producto, la lógica del star system: el rostro en la caratula, la polera, la revista, etc. La subversión de este mecanismo exhibitivo mercantil por parte de la banda se haya en la perpetuación del ícono del hombre-ojo. Siempre igual, omnipresente y perpetuo, opera en la misma lógica, pero la da vuelta, del rostro del rock star que incansablemente se nos presenta por la industria para que lo consumamos con idolatría posando su pose para las fotos, siempre distinto, siempre igual, declarando que él es así o asá, según su “persona” o su estilo de música.

En cuanto a la propia música, los Residents ofrecen un ejemplo de cómo la experimentación utiliza como medio de creación la tecnología. También, por otro lado, su presentación -en vivo, en video musical- se rige en esos términos (primero fue el video, durante los ’70, profusión de video clips en los ’80 -como han demostrado sus dvds antológicos-, el cd-room en los ’90, puestas en escena teatrales durante toda su carrera), por lo que se les ha considerados avanzados en la experiencia de lo multimediático y los caminos posibles a seguir, o bien, continuados por otros artistas. Bajo esta perspectiva, los Residents son un deleite para el semiótico, pero por supuesto, eso no es todo, y es francamente insuficiente.

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Aunque el documental se encargue de dejar en claro que el índice verídico presentado deja espacio a la ambigüedad informativa, al presentarse como una versión de lo que puede ser la historia y la ausencia de los integrantes del grupo (pero sin embargo es posible que…estén ahí), se explicite o no tal ambigüedad siempre es una de las principales retos que presentan este tipo de filmes. Siempre queda mucho qué decir y presentar, siempre hay posibilidad de ahondar o alterar ciertas posturas o datos, siempre la memoria y sus perspectivas son frágiles, y a cambio queda la impronta de establecer un punto de vista claro y, en varios casos, la pretensión de hacer de ello una “versión oficial”, dispuesta para el dominio público a sabiendas de la eventualidad de otras versiones. Al final, el documental habrá cometido su labor, lo mismo que el festival In-Edit y, en el círculo más amplio, la industria -más allá de su éxito comercial inmediato-, una vez que el espectador vuelva sobre la banda o cuando se sumen nuevos auditores que aprecien a los Residents y a la autoridad del relato que el filme propone le agregue lo que pueda de su propia cosecha. Es entonces cuando se cumple, creo, la promesa de la democratización del arte. Los Residents nos proponen su obscuridad, nosotros tratamos de iluminarla un poco. Este documental es un medio más, entre otros, de hacer eso posible.

Álvaro García Mateluna

Título original: Theory of Obscurity: A film about The Residents. Dirección: Don Hardy Jr. Guión: Don Hardy Jr. Reparto: The Residents, Les Claypool, Matt Groening, Jim Knipfel, Jerry Casale, Chris Combs, Jerry Harrison, Penn Jillette, Gary Panter, Steve Seid, Jon Fishman. País: Estados Unidos. Año: 2015. Duración: 88 min.

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