En el corazón del mar (Ron Howard, 2015)

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Tanto como Zemeckis o Spielberg, Ron Howard mantiene su carrera en un carril similar, que se mueve gracias a una fórmula cuyos ingredientes son grandes despliegues de producción y guiones que le rinden culto a lo descomunal y a todo lo que se escape de nuestro control como espectadores de eso que no es real pero que luce como tal, volviéndonos blancos de emociones que son placenteras mientras dura la película. Sin embargo, su apellido aún sigue en proceso de convertirse en una firma fuerte, a diferencia del director de Tiburón, aunque, por otro lado, Howard cada vez más se va colocando a prueba, no obstante se aprecia en su proceder una obsesión por ser director de fórmulas concretas que aun así logra un resultado efectivo, desde retornos monetarios hasta breves emociones.

La película de turno puede confundir con su afiche. Podríamos estar ante una nueva adaptación de la novela Moby Dick de Herman Melville, o al menos eso se podría presuponer con el afiche, no obstante si se desconoce que está basada en una novela de no ficción de Nathaniel Philbrick titulada En el corazón del mar: La tragedia del ballenero Essex, resulta toda una sorpresa; especialmente viniendo de una industria que últimamente no ha escatimado en gastos a la hora de refreír películas o refreír textos antes adaptados (no olvidemos que John Huston dirigió la magistral adaptación de Moby Dick en 1956 con Gregory Peck como el delirante Capitán Ahab).

Herman Melville, como todo escritor, se mueve en base a sus obsesiones por dar forma a una historia que solo son trozos en su cabeza. Es egoísta como todo creador, por ello le ofrece todos sus ahorros al único sobreviviente de la tragedia del hundimiento del Essex, a cambio de que este le relate detalladamente los pormenores de la fatídica odisea. Tom Nickerson ya está viejo, agotado y psicológicamente traumatizado, pero accede a narrarle sus vivencias y cómo de un momento a otro una empresa decidida a volver a casa con aceite de ballena, terminó siendo despedazada por un cachalote blanco de gran tamaño. Melville sólo busca inspiración, pero sin querer termina por desentrañar los recuerdos más tortuosos de Nickerson, quien con lo vivido hace que la película pase de un filme de aventuras a un thriller de supervivencia muy oscuro, angustiante y atroz.

Al fin y al cabo, como es de esperarse, los resultados son terapéuticos para Nickerson, ya que el filme se construye gracias a sus confesiones y sus memorias, las cuales Melville utiliza como base y como inspiración (como bien deja en claro él mismo), por lo tanto aquí todos terminan ganando, pues todo termina materializándose en uno de los best sellers estadounidenses más connotados. Pero, claro, no es un filme donde lo medular sea la superación de los traumas, aquello es un valor añadido muy necesario para que la película nos dé un respiro luego de tanta tragedia, humanizando la figura del creador ensimismado y egoísta.

Lo realmente esencial es darnos a conocer la otra dimensión que se desprende de la novela de Melville como condicionante de su intencionalidad al escribir esa ficción cuyo carácter alegórico, e incluso un tanto misántropo, critica al hombre en cuanto a su egocentrismo por intentar “vengarse” de un animal. Es el hombre enfrentándose a lo insondable de la naturaleza. Ideas concretas más allá de su contexto.

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La película de Howard, supuestamente muestra los aspectos “realistas” y los anti-valores que inspiraron a Melville (la codicia, la venganza, el odio), cuestión que se logra casi por completo, salvo por un detalle que puede ser pasado por alto gracias a lo descomunal que es y a sus desproporciones evidentes. Poco después de despojar a los hombres de su barco, el gran cachalote regresa para “ultimar” al resto de la tripulación ilesa luego de “seguirlos” durante días (cito a uno de los personajes). Aquello es venganza, como la que Ahab comete en Moby Dick.

No sé si habrá sido el gusto por ver destrucción o por ver a un animal monstruoso ejerciéndola lo que motivó la inserción de aquella escena, pero debilita el postulado “realista”, debilita la reflexión de la novela resultante y debilita la fidelidad de la película consigo misma. Parece un detalle mínimo, pero aun así queda dando vueltas como una intromisión que genera un punto de quiebre en la idea que se teje y que Melville utiliza para criticar el accionar humano, convirtiéndose esa escena en una lucha entre la coherencia y el efectismo.

No obstante, convengamos que En el corazón del mar (conociendo ya su naturaleza y conociendo qué es lo que hace Howard con el cine) es una obra descomunal y que además da el ancho para escoger con qué nos quedamos a la hora de salir de la sala. Más allá de lo congruente que la película debiera ser con su propia idea las breves emociones están garantizadas, pues sus imágenes se imponen en este aspecto, cuestión que finalmente resulta placentera a pesar de ser transitoria.

Gonzalo Díaz

Nota comentarista: 6/10

Título original: In the Heart of the Sea. Dirección: Ron Howard. Guión: Charles Leavitt. Fotografía: Anthony Dod Mantle. Montaje: Daniel P. Hanley. Reparto: Chris Hemsworth, Benjamin Walker, Cillian Murphy, Brendan Gleeson, Ben Whishaw, Michelle Fairley. País: Estado Unidos. Año: 2015. Duración: 122 min.

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