La Recta Provincia (Raúl Ruiz, 2007)

Diabluras de Raúl Ruiz

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En los años 2000, Raoul Ruiz (1941-2011) volvió a ser Raúl Ruiz y filmó nuevamente en el país obras como la cinta Días de campo (2004) o, para la televisión, las series La recta provincia (2007) y Litoral (2008).

Durante este mes de febrero, la Cineteca nos presenta La recta provincia, compuesta originalmente por cuatro episodios que, según se explica, Raoul Ruiz ensambló y reestructuró en forma de largometraje antes de su muerte. La versión televisiva (de 50 minutos cada capítulo) y el largometraje (160 minutos) se diferencian por la eliminación de secuencias y personajes presentes en la primera, además de un posterior tratamiento en la postproducción de la imagen y el sonido. Según la Cineteca: “En 2015 esta cinta fue restaurada gracias a un equipo que lideró Valeria Sarmiento, la viuda de Ruiz. Además […] utilizó los recursos técnicos del laboratorio francés Mikross Image”. En suma, más que el estreno de una obra completamente nueva, es un nuevo corte y una restauración.

¿De qué nos habla La recta provincia? Si alguien pensó por el título que está ambientada en Chiloé y sus bosques lluviosos, que no se engañe: se trata de valles chilenos secos y polvorientos. Por “Recta Provincia”, Ruiz hace referencia a los diablos traviesos de los relatos de campo chilenos. Es un recorrido por ese mundo imaginario. Mientras que Días de campo se centra en la visión del patrón, en cambio La recta provincia da protagonismo y palabra a unos campesinos que fueron olvidados por sus patrones y están perdidos entre sus mitos. Presenciamos su aventura entre diablos en búsqueda de los huesos de un cristiano para darle sepultura. Estos campesinos son Rosalba (Bélgica Castro) y su hijo Paulino (Ignacio Agüero, más conocido por sus documentales). Nótese la huella de continuidad: ambos actores fueron también madre e hijo en Días de campo.

Así, la historia se amarra en la gran tradición del relato de viaje, de andanzas y encuentros. Madre e hijo, Quijote y Sancho. Van a pie y tan lento que pueden prestar oreja a cuantas historias se crucen. El hilo narrativo del viaje funciona como una cómoda con muchos cajones donde mezclar y confundir a gusto la colección de mitos que desea exponer Ruiz. Las historias se van entrelazando unas con otras, jugando con la confusión, como ya lo hiciera Ruiz en una cinta como Tres vidas y una sola muerte. Los relatos están tan mezclados que uno a veces olvida quién es el narrador, aunque es evidente que el director focalizó todos los relatos según su narrador. A través de esta acumulación de narraciones, La recta provincia se asemeja a un texto teórico de Ruiz, su Poética del cine: relumbra una profusión de brevísimas historias con una fuerte carga simbólica, que al mismo tiempo no son desarrolladas ni explicadas, y los símbolos quedan flotando en el aire como espasmos de magia sellados (a menos que se considere que la acumulación es un tipo de desarrollo). De hecho, La recta provincia se burla del frenesí narrativo, cuando una calavera cuenta una historia dentro de otra historia, a su vez dentro de otra historia, y concluye que no hay que jugar a la muñeca rusa. Cervantes formuló la misma pregunta dentro del Quijote.

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Al mismo tiempo, este frenesí narrativo es temperado por una deambulación ondulante de la cámara, un movimiento permanente (notorio en los diálogos) que revela espacios profundos y tridimensionales, nuevas luces y colores, u objetos ocultos por la cercanía del lente y que su retroceso muestra paulatinamente: una casa antigua, una mesa con su candelabro. Ruiz va rompiendo así la rigidez del ojo de vidrio sin necesidad de multiplicar los planos: logra mantener un ritmo tranquilo y centrado en los personajes que dialogan, pero revelando también la complejidad de un espacio que ya no parece un escenario completamente montado. Este simple recurso (la profundidad) le da a la obra una elegancia que a ratos pierde por su precariedad técnica. Recordamos la importancia de planificar bien las escenas y las maravillas del plano secuencia: una suma de imágenes sin cortes, con una ondulante continuidad, desde cierto punto de vista se asemeja más a la percepción continua y subjetiva de la conciencia.

A medida que avanza el relato, nos vemos rodeados cada vez más por diablos, y nos sumergimos en su universo de mitos y leyendas, descritos con elementos del campo (los diablos o ángeles hablan con sonidos de caballos y recitan décimas, por ejemplo, y cuando un diablo hace de las suyas se ríe y golpetea la mesa como si fuera un tormento). En ese sentido, el movimiento ambulatorio de cámara es tan continuo que genera cierto mareo, propio del ensueño y la irrealidad, elemento central del cine de Raoul Ruiz y motivo de La recta provincia. Según la tradición, los espíritus habitan los sueños. La conciencia mezcla ambos. Por ejemplo, Paulino quiere dormir dentro de su propio sueño, y luego se le aparece en la vida consciente una mujer que “preñó en sueños”. Es un estado en que parecemos cegados, y por lo mismo donde “ver más allá, ver aquello que no puede ser mostrado, y verlo no ya con los ojos, sino con el alma”, como dice Ruiz en su Poética del cine.

En La recta provincia, la llave a ese mundo es un hueso transformado en flauta, que funciona como leit motiv. Es un hueso de vaca según Paulino, de “cristiano” según su madre: a partir del hallazgo de este hueso se desencadena la trama, la búsqueda de todos los huesos de este cristiano. Paulino hace brotar música de sus cavidades. El hueso-flauta fue agujereado por un diablo cercano a Pan. Para subrayar su nexo con el mundo de los muertos, este sonido está sumergido en un efecto de reverberación kitsch. A ojos vistas, Paulino no toca de verdad: no hay ilusión y el actor se ve desconectado del personaje. En ese sentido, hay una serie de trucos propios de las películas de terror o cine B. Por ejemplo, cuando una vela es soplada, se escucha un ruido demoníaco. Una viuda que mata a todos sus prometidos vive en una casa de horror de cartón. Un trompo tiene boca y habla con un tono que recuerda a 31 Minutos. Imaginamos que Ruiz quiso homenajear al género B en esta cinta sobre diablos cucarros (le hizo una diablura al cine institucional). Al mismo tiempo, Ruiz pertenece al universo predigital y apostó por sus recursos artesanales: realizó una película sin efectos especiales de imagen y basó la fantasía en un audio muy intenso e informativo, en planos expresionistas y un guión sesudo e informado.

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El ambiente fantástico irrumpe desde el principio de la cinta, con los gritos de un ánima interpretada por Bélgica Castro. Le permite al espectador tomarse inmediatamente con humor las apariciones diabólicas. De hecho, al ver la película en una sala de cine se hace más evidente el chirrido cómico de la actriz –cuando el ánima pide aguardiente o se burla de Rosalba (“¡Vieja de mierda!”). La cinta reposa sobre el rostro impertérrito de Bélgica Castro. Es tan inamovible que resulta jocoso. Al mismo tiempo, este es el riesgo de la cinta. Recordemos a la calavera cervantina que teoriza sobre las historias dentro de las historias. La calavera concluye también que su historia no tiene importancia y triza el interés por la trama, que de pronto ya no va hacia ningún lugar porque uno comprende que a sus protagonistas todo les da igual. De hecho, al diablo no le gusta atacar: solo quiere hacer diabluras (se subentiende la tesis moral: la diablura no es una maldad caricatural). No hay conflicto: hay payasada. Ruiz se rebela contra la dictadura de la “teoría del conflicto central” –es decir, que todo relato debe regirse por un conflicto entre el protagonista y alguien o algo más, y que el espectador es cautivo de la trama a causa de ese conflicto. Por ejemplo, en Ce jour-là (2003), un loco considerado peligroso escapa de un asilo: la policía, en vez de perseguirlo, discute si pretender perseguirlo, o mejor pretender no hacer nada para perseguirlo, pero en ambos casos creyendo que es inútil actuar para resolver el conflicto latente que implica esta fuga. Asimismo, en La recta provincia no hay un conflicto real, salvo la vaga misión de reunir los huesos de un finado, y concluye con la idea que es mejor dejar las cosas como estaban.

La recta provincia es una obra compleja y ambiciosa, a ratos lograda y a ratos excesiva. Es admirable y misteriosa. Ahora bien, cabe preguntarse si al montarla como largometraje –pese a ya haber sido reestructurada y reducida por Ruiz al pensar su estreno en cine– no hubiese valido la pena acortar aún más ciertos pasajes. Pensamos que sí. La película es poco aconsejable para un espectador apurado. Por ejemplo, Ruiz incluyó una secuencia sobre la pérdida de la memoria, que quizá funcione mejor por escrito que como diálogo de filosofía fuera de contexto.

Concluyamos con otra pregunta. Si muchos directores (como Fellini) desconfían de la televisión, que ven como una pequeña y limitante caja, más adaptada para espectáculos vacíos que el arte, ¿con este producto de televisión metamorfoseado en cine no nos estarán pasando gato por libre? Pensamos que no: la cinta de Ruiz funciona bien en la pantalla grande –gracias, por ejemplo, a su variedad de planos generales. Ruiz no deja de ser cineasta por incursionar en la televisión.

Juan Pablo Pizarro

Nota comentarista: 8/10

Título: La Recta Provincia. Dirección: Raúl Ruiz. Guión: Raúl Ruiz. Fotografía: Inti Briones. Montaje: Valeria Sarmiento. Música: Jorge Arriagada. Reparto: Bélgica Castro, Ignacio Agüero, Chamila Rodríguez, Francisco Reyes, Alejandro Trejo. País: Chile. Año: 2007. Duración: 160 min.

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