Gringo Rojo (Miguel Ángel Vidaurre, 2016) 1/2

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El director Miguel Ángel Vidaurre ha devenido en un realizador que mezcla características del cine ensayo, cine documental clásico y cine de montaje de archivo, algo que ya experimentó en su anterior documental Marker ’72, donde trataba de hacer una crónica apócrifa, imposible de ratificar, de la venida de Chris Marker a Chile el año 1972, una cinta que se basa en los testimonios de un grupo de gente que convivió con él en su momento, pero que al mismo tiempo no podían confirmar su función durante uno de los años más políticamente movidos de la historia de este país. Menciono la película porque resulta fácil recordarla y compararla con este nuevo largometraje documental, que también habla de una figura internacional y de su relación con nuestro país durante los años políticamente más turbulentos del siglo pasado, pero esta vez el director tiene más material con el cual trabajar.
Explorar la figura de Dean Reed, un cantante de folk menor dentro del canon estadounidense del género, resulta mucho más fácil, atractivo y atrayente para el espectador común, ya que se trata de un personaje que vive de la performance de su voz, su cuerpo, su actuar y sus palabras, por ende el archivo es más entretenido, si es que se puede usar esa palabra, ya que el documental mezcla entrevistas, actuaciones y extractos de películas en las cuales actuó. Resulta curioso cómo Vidaurre se acerca al clásico documental estilo biopic que se ha vuelto tan popular en círculos como el de In-Edit, al mismo tiempo que se distancia de ella al tomar una postura más académica, de cine ensayo, extrañando el archivo, uniéndolo al siguiente artefacto visual sin mucha explicación más que el corte mismo, con la ligación de una voz en off (en ocasiones tal vez demasiado) performática y las breves pero interesantes entrevistas talking head, aunque sin la búsqueda de una línea narrativa, sino simplemente como pura acumulación de anécdotas e imágenes bizarras.

Porque, claramente, resulta a la vez interesante y aberrante pensar en un cantante norteamericano que no sólo se sintió comprometido políticamente como para viajar por América Latina, encontrándose con una realidad que lo volvió personaje importante vinculado a la izquierda a nivel mundial, sino que además esa misma postura lo vuelve al mismo tiempo un avatar poderoso para uso propagandístico por Rusia y un símbolo kitsch de un izquierdismo culposo relacionado con una posición de privilegio. Es desde ahí que se posiciona Dean Reed, él mismo se entiende como un personaje poco importante dentro de una lucha que se vive a nivel mundial.

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Algo que se agradece de la cinta es cómo logra formar un retrato completamente amable y atractivo de Reed, ya que quiere darle una mirada positiva a su afluencia a Chile, pero al mismo tiempo su propia humildad, que exuda en las entrevistas grabadas en diversos países, así como en su interpretación actoral en la cinta que él mismo dirigió El cantor donde iinterpreta a Víctor Jara (aunque nunca es nombrado como tal) desde los últimos meses del gobierno de Allende hasta su muerte en una especie de Estadio Nacional. Vidaurre evita cortar desde el filme, añade extractos de entrevistas, sobre todo las que evidencian la sinceridad y al mismo tiempo el enorme elemento camp que cubre una película que se define desde su compromiso político, debido a su financiamiento y a la ideología de Dean Reed. Sin embargo, pese a lo interesante que es, en concepto, la película, Vidaurre sólo se fija en los elementos que la vuelven una biografía encubierta de Jara y poco más.
Es claro que Vidaurre no busca hacer una película sobre la vida de Dean Reed, tal como no pretendía hacer una película sobre la vida y carrera de Chris Marker con su anterior largometraje, sino hacer una crónica de toda la relación posible que pudieron tener ambos personajes con nuestro país. En el caso de Reed resulta mucho más interesante debido a la mayor cantidad de material de archivo, algo que la cinta sobre Marker trataba de salvaguardar abusando de la calidad secreta de la vida del director, tanto respecto a su imagen como respecto a sus relaciones; pero al mismo tiempo Gringo rojo acaba siendo casi tan intrascendente como la anterior. Reed como cantante, como director de cine, como activista, como hombre de familia son algunos de los aspectos apenas mencionados de su figura que resultan fascinantes, pero estos son revisados por encima para, en cambio, dar mayor espacio a performances completas con el artista presentando canciones que tienen relación, de una forma u otra, con Chile. Reducir la vida de un personaje que podría sostener una película por sí mismo a lo que le pasó en nuestro país se asemeja a cuando celebramos que en una película extranjera mencionan el vino chileno: nos miramos unos a otros, apuntamos la pantalla, decimos “¿te diste cuenta de lo que dijeron?” y luego damos un pequeño chillido. Hora y media de mirarnos, apuntar la pantalla y preguntar lo mismo, cansa.
Jaime Grijalba
Nota comentarista: 6,5/10
Título: Gringo Rojo. Dirección: Miguel Ángel Vidaurre. Guión: Miguel Ángel Vidaurre. Fotografía: Vicente Mayo, Tomás Yovane. Montaje: Paulina Obando. Sonido: Felipe Vásquez. Narración: Pablo Dintrans. País: Chile. Año: 2016. Duración: 70 minutos.

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