Viejos amores (Gloria Laso, 2016)

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La actriz Gloria Laso debutó en la dirección con el documental Buschmann, comunista con el favor de dios (2015), donde rescataba el lado íntimo de un personaje asociado a la lucha contra la dictadura. En su segunda obra la directora reincide con un trabajo de memoria y aborda el retrato de siete consumadas actrices de teatro, televisión y cine nacional ya bastante mayores, todas pertenecientes a una generación anterior a la de ella, recuperando el relato de vida en conjunción con su denominador público de ser figuras en cierto punto mediáticas.

El documental se extiende por el testimonio en primera persona de las actrices en formato entrevista, ordenado cronológicamente y mediante montaje paralelo, con cada una de ellas relatando su experiencia en relación a ciertos hitos vitales. De esta manera van repasando y reflexionando principalmente sobre su lugar de origen, su infancia, la decisión de dedicarse a la actuación, los años de formación teatral, las relaciones de pareja, el matrimonio, el golpe de estado, la madurez. La cercanía entre la directora y sus entrevistadas se percibe a lo largo de todo el metraje ya que, pese a encontrarse fuera del encuandre, se oye su voz haciendo comentarios y preguntas, otorgando así un toque conversacional a los planos fijos que sostienen la mayor parte del documental.

El recurso se siente pesado a medida que va pasando el tiempo (poco más de hora y media), al depender solo del contenido y énfasis de lo que las siete mujeres relatan. Los momentos en que cambia la locación, siempre en los hogares de las entrevistadas, o cuando irrumpe alguna voz o presencia que no sea la de la actriz y la directora, surgen indicios que el documental pudo haberse planteado con una estrategia diferente de puesta en escena. La intimidad rescatada poco se vislumbra a partir de los hogares, el espacio cotidiano presente desde donde estas actrices cuentan sus vidas. La única ilustración visual aparece con bastante sobriedad en las fotografías de álbum familiar que van puntuando de vez en cuando los relatos personales.

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Con todo, se va desplegando el interés por ciertos momentos en los cuales se puede apreciar las diferencias entre las historias de vidas. Por ejemplo: frente a una Bélgica Castro comedida, una Gabriela Hernández aventurera parece bastante más interesante; la posición social de Delfina Guzmán le otorga una confianza que contrasta con las inseguridades de Nelly Meruane. De pronto se abren a momentos que permiten reconocer intensidades en la persona que tienen que ver con lo biográfico rememorado, y que traslucen algo más que lo simplemente relatado. Las dificultades y aprensiones de Gloria Münchmeyer resultan bastante significativas en este sentido.

El montaje paralelo y los relatos también van armando correspondencias temáticas, como ciertos atisbos de imaginario social femenino que estas mujeres desafiaron o reapropiaron para sus vidas: la elección de una profesión artística en tiempos que era mal mirada en el ámbito familiar; la relación con los hombres, algunas veces problemática, y la política. Este último punto se hace notorio con la inclusión de la pregunta por el golpe de estado del 73, demostrando su compromiso como mujeres de izquierda. Ese es el único momento en que el documental intenta una metáfora visual al moverse alrededor de un reloj, implicando un corte en las narraciones vitales y relacionándolo con la significancia del “peso del tiempo”.

Viejos amores termina por establecer empatía al dejar que sean las actrices las que lleven el peso y presentarse con bastante humildad, quedando implícito, pero fuera de cuadro, el reconocimiento que el espectador pueda tener -o no- de ellas. Porque no pretende hacer un recorrido biográfico laboral (“las grandes actuaciones”, “los personajes inolvidables”) o de cotilleo sensacionalista (“la copucha”, “el pelambre” artístico). El recorte que realiza Laso descansa en la afabilidad y amistad con el riesgo de no ahondar en sus entrevistadas. Más allá de entender que el corpus de las siete actrices corresponde a una selección que da cuenta de una generación destacada e importante para el desarrollo, principalmente, del campo teatral nacional, por natural disimilitud no todas tienen el mismo nivel de interés.

La elección estética -sea intencional o no- de no incluir archivo -salvo las fotografías- de otorgarle mayor preponderancia a la entrevista y al encuadre cerrado resguarda al documental de haber tomado un sesgo que traspasara la intimidad de estas actrices en su propia voz. El filme construye así cierto puritanismo respecto a la imagen como desmesura, justamente de parte de una actriz que registra a unas colegas al momento en que no están en las tablas, opción que hace hincapié en el rostro y la voz, es decir, a la cercanía respetuosa en definitiva. Lástima que tal opción sea tan restrictiva y excluyente, el cine tiene otras formas de componer la intimidad sin por ello caer en el exhibicionismo o la mala fe. Viejos amores es un recorrido sentimental que a nivel de lenguaje cinematográfico resulta ser demasiado racional.

Álvaro García Mateluna

Nota comentarista: 6/10

Título: Viejos Amores. Dirección: Gloria Laso. Fotografía: Juan Pablo Cofré. Montaje: Nicolás Venegas. Sonido: Andrea Arismendi. Reparto: Bélgica Castro, Carmen Barros, Delfina Guzmán, Gloria Münchmeyer, Nelly Meruane, Liliana Ross, Gabriela Hernández. País: Chile. Año: 2016. Duración: 95 min.

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