Informe XVII Bafici: El frío misterio

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Algo pasa con el BAFICI. Algo pasa con Buenos Aires. Algo pasa con Argentina. Sé que este no es el espacio para declamaciones políticas que estén alejadas del aspecto audiovisual, pero me parece importante empezar con una sensación absolutamente estomacal, de alguien que no conoce Argentina más allá de las semanas que ha pasado en los hasta ahora tres festivales que he asistido. No diré que la gente era feliz antes, ni menos empezaré a decir que todo estaba bien, pero el ambiente (sobre todo comparándolo con lo que se vivió el 2015), es completamente diferente: la gente estaba apagada, las salas se llenaban apenas, todo parecía más gris, la experiencia festival de la gente era casi deprimente, cuando al salir de las películas no se hablaba mucho de lo visto, sino de lo que les pasaba en las casas, de lo que sufrían, de los trabajos perdidos, de la falta de dinero, los cobros excesivos…

Argentina es y siempre será para mí un misterio, pero en este viaje se transformó en un frío misterio, el cual permeó mi visionado de cintas. Decidí, de manera violenta y valiente, alejarme de las películas de las competencias (salvo algunas excepciones), y aunque aún tengo ganas de ver las cintas ganadoras de las competencias internacional y argentina, siento que me evité muchos malos ratos. Tampoco pude ver todo lo que quería, ya que me dediqué a estar con gente que conocí, tanto en el Talents Berlinale (única razón por la que fui al festival), como los del mundillo cinéfilo online con el que uno cree haber hecho buenas migas. Así que, después de todo esto, les dejo las tres cosas más importantes que vi en la XVIII edición del BAFICI.

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Reposiciones

Llámenlo sección “clásicos”, “homenajes”, lo que sea, pero siempre una de las experiencias que no puede faltar es ver una película “vieja” en un festival, sobre todo uno del calibre del de Buenos Aires. Mi ausencia en la competencia me dejó el tiempo suficiente para experimentar las mejores experiencias que tuve en los más de 10 días que estuve caminando por la ciudad. Ver una copia en 35mm Combat d’amour en songe (2000) de Raúl Ruiz fue un regalo del cielo, ya que se puede transformar rápidamente en mi cinta favorita del director chileno, combinando entre ocho y diez historias diferentes, interpretadas por los mismos actores, y sometiéndolas a ejercicios de variación y combinatoria sucesiva, una suerte de ejemplificación visual de todos los ejercicios mentales y narrativos expuestos en su libro Poética del cine. La recuperación de Apenas un delincuente (1949, Hugo Fregonese) se sintió similar: este noir argentino que combina la moralidad de la época con un preciso uso de la economía de imagen, típica de los directores norteamericanos de cine B que tenían que hacer cintas en locaciones reales no por una necesidad de realismo, sino porque era mucho más barato que usar tiempo en los estudios, tiene valor en cuanto es una cinta de cine negro clase B hecha en los años 40 en Argentina, una curiosidad de Fregonese que ahora estará más accesible. Por otro lado, y para mayor abundancia, mi pièce de résistance de todas las cintas “viejas” que fueron mostradas fue el doblete dirigido por King Hu, Dragon Inn (1967) y A Touch of Zen (1971), sobre los que escribí con extensión dentro de mi cobertura para el sitio Otros Cines por ser parte del Talents Press, se puede revisar acá: http://www.otroscines.com/nota?idnota=10890

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Nobuhiro Yamashita

Dejé la mejor película que vi en el festival fuera de la sección de reposiciones, pese a ser una reposición, ya que la puedo unir a la nueva cinta de su director, el japonés Nobuhiro Yamashita, que también se dio en el festival, y comparten tantos elementos, que creo sería una tontera separarlas. Linda Linda Linda (2005) es la mejor película que vi en el festival porque ninguna otra me hizo sentir tanta felicidad después de salir del cine. Estaba el suelo mojado, el cielo nublado, pero mi corazón cantaba la canción principal que este grupo de chicas colegialas japonesas ensayaron sin fin hasta llegar a tal nivel de agotamiento emocional y físico, que la liberación del final se siente como propia, como si uno estuviera soltando todas las amarras que lo aprisionan, una sensación de que nada más importa que la expresión absoluta de la manera que más feliz te haga. La La La at Rock Bottom (2015), del mismo director, sigue una estructura similar, pero en otro contexto, y por ende tiende a ser más lenta y menos efectiva, pero no por eso no me provocó la misma sensación de que expresar los sentimientos es lo más sano que existe, no importando la manera que sea. En este caso, en un contexto con más violencia, donde un ex criminal pierde la memoria cuando es liberado de la cárcel y es acogido por una banda de ska-pop japonés que lo ocupa como cantante principal, debido a su inusual talento. Ambas cintas comparten una estructura de acogida, por un lado la estudiante de intercambio coreana que debe aprender a cantar en japonés, entendiendo que la amistad va más allá de todo lo que ella ha aprendido hasta ahora; y, por otro lado, este dañado y traumado personaje, que debe entender que dejar todo atrás y cambiar de vida es la única forma que tiene para obtener la felicidad. Verlas juntas fue la gloria.

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Dos documentales

Dos aproximaciones completamente diferentes, de lugares antípodas, con resultados disímiles, pero igualmente entre lo más interesante y mejor del festival, formaron parte de la Competencia de Vanguardia y Género, quizás la única competencia del BAFICI que contiene filmes de interés constante a lo largo de toda su selección. Si alguna de las películas elegidas no gusta, al menos contiene uno o dos elementos interesantes que dan algo que decir o contar, pero en este caso fue mucho más que eso. Primero, la ganadora de la competencia, Standby for Tape Back-Up (Ross Sutherland, 2015), que usa el formato VHS para hacer una historia oral y visual de lo que fue crecer con esa materialidad, donde el director/protagonista sólo nos muestra la pantalla del televisor que reproduce una cinta, la cual retrocede, avanza, al ritmo de los recuerdos, partiendo con el clásico experimento de combinar El Mago de Oz con Dark Side of the Moon de Pink Floyd, para luego ir, musicalmente, relatando la historia de su vida, sus depresiones y la relación con su abuelo. Dura una hora y es tremendamente emotiva, experimental y novedosa, un filme que no creo tenga ningún tipo de distribución, ya sea online o en cines, debido a la enorme cantidad de material de terceros que ocupa sin permiso. Segundo, Le moulin (Huang Ya-Li, 2015), un documental de más de dos horas y media que hace una crónica de los poetas taiwaneses durante la ocupación japonesa. Prohibidos e impedidos de escribir en su lengua, encuentran la forma, a través de revistas literarias, publicaciones, panfletos y otros medios para expresarse de la manera más pura. Poética a niveles impresionantes, con un fetichismo absoluto por el archivo físico, los libros, las revistas, los papeles que manos anónimas manipulan y hojean para nosotros… Creo que nunca había sentido tan cerca la textura de las cosas que se muestran en un documental, el cariño y las recreaciones, el uso de las narraciones y las actuaciones, todo hace un retrato absoluto y completo de la época, pero que no resulta seco ni aburrido, sino mas bien sensual, como si Wong Kar Wai hubiera dirigido un documental observacional.

Otras películas que destaco: la de apertura, Le fils de Joseph (Eugéne Green, 2016); la película en Competencia Internacional, Hedi (Mohamed Ben Attia, 2016); el western de terror, ganador también en la competencia Vanguardia y Género, Bone Tomahawk (S. Craig Zahler, 2015); la sorpresa que fue Garoto (Julio Bressane, 2015) y la calma experimental de Maria do Mar (Joao Rosas, 2015).

Jaime Grijalba

 

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