Mi gran noche: Una puesta en escena vacía

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Se dice que el origen la palabra barroco proviene de la denominación que solían darle los portugueses a las perlas que tenían algún tipo de deformidad. Sin embargo, nuestra acepción más próxima con la palabra está en el “estilo barroco”, corriente artística en la que predominan los pliegues, las curvas, la carne y el claroscuro; donde el exceso y lo grotesco se convierten en una virtud para el artista, quien plasma en su obra cuanto recurso ornamental le parezca mejor para palear su horror al vacío y construir una puesta escena que, por medio de lo sensorial, transmita un mensaje religioso.

Mi gran noche se inscribe en la tradición barroca contemporánea que ha cultivado el director español Álex de la Iglesia en parte de su filmografía. La película, en un relato coral, cuenta la historia de lo que sucede en un set televisivo cuando, en pleno octubre, se está grabando el especial de año nuevo. Del plató nadie puede salir –lo que recuerda a El ángel exterminador (1962) del también español Luis Buñuel– porque fuera del estudio hay una revuelta con tintes apocalípticos de los ex empleados del canal, quienes se quejan de malas prácticas laborales, y porque el productor ejecutivo está obsesionado con terminar la grabación esa noche.

Así, entre los personajes que se cruzan en el mismo set, nos encontramos con Alphonso -seguramente en la mejor interpretación de Raphael durante su carrera-, un cantante venido a menos, egoísta y egocéntrico, que quiere utilizar el estelar para recuperar su fama; Adanne (Mario Casas), una suerte de David Bisbal mezclado con Chayanne, quien en la cúspide del estrellato no puede controlar sus instintos sexuales; o José (Pepón Nieto) -el último personaje en integrarse al set- que, al enamorarse de una de las chicas del elenco, se encuentra en la disyuntiva de entregarse a sus sentimientos o seguir siendo un “figurante de su propia vida”, como bien dice él mismo.

Sin embargo, no todas las tramas logran ser igual de interesantes o estar bien desarrolladas, y es que en el ejercicio de la sobrecarga el director no logra hacerse cargo de la abundancia: algunas historias, más que unirse a la narración de manera orgánica o fluida, se sienten parte de un pastiche y de un horror vacui que no termina de justificarse a sí mismo. A ratos dan ganas de volver a ciertos relatos mientras estamos viendo otros. Por ejemplo, siempre funciona el triángulo entre Aphonso, su hijo adoptivo y Óscar, el fanático más grande del cantante; pero no pasa lo mismo con las gruppies de Adanne o con la pareja de animadores.

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En esta misma línea, el montaje no siempre consigue llevarle el ritmo a la película ni a lo que sucede, éste funciona más bien cuando sorprende y nos saca de contexto construyendo momentos hilarantes y cómicos -como el primer accidente dentro del set o aquella pistola que cae del bolsillo de Óscar-, pero, al mismo tiempo, se pierde al volverse sobrecarga informativa o, en su defecto, cuando no se está diciendo nada y solo se muestra algo por el mero placer de sumar elementos a la puesta en escena. Es en tal instancia en que parece que el director abandona su devoción por lo barroco y se pierde el punto de vista de una propuesta que, más allá de sus exageraciones o no, es respetable cuando logra hacerse cargo de lo que plantea.

Aun así, y pese a los problemas narrativos que encontramos en el relato, la película no deja de ser interesante si la observamos desde uno de los principios básicos del barroco: la puesta en escena. En la fiesta todo es falso: las relaciones entre los extras, la comida, la bebida, las risas y, por supuesto, ni siquiera es año nuevo. Es una gran puesta en cuadro donde todo lo que se construye está en pos de mensaje artificial que se transmite de manera sensual, apelando exclusivamente a los sentidos. La exuberancia de este mundo lo vuelve grotesco, y lo que se presenta como lo bello es en realidad una perla deforme.

El cuestionamiento, no obstante, aparece cuando este ejercicio barroco se torna vacío, y por lo tanto, carente de motivos. En ese punto vale la pena preguntarse qué sentido tiene el relato, por qué vale la pena ver una película como esta, ya que no aporta a la búsqueda de un director que hace tiempo parece haber extraviado la pista de sus mejores relatos. Sin embargo hay algo que no debemos olvidar: Alex de Ia Iglesia nos transporta al interior del mundo televisivo que es en esencia lo vacío por excelencia, lo fugaz y lo atiborrado que en su súper-abundancia nos hace creer que estamos viendo todo, pero que realmente no permite distinguir nada. En ese punto Mi gran noche logra a acoplarse a la estética que construye y su puesta escena no es tan solo lo que se presenta, sino también lo representado en diálogo con un (tras)fondo.

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Mi gran noche está lejos de ser una gran película, las risas que provoca son irregulares, la saturación de elementos visuales y narrativos se vuelve agotadora -a ratos sin un propósito justificado-, pero aún así existe en ella un ejercicio de puesta en cuadro donde lo que nos muestra es un espejo reflejando otro reflejo. Es en esa acción que el film no solo saca una que otra sonrisa, sino que también invita a la reflexión y al cuestionamiento de un mensaje que va más allá de una articulación estética por el mero goce de esta en sí misma.

María Luisa Furche Rossé

Nota comentarista: 7/10

Título original: Mi gran noche. Dirección: Álex de la Iglesia. Guión: Álex de la Iglesia, Jorge Guerricaechevarría. Fotografía: Ángel Amorós. Reparto: Raphael, Mario Casas, Pepón Nieto, Blanca Suárez, Carlos Areces, Luis Callejo, Carmen Machi, Jaime Ordóñez, Santiago Segura, Enrique Villén, Hugo Silva, Carolina Bang, Terele Pávez, Carmen Ruiz, Marta Guerras. País: España. Año: 2015. Duración: 100 min.

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