Adiós al lenguaje (3): El perro negro

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Fui a ver la última película de Jean-Luc Godard al Centro Arte Alameda con alguien que nunca había visto una película del director. Cierto, no la mejor introducción, pero me interesaba saber la opinión y reacción de alguien completamente ajeno al sistema de imágenes que el realizador ha estado acumulando a lo largo de las décadas, ¿cómo se ve una película como Adiós al lenguaje ante unos ojos, digamos, más vírgenes?

A la salida de la película, cruzamos al frente a servirnos algo en la Fuente Alemana, yo pedí un churrasco italiano y la otra persona un lomito italiano. Dijo que quería hablar de la película urgentemente antes de que se le olvidara lo que había visto. Lo primero que me contó es que le perturbó mucho, sobre todo en cuanto a lo que es el audio, que encontró francamente abominable al cambiar constantemente los niveles, llegando a ser ensordecedor en unos puntos y casi silencioso en otros. En resumen, su primera impresión es que “le cargó”.

Ahora, antes de saltar a la yugular de esta persona, por una razón u otra, es necesario aclarar que no se trata de alguien que simplemente descarte cualquier tipo de aproximación experimental en el cine, sino que sintió, al menos cuando nos sentamos a esperar que nos sirvieran nuestros sándwiches, que dicha experimentación estaba realizada con el fin de provocar una reacción dañina. Es similar a mi reacción con otro tipo de cine experimental, por ejemplo, la razón por la cual no puedo ver el valor más allá del histórico en algo como Wavelength de Snow, ya que la combinación de la calidad de imagen y la banda sonora me provoca dolores de cabeza.

Es claro también pensar que no toda experimentación formal (tanto visual como auditiva) va a resultar exitosa, es decir, está en el nombre mismo: experimental. El cineasta expresa su mensaje (sensorial, político, estético) a través de una serie de estímulos que tratan de obtener un resultado en la imagen, el montaje, el sonido y, casi por consecuencia, en el espectador. El efecto que produce dirá si tal o cual experimentación resulta lo suficientemente exitosa como para avanzar las capacidades visuales del audiovisual, lo cual creo es, finalmente, una de las finalidades absolutas de este cine.

Aunque no creo poder clasificar de manera absoluta esta última película de Godard como parte del cine experimental, sí creo poder decir con seguridad que hay cierta calidad de imagen y cierto juego con el sonido (que se vuelve tan 3D como la imagen) que es algo que nunca he visto. Quizás el punto más sorprendente será completamente imposible de sentir para quienes vean la película en el Centro Arte Alameda: la imagen en 3D se divide en dos, provocando una disonancia en los ojos, algo que en su proyección en Valdivia me provocó dolor de cabeza, pero uno agradable, al ser testigo de algo absolutamente radical en su propuesta.

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Pero vuelvo a la persona con la que vi la película. Luego de explicarle que se trataba de un cineasta de más de ochenta años (“se notaba, claramente no se trataba de un pendejo leseando, era alguien que sabía lo que hacía”) y que la imagen en 3D causaba ciertos efectos especiales (“me habría gustado verla en 3D”), creo que la convencí de que pese a cargarle, la encontrara al menos medianamente interesante. Le manifesté mi opinión, la cual seguía siendo la misma que tuve al salir de verla hace casi dos años, que nos encontrábamos ante un corpus de citas sin atribuir, proyectadas por imágenes y por la voz de los avatares que pululan los planos.

Y es en la forma de presentar el conocimiento que de alguna manera articula la tesis de la película, sobre la muerte del lenguaje como forma precisa de la manifestación de los sentimientos y el conocimiento, donde la persona con la que fui a ver la película más se sintió identificada. Como tiene déficit atencional, vio su mente reflejada en el montaje acelerado y entrecortado de voces, imágenes, apariciones, bruscos cambios de tema, cortes a media frase… y la aparición de un perro, que parece que poco a poco trata de poner en orden lo que se quiere decir.

Espero no se moleste la persona con la que vi la película cuando cuente esto, pero me resulta fundamental. Siempre que a esta persona se le cruza una idea por la cabeza y la dice, olvidando justamente lo que estaba diciendo antes de eso, explica: “se me cruzó un perro”. Un perro negro. Como el perro de Godard que pulula en la naturaleza durante buena parte de su aparición, un perro que viene acompañado de una voz que busca rescatar lo más importante de lo dicho hasta el momento, el cual se mantiene puro ya que carece de lenguaje, es en su animalidad donde se convierte en el ser más sabio de la cinta, ya que lo conoce todo pero no necesita ni se ve obligado a comunicarlo. Tal como el perro negro de la persona con la que vi la película se cruza en su mente y la obliga a decir cosas que tal vez en su momento son importantes, tal vez más importantes que lo que estaba hablando, pero que ni esta persona misma sabe.

Jaime Grijalba

Nota comentarista: 9/10

Título: Adiós al lenguaje. Título original: Adieu au langage. Dirección: Jean-Luc Godard. Guión: Jean-Luc Godard. Fotografía: Fabrice Aragno. Montaje: Jean-Luc Godard. Reparto: Héloise Godet, Zoé Bruneau, Kamel Abdelli, Richard Chevalier, Jessica Erickson, Alexandre Païta, Dimitri Basil. País: Suiza. Año: 2014. Duración: 70 min.

 

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