El final del día: Lejos de la espectacularización

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El final del día sigue al pueblo de Quillagua durante el comentado y actualmente apenas recordado 21 de Diciembre de 2012, o el día del fin del mundo de acuerdo al calendario Maya. La película de Peter McPhee nos informa a través de archivos de radio del contexto en que nos situamos, y salta de casa en casa para mostrar las reacciones del pueblo frente al catastrófico anuncio radial. Pero este clásico montaje de cinta apocalíptica no tiene el mismo efecto que en las ficciones Hollywoodenses en las que se ha utilizado reiteradamente. En este caso los pobladores, al no tener tele, escuchan la radio y el anuncio del fin del mundo funciona como compañía sonora de unos habitantes que no detienen su labor cotidiana ante éste. El final del día es una película llena de contrastes, y su mayor reflexión proviene de la constante sugerencia respecto a la diferencia entre Quillagua y el mundo exterior. La imitación de los filmes sobre el fin de la civilización adquiere un carácter extraño en un pueblo al que, como en la canción de Los Redondos, “el futuro llegó hace rato”.

El 2012 como fin del mundo nos llegó a la mayoría como un hecho mediático tratado como entretenimiento, como espectáculo, y McPhee constantemente hace referencia a la forma en que distintos medios trataron el hecho. Escuchamos constantes anuncios de radio o voces televisivas que reflexionan en torno al fin del mundo mientras las imágenes muestran un árido pueblo. Vemos a los habitantes de Quillagua obligados a transportar constantemente galones de agua debido a que, como sabremos más adelante en la cinta, su río está contaminado. Es acá donde se plantea otro contraste interesante entre narración sonora y visual. Mientras que el eje argumental, guiado por las voces en off, se cuestiona cómo sería vivir en un mundo sin celulares o donde haya que arrastrar el agua por la escasez, las imágenes nos colocan en un pueblo que ya está instalado en tal pesadilla televisiva.

El fin del mundo aparece siempre construido desde un afuera, tal como en las súper-producciones mainstream (2012 de Roland Emmerich), los mensajes de radio corresponden a una concepción espectacular que no mantiene mucha relación con las formas de vida que vemos en el documental. El fin del mundo en el pueblo de Quillagua no es recibido como en los medios de comunicación, ya que lo que estos describen como un post-apocalipsis es su diario vivir. En una notable escena el lenguaje juvenil de los conductores de una radio es montado junto al trabajo de dos ancianas, las que, sin decir muchas palabras, dan a entender cómo desde la jerga es posible denotar el exterior como un mundo aparte.

El contacto directo con los habitantes abre la reflexión a lo que se podría considerar la principal denuncia de la obra. Sin embargo, este contacto no es aleccionador ni se acerca en ningún momento a la prédica que suponen algunos documentales de denuncia. McPhee plantea un diálogo abierto con los habitantes, que nos lleva a reflexionar acerca de lo que significa el proceder humano en el momento terminal de un pueblo, pero dando un espacio holgado a sus actos cotidianos. En El final del día múltiples entrevistas parecen “desviarnos” del tema, y es que no todos los habitantes parecen tomarse tan en serio el anuncio. Su preocupación se centra más bien en los jóvenes que emigran del pueblo apenas pueden, y en la evidencia de una comunidad que va disminuyendo cada año. Lo convencional de las entrevistas –que genera otro contraste en el filme, relativo su diferencia con el cuidado manejo de cámara para las imágenes de naturaleza-, nos conduce por relatos amigables que no buscan hacer un retrato miserable. La gente de Quillagua no enfrenta el prematuro fin del mundo con el tono catastrófico y espectacular que escuchamos constantemente en off, sino con resignación y, a veces, amargura. Los habitantes indígenas del pueblo son de los pocos que hacen referencia directa a la noticia anunciada por el calendario Maya. Sin embargo, nuevamente, el contraste es enorme. Los habitantes explican como su visión implica un fuerte cambio de ciclo en la vida, dónde todos los habitantes del mundo pasarían por una renovación. El espectáculo del fin del mundo resulta bastante menos violento en boca de personas que tienen un acercamiento anterior, más directo y profundo con el calendario escatológico.

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La película puede parecer a ratos errática en esta propuesta documental que no pareciera interesarse mucho en el anuncio que guía su trama. Y es que se nota una falta de control total sobre la narración planteada. Pero es aquí que a través de dos gestos esta incertidumbre termina siendo uno de los puntos más interesantes y efectivos del filme. En primer lugar están la narración y el ritmo que nos entrega su montaje, alejándose de nuevo de la espectacularidad que nos anuncian las voces en off, planteando un espacio de calma; y segundo, la capacidad de ser guiado por sus protagonistas. El final del día se nota como una obra que se dejó conducir más de una vez por el relato de los habitantes, proponiendo un discurso abierto, formado a través del diálogo. Estos modos de vida en peligro de extinción interesan verdaderamente a McPhee y no son un elemento narrativo intencionado únicamente para contribuir al armado de un objetivo previo. La narración conduce a los habitantes de Quillagua, y se deja conducir y seducir por las reflexiones que ellos desean sacar a luz. En este proceso se logra lo mismo en el diálogo con el público, dándonos más de un espacio para rellenar los silencios con nuestras propias reflexiones. El final del día es un ejercicio incierto, pero sincero, y que por lo mismo termina funcionando en muchísimos niveles.

Héctor Oyarzún

Nota comentarista: 8/10

El final del día. Dirección: Peter Mcphee. Guión: Peter Mcphee, Ignacio Ceruti, Gustavo Silva. Fotografía: Peter Mcphee, Ignacio Ceruti, Matías Céspedes. Montaje: Gustavo Silva. País: Chile. Año: 2015. Duración: 60 minutos.

 

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