Mapas imposibles: La retrospectiva de Raúl Ruiz en Cinemateca Francesa

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Piratas atolondrados, mapas imposibles, geografías esperpénticas, viajes grotescos; pero también juegos infantiles, enroques fantásticos, vueltas de tuerca y laberintos novelescos sin salida aparente. Todos estos elementos multiformes y extravagantes componen, a veces dentro de un mismo filme, el universo narrativo único y apasionante de Raúl Ruiz, quizás nuestro cineasta más universal.

La reciente retrospectiva de la obra de Ruiz organizada por la Cinémathèque  Française entre los meses de abril y mayo de este año ha permitido a los cinéfilos parisinos y de otras partes del mundo –entre los que se contaban, por cierto, muchos chilenos– descubrir por primera o segunda vez la obra inclasificable  proteica de Ruiz, compuesta –las opiniones a este respecto difieren a veces de manera significativa– de algo así como 120 películas. A propósito del inabarcable universo ruiziano, Erik Bullot, uno de sus amigos más constantes, escribía: “La filmografía general de Ruíz es un continente disperso y lacunario […]. Los problemas de identidad que afectan a sus personajes podemos encontrarlos también en ella: filmes-fantasmas vueltos invisibles o virtuales, reutilización de un mismo título para dos obras diferentes, películas inacabadas, copias perdidas, etc.” (1).

Con respecto al contenido de la retrospectiva, que logró reunir un poco más de 70 filmes, quisiera detenerme rápidamente sobre algunas de las obras menos comentadas y –supongo– también menos vistas de la inmensa filmografía de Ruiz.

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La primera sobre la que me interesa llamar la atención es Los Destinos de Manoel (1985), especie de tríptico un poco en el espíritu de El Territorio, esa otra cinta hilarante e insólita que Ruíz filmó en Portugal a comienzos de los años ochenta.

 Los Destinos de Manoel, también conocida bajo el título de Manoel en La Isla de las Maravillas, nos relata las aventuras insólitas de Manoel, un rapaz que es víctima de las más descabelladas alteraciones de las dimensiones del tiempo y del espacio. El filme, encargado por la televisión portuguesa en el cuadro de las celebraciones navideñas de 1985, es un festín de fabulaciones fantásticas y cuentos de hadas que se entreveran hasta el paroxismo, superponiéndose, negándose y, tan solo a veces, haciendo sentido. Con una estructura tripartita que saca partido de los formatos pequeños –que tan bien parecían sentarle al Ruiz de los años ochenta– Los Destinos de Manoel retoma los aires de libertad y de improvisación que filmes como Las Tres Coronas del Marinero –donde el exceso de composición terminaba por afectar el resultado final– habían olvidado.

Una secuencia especialmente delirante del tercer episodio merece ser comentada. La situación es la siguiente: Manoel asiste al cumpleaños de Marylina, una precoz campeona de ajedrez que celebra, cual vedette de la televisión, en una habitación de hotel que da al mar y en la que un grupo de niños de aspecto inquietante parece aburrirse mortalmente. El cuadro se debate entre la ternura y lo espeluznante: niños enfermos de cáncer, infantes superdotados y músicos experimentados comparten la escena con un marinero adulto cuyo trabajo consiste en transportar humanos “de un mundo a otro” y en proyectar juegos de sombras en las paredes.

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El ojo que miente, filme de 1992, es otra de las obras que merecen ciertamente ser editadas y difundidas. Bajo la falsa apariencia de un relato científico, esta película revela poco a poco una dimensión paródica que, hacia el final, se hace evidente en todo su esplendor –el título, desde ya, debería conducirnos en esa dirección. Suerte de comedia eclesiástica, a medio camino entre la sátira y el comentario social, El ojo que miente es al mismo tiempo un ejercicio de libertad y de imaginación lúdica en el que las referencias a Chile, a pesar de las distancias insalvables, no son menores.

La intriga de la película, a pesar de algunos giros un tanto torcidos que la complican de manera innecesaria, es más bien sencilla: un sacerdote francés se ve confrontado a una multiplicación exasperante de hechos fantásticos que son interpretados como milagros por la comunidad en la que vive. La premisa teológica de Ruiz, aquí, es tan simple como hilarante: ¿qué sucedería si los milagros  hechos cuya definición misma depende, en cierta medida, de su infrecuencia, de su carácter excepcional– se multiplicaran descontroladamente en el seno de una misma comunidad, desafiando todas las leyes de lo probable? La respuesta, para el artista, es bastante clara: asistiríamos a la banalización del milagro.

Lo interesante de la cinta es que todos los hechos milagrosos sean recreados por medio de trucajes cinematográficos que revelan a primera vista el artificio: el protagonista vuela de manera más que inverosímil, la virgen se aparece a los campesinos rodeada de un halo celeste ciertamente caricaturesco, una mano gigante de yeso invade el plano desafiando toda lógica. Estos procedimientos, después de todo, subrayan algunos de los presupuestos estéticos de Ruiz, para quien el trabajo del cineasta pareciera ser un ejercicio de transformación que consiste en hacer pasar el milagro, lo maravilloso, por algo trivial, intrascendente, cotidiano.

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 La Isla del Tesoro (1985), adaptación o “adopción” –el neologismo es del propio Ruiz– de la gran novela de aventuras de Stevenson, es otra de las películas de vocación internacional que naufragan en la filmografía de Ruiz como pequeñas embarcaciones autónomas. Con un casting digno de una superproducción –Martin Landau y Vic Tayback representando a los Estados Unidos y Melvil Poupaud, Anna Karina y Jean-Pierre Léaud representando a Francia–, este filme enrevesado y laberíntico, en el que nada parece tener sentido, obedece –es Serge Daney quien lo afirma– a la lógica del sueño infantil, con todas sus digresiones y  circunloquios.

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 El Techo de la Ballena (1982), película sobre el lenguaje que navega por un mar de lenguas reales y ficticias –inglés, español chileno, francés, holandés y alemán se mezclan, a veces sin solución de continuidad, con un idioma indígena en el que las hipótesis borgeanas más disparatadas parecen adquirir vida– vuelve al examen de algunos de los clichés de la relación Europa- Latinoamérica que Ruiz ya había explorado en sus primeros filmes franceses. A la vez reflexión sobre el exilio, el patrimonio cultural y denuncia de la naïveté europea en su encuentro frente a lo desconocido, este filme original, delirante y apoteósico es una explosión espontánea de humor cáustico, de filosofismo y, también, de colores y texturas.

Los procedimientos que Ruíz había utilizado ya en La Ciudad de los Piratas, y que tanto habían parecido servirle en la búsqueda de su lenguaje cinematográfico particular, son puestos aquí al servicio de una imaginación desbordante y ostentativa. Infelizmente, ninguna de estas películas ha sido editada hasta hoy en DVD. Es de esperar, sin embargo, que el trabajo de restauración necesario para su distribución en formato de disco sea llevado a cabo prontamente por profesionales competentes. Las esperanzas, en cualquier caso, no son vanas, pues las primeras muestras de una verdadera preocupación por el destino del patrimonio que los filmes de Ruíz representan ya comienzan a ser visibles.

Tan solo este año, y con motivo de la celebración de la retrospectiva, la Cinémathèque, en conjunto con el INA –Institutio Nacional del Audiovisual– ha editado un set de 8 filmes raros de Ruíz en formato DVD. El paquete contiene, a un precio más que conveniente, algunas de las películas más representativas del primer período francés del cineasta –Las Tres Coronas del Marinero (1983), La Vocación Suspendida (1978)– y otras que aparecen por primera vez en formato doméstico. De estas cabe destacar la críptica Bérénice (1983), basada en la obra homónima de Racine. Por primera vez después de su lanzamiento en salas, los admiradores de Ruíz podrán apreciar, además, en una edición correctamente restaurada, uno de los filmes más emblemáticos y controvertidos de su carrera: Diálogo de Exiliados, de 1974. La restauración de todas estas cintas estuvo a cargo de François Ede, antiguo camarógrafo y asistente de Ruíz, quien contó con la ayuda de un grupo de jóvenes colaboradores del INA. Es el propio Ede quien ha confirmado, por lo demás, en diversas entrevistas, que la intención de continuar los trabajos de restauración sigue en pie y que, aunque los obstáculos son grandes –sobre todo en lo que respecta a los litigios de derechos de autor– la energía de sus amigos y colaboradores, reunidos ahora bajo el patrocinio de la fundación Les Amis de Raoul Ruiz, presidida por el actor John Malkovich, es aún grande y parece estar más viva que nunca. Todo parece indicar, en fin, que dentro de los próximos años tendremos acceso a un número cada vez mayor de obras de Ruíz en formato doméstico.

 

Ignacio Albornoz Fariña

 

(1)Érik Bullot. Renversements 2. Notes sur le Cinéma. Paris : Éditions Paris Expérimental, 2013.

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