Carta sobre Fidocs (2) + Posdata

Querido Iván.

Tuve que esperar un poco antes de responderte. Veinte películas en poco menos de seis días se consumieron toda mi memoria a corto plazo. A ver si vuelvo poco a poco a recordarlas, a situarme nuevamente en el presente.

Primera tentativa, los apuntes.  Casi llena mi libreta de frases escritas en la oscuridad, colgando de la página, perdiendo sentido unas sobre otras. Segundo intento, volver a leer tu carta.

Me sorprende la naturaleza de tus impresiones, vertiginosas, precisas pero improvisadas, como salidas al paso y luego el vuelo que alcanzan en conjunto; enjambre en flecha, directo al corazón de un panorama que no termina de aclararse del todo, pero en el que identificas pulsiones, factores que lo avivan, polos.

Podríamos decir que nuestros recorridos se parecen, vimos casi las mismas películas, sorteamos el frío yendo a comprar café y provisiones a la esquina, trazamos itinerarios dispares de una a otra sala, sumando y descontando minutos para evitar perderse las que cada cual consideró imprescindibles; nos encontramos muchas veces frente a la pantalla. Estuvimos en  Chile Hasta cuándo (Bradbury, 1984) en la inauguración; partimos y terminamos la semana que duró Fidocs con Carlos Flores. El primer compacto de Entorno al video(1985-1986)y la última función de Pepe Donoso(1977)y Donoso por Donoso (1994).Pero sospecho que no, que son diferentes. A pesar de las coincidencias, los reparos y las fascinaciones en común.

De partida, soy mala para los factores. No sé tampoco adónde van axiográficamente las películas que vi.  No veo esos, sino otros polos, el polo norte, el polo sur. Me voy directo a lo gélido, al blanco indiferenciado, a la espuma del mar, a las escenas decoloradas del marinero gallego rompiendo el hielo en Vickingland (Xurxo Chirro, 2011), La adaptación libre de Moby Dick. O a las antípodas que perseguía Kossakovsky en Dónde vuelan los cóndores: la Patagonia argentina y China, Serbia y las Torres del Paine, El mundo en un solo plano. Sólo de refilón,  por contigüidad, me tropiezo con la polémica que produjo el comentario elogioso de Guzmán a la película de Carlos Klein al término de la premiación, con los reproches de Quintín al respecto entre las copas de vino y las fondues humeantes, o con los comentarios que se levantaron como neblina inmediatamente conocidos los resultados de la Competencia Nacional. Ya habrá tiempo supongo de hablar de los premios, de Sibila (Teresa Arredondo, 2012), del falso riesgo,  de lo políticamente correcto o de las omisiones y lo considerado inmoral en ámbito del documental.  No ganó tampoco ninguna de mis favoritas en la competencia latinoamericana, aunque no  tuve oportunidad de ver Las flores de mi familia, la elogiada opera prima de Juan Ignacio Fernández, 2012). Dónde vuelan los cóndoresresonó más por el impasse con la proyección y con su director que por otra cosa, y Proyecto final para utopía (Andrés Duque, 2011), mi motor de sensaciones más vívidas hasta el momento, pasó casi desapercibida. Entre exploración íntima y found footage, registros de la agonía del padre, peces en un acuario como en Visages de Tsai Ming Liang, mortificaciones de la imagen como en los primeros filmes de vanguardia, y retazos del mundo al más puro estilo Fata Morgana (sólo que en silencio, ni asomo de Leonard Cohen) este entramado caleidoscópico se atribuye a sí mismo la tarea construir un discurso que se va desplegando exclusivamente desde sus materiales. Un discurso que amenaza con traspasar los límites de lo audio-visual para volverse sonoro (musical, elocuente, murmurante) desde la pura textura y voluptuosidad de sus imágenes.

Respondiendo entonces a tu pregunta, me quedo navegando en las potencias expresivas del documental. Pegada todavía a la ventana del tren con que comienza Sur les traces de Margueritte Yourcenar. Voy yo también tras sus huellas, en Francia, en Bélgica, en Canadá,  tras la voz de Margueritte en primera persona fabulada, siguiendo cartográficamente su caligrafía, la sinuosidad de su discurso, del paisaje en movimiento, pero también tras las señas de Marilú Mallet. Chilena en la diáspora, asentada ya hace más de 30 años en Canadá, su película formando parte del Panorama Internacional; inscribiendo en esta especie de roadmovie sus propios viajes, el devenir experimental, hecho de retazos, híbrido -como ella misma señalaba al inicio de la proyección- de su carrera como cineasta.

Más en concreto, ¿en qué pienso? En fragmentos y conexiones inesperadas, en capas de tiempo superpuestas, en montaje. Las fuerzas productivas, fabuladoras,  desarcaizantes y desenraizantes, del montaje; la facultad del archivo para entrar en escena no sólo como testimonio, prueba, memoria, inscripción de un tiempo espacio determinado, sino que como imagen mental, como pura sensación que interpolando los tiempos, desde la superficie del presente nos invita a deambular por otros posibles espacios.  Incluso en Bradbury -nuestro polo representativo, político, histórico de este año-, lo que me obnubila es la adherencia afectiva, sensible, que ahí se juega. Un dejarse afectar reflexivo pero no por eso abstracto. Siempre encarnada, la historia que acá se cuenta, de la revolución en Nicaragua, de las formas de resistencia en dictadura en Chile, reverbera en el cuerpo, se transforma en ritmo, en color, en otra cosa.  No puede sino hacerlo, al pasar por dispositivos que la obligan a difractarse y estallar en una multiplicidad de historias, decantando en sujetos y lugares particulares, haces de luz puntuales, comunes, que cargados irremediablemente de ficción, como nos diría semanas más tarde Ginette Lavigne,  se transforman en caja de resonancia para esa gran Historia, a la vez épica y nostálgica, que acuna nuestra fascinación por lo real.

Así, si al final de Nicaragua, no pasarán(Bradbury, 1978), donde el comandante Borge nos dice de entrada que ser guerrillero es ser piloto y productor cinematográfico a la vez, y desde el fondo se infiltra cada vez con más protagonismo la canción O Superman (a a a a a a a… there come the planes…, so you better get ready, ready to go…) no es sólo porque argumentalmente los aviones gringos y los ataques aéreos vengan, subvencionando a los contra, sino porque el registro al que transporta súbitamente la música de Laurie Anderson, viene a inscribir el imaginario sandinista ya no en el campo exclusivo de la nostalgia setentista latinoamericana, sino que en la superficie extensa, y mundial, del documental político que se siente destinado no sólo a mitificar la historia sino que a conjurarla -y producirla, como el mismo Borge- por la vía de un cine que si bien no se define como experimental, en la medida en que inscribe materialmente su mirada, se acerca peligrosamente a serlo.

En esa misma línea, unos años más adelante, y una entrañable relación con Portugal, así como con Chile y la experiencia revolucionaria, estaría Ginette Lavigne. En Deux histoire de prison,  en  La nuit du coup d’etat, y al parecer en República (esa no pude verla) -todas películas relativas al 25 de abril portugués, el golpe de estado que derrocó la dictadura fascista en 1974-, los archivos no sólo están, afirman y contextualizan un suceso histórico, sino que piensan. Son la pieza crucial para que la máquina cine funcione; se abordan literalmente como materia fílmica que pasa zumbando por la mesa de montaje, como retratos de familia donde identificar gestos, tonos del habla, atributos personales y  calidades fotográficas; se mezclan con imágenes presentes, travellings delirantes por retazos de ciudad ilocalizables (Paris, Lisboa, barcos perdidos en la niebla) al tiempo que con escenificaciones teatrales en espacios rigurosamente cerrados donde el afuera, tanto histórico, como cinematográfico –ahora para el espectador-, no puede sino traducirse en pura virtualidad. Vemos las imágenes de la noche del golpe de estado, que encerrado en esas cuatro paredes, organizando los sucesos del 25 de abril, Otelo nunca vio; lo vemos pilotear esta nave narrativa proliferante, que un poco como la mónada, se conecta con el afuera (la gran historia, la exterioridad, el todo) desde la precariedad  del presente, desde un riguroso interior.

Quizás por ahí mismo, pero invertida, va la sensación terrible y sublime, de la imaginación abismándose, que deja Vivir en Tazmamart. ‘Con elegancia, sin archivos y con la fuerza vital del presente’ como decías tú, acá es desde el afuera, desde esos ‘paisajes llenos de luz y naturaleza’,  que se nos introduce en un núcleo de terror más oscuro y cerrado de lo imaginable, un mundo hasta ahora para nosotros virtual, que por medio del testimonio, el poder de la voz mediante, encuentra su lugar mental ahí en Tazmamart. Los paisajes están ahí, de fondo. El bosque, un valle, el mar, un jardín apacible junto a una casa luminosa en proceso de abrir todas sus ventanas. Todavía somos libres, las voces de estos cinco sobrevivientes no nos obligan a compartir su horror, pero al deambular sobre el espacio abierto, mellan su claridad, infiltran su experiencia y hacen permeable nuestro presente, agujereándolo de espanto sofocante, pero también de rayos de luz, cazados con ingenio y espejo.  Como en Dos historias de prisión, donde una de las  presas políticas se convirtió en un cine parlante, adjudicándose la tarea de rellenar el tiempo y amoblar para sus compañeras de celda el negro indiferenciado del encierro, acá la fuerza subterránea de sus historias  nos retrotrae por instantes a cotejar con imágenes propias, íntimamente al resguardo de lo intolerable, lo que no se puede llegar a entender.

Eso por el momento, quién sabe si habrá otro momento,

Un gran abrazo,

Antonia

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POSDATA

Antonia:

Es curioso retomar luego de varias semanas…pero han pasado varias cosas desde la última carta. Una especie de resumen de algunos de aspectos que he ido masticando los últimos días.

–          Hubo una discusión que involucró a Guzmán, la película El salvavidas  (un error de programación la deja adentro del concurso para después criticarla en su catálogo); malos entendidos y diversos otros temas que llevaron a la renuncia de Gonzalo Maza – quien representó una sólida gestión de Fidocs durante los últimos años- y la muy reciente noticia que Ricardo Greene drigirá este festival por vía de un comunicado público. Ricardo Greene es un cercano y una persona preocupada seriamente por generar espacios en torno al cine documental, que, esperamos, tenga una gestión sólida…pero está todo por verse (!).

–          Sobre los temas discutidos en torno a la ética del documental en El salvavidas que hizo sangrar twitter y que parece ayudó a generar presión para salida de Gonzalo, no  tengo nada que agregar salvo que espero que la llegada de Greene le dé altura de miras a este tipo de discusiones en las cuales circulan aún esquemáticos esencialismos. Creo que el problema es más de fondo y repercute en las nociones “naturalistas” y flojas que se tienen sobre el documental en Chile. Repasemos: marginación temprana al cine de vertiente más experimental (caso Tiziana Panizza, quien después fue reivindicada por el propio festival), pseudo escandalillo por la exclusión “neurótica” de Noticias de Perut – Osnovikoff el año ante pasado. Y este año se me juntó: la declaración por parte de Fidocs de “insuficiencia de películas documentales” para competencia nacional que dejó fuera de selección a la que me parece que era la película ganadora para Fidocs 2012 y que – paradojas- ganó Sanfic Cuentos sobre el futurode Pachi Bustos.

 

 

–          No sólo eso: se premió un documental por razones equivocadas: Sibila. Y aunque en teoría confirmaría línea de trabajo Fidocs (documental testimonial, primera persona, revisión de pasado político), me parece que es factible diferenciar el uso estratégico de la primera persona para abrir debates al interior de la Historia y sus actores (excelente caso de El edificio de los chilenos), que desde memoria privada se abre a lo público de el uso de un tema político (militancia, historia de los movimientos políticos latinoamericanos, Sendero luminoso) en beneficio de un discurso personal, con poca claridad y nitidez de sus objetivos. Queda claro que el personaje de Sibila Arredondo le queda grande a la directora. También debo agregar que cuando ella hace su aparición es el momento más bello de todo el documental. Pero por lo general la cámara, y el discurso over parecen más bien ponerle una barrera, una distancia, un juicio del cual quedan dos posiciones insalvables ¿el documental como discurso del otro, del mundo, de lo social? ¿ y qué decir del problema ético que nos propone Sibila en las palabras más lúcidas de todo el filme?.  Bien, en corto, me parece que el documental no hace “justicia” al problema que intenta abordar: la ética, la militancia, el lugar que ocupan en la historia política latinoamericana. Me interrogo y me causa algo de molestia este modo específico de ombliguismo, incapaz de salir de sus propios límites y dilemas respecto a “la verdad”. El documental debería partir de estos puntos- la experiencia, la vivencia- para poder analizar o pensar algo medianamente relevante. Era el caso de Hija la película ganadora del año pasado que a partir de una road movie personal lograba dar una mirada a un Chile profundo, obliterado, silenciado en torno a las ideas de “familia” y “género”.

Por ahora, no tengo nada más que agregar. Era necesario comentar estas ideas post-fidocs, darles alguna salida.

Atte.

Iván

Participaron en las cartas: Antonia Girardi, Iván Pinto

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