Festival Cine UC: César debe morir (Paolo y Vittorio Taviani, 2012)

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No son pocas las versiones cinematográficas que se han hecho de las distintas creaciones  literarias de Shakespeare. A lo largo de la historia del cine, al igual que en el teatro, la variedad en la puesta en escena ha llevado a ver a Hamlet declamando sus frases en un Palacio victoriano, a Ricardo III arrastrando su cuerpo deforme en los años 30 y a Lady Macbeth perdiendo la razón en el Japón del siglo XVI. En tal contexto, el filme César debe morir viene a ser otra interesante contribución a este elenco de adaptaciones libres.

Esta vez Julio César, la obra, es representada en el ala de alta seguridad de la cárcel de Rabibbia, en Roma, por un grupo de presos, condenados por crímenes que van desde el tráfico de drogas hasta el asesinato. Los directores, los longevos Paolo y Vittorio Taviani, han decidido filmar el proceso detrás del montaje teatral de esta obra, documentando así uno de los proyectos que lleva adelante el director de teatro Fabio Cavalli, como parte de los talleres de reinserción que realiza con los reclusos. La representación de Julio César ante sus familias, amigos, compañeros de prisión, e incluso gendarmes y autoridades, se convierte para estos hombres en un importante desafío que ocupara buena parte de su -no precisamente libre- tiempo.

La película parte desde el final, esto es, con el resultado puesto arriba del escenario. Llegamos a los últimos minutos de la presentación de la obra y observamos que ha sido todo un éxito. Luego salen los hombres y se les verá ser conducidos, uno a uno y resignados, a sus respectivas celdas.

Lo que sigue será una retrospectiva, un racconto en blanco y negro, retrocediendo 6 meses en el tiempo, para explicar el origen de lo que acabamos de ver en color. Situados en esta prisión, la autoridad propone a un grupo de presidiarios participar de esta nueva idea, designando de inmediato a uno de ellos (Cosimo Rega) para el rol de Cassio por su experiencia previa en otros proyectos. Todos participarán, pero la distribución de papeles fundamentales del relato requiere la elección de los actores. El casting será la oportunidad para saber algo más de estos individuos, cuál de ellos más entusiasta y motivado. A los datos básicos que ellos mismos proporcionarán, se añadirá la información acerca de los crímenes que cometieron y la razón por la cual están donde están. Este último dato estará siempre latente tras el asombro del espectador y la prejuiciosa pregunta que se le vendrá a la mente acerca de cómo esos hombres, con tamaño prontuario, pudieron llegar a interpretar tan maravillosamente nada menos que una obra de Shakespeare.

En poco más de una hora, desde que el director Fabio Cavalli da las primeras instrucciones y comienzan los primeros ensayos de la obra, hasta los aplausos de la audiencia cuando finalmente la presentan, el espectador presenciará simultáneamente dos cosas: la narración de Julio César en una comprimida versión que es finalmente fílmica, y la notable transformación que viven los individuos que forman el grupo de presos escogidos como protagonistas, todos ellos puestos ahora a merced del arte. Una vez que la obra se exhibe, volveremos al presente y al color, tal como comenzamos, retomando el relato hasta después que los reclusos entran en sus celdas…

De esta manera, resulta que no es del todo correcto ni exacto decir que este filme es el registro de esa puesta en escena o de la materialización de un proyecto. Por otro lado, es igualmente errado calificarla simplemente como otra versión más, otra forma de relatarnos y exhibir Julio César. La película cumple distintos propósitos y funciones.

Indudablemente se agradece la documentación de un proceso excepcional como es llevar a cabo y presentar esta obra magistral a cargo de un grupo de convictos nada comunes, en una prisión nada ordinaria. Esta realidad merece toda la atención por las condiciones que la caracterizan: hombres condenados a penas superiores a 10 años, perpetua en varios casos y que pueden aún encontrar algo nuevo y liberador en ellos mismos por la vía de convertirse en actores por un tiempo.

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Desde este punto de vista, el grado de compromiso y seriedad con que algunos de ellos toman este asunto llega a ser conmovedor. Particularmente notable es lo que sucede con Salvatore Striamo (Sasa) quien interpreta a Bruto: Sasa se preocupa de su personaje, quiere conocerlo, entenderlo…se preocupa igualmente del público, cómo lograr transmitirle de manera convincente lo que cree que Shakespeare quiere decir…Sasa repasa aplicadamente sus diálogos, en cada oportunidad que tiene más allá de los ensayos programados, él insistirá en probarse como actor, perfeccionando su interpretación…llegará a hablar de Bruto como de él mismo, confundido, y un amigo dirá que Salvatore «lleva a Bruto dentro». Otro tanto pasará con quien interpreta a Julio César, Giovanni Arcuri, quien se reconcilia con la historia de su personaje, volviendo a encantarse con «La Guerra de las Galias»  que en su juventud le parecía tan aburrida.

Desde la otra perspectiva, además de dar cuenta de esta verdad, la película es efectivamente otra forma de representar Julio César. Esta versión cinematográfica estará construida y armada con los ensayos, buena parte de los cuáles se desarrollan en distintas e improvisadas dependencias de la cárcel porque el auditorio está siendo remodelado. Con estos ensayos, que no se verán nunca repetidos, los directores italianos nos presentan finalmente al Julio César del escritor inglés.

Cesar debe Morir es, entonces, una película compleja que admite más de una mirada y en que los límites entre documento y ficción, interpretación y vivencia, se desafían permanentemente, a veces claramente distinguibles y separados y otra veces sutilmente mezclados. Hay un continuo traslape entre las secuencias de la obra teatral y aquellas, menos frecuentes que corresponden a la verdad de los intérpretes; pero también hay una zona de intersección, un terreno de ensueño en que el dato dado de estar frente a un ensayo nos pone del lado del documental mientras que la cámara hace otra cosa cuando abandona su rol testimonial  y adopta uno narrativo y dramático, al servicio de la ficción que se interpreta. Así ocurre con cada contrapicado, con cada primer plano, con el juego del fuera de campo e incluso con la cámara subjetiva que se acerca a Bruto por la espalda cuando éste, en su tienda de campaña en el llano de Filipos, oye la voz de César anunciando su encuentro al día siguiente, anticipándole así su propia muerte.

En esa zona difusa, la manera en que la realidad se cuela en la ficción a medida que se avanza en la tragedia de César y la conjura de los traidores, es casi imperceptible, pero el resultado es efectivo. Quizás son pocos los lugares en que la obra Julio César puede cobrar tanta vigencia como creación literaria. El discurso de la libertad, la rebelión, la muerte del dictador, la conspiración, la traición, incluso el honor hallan en Rabibbia un escenario y unos intérpretes inigualables y excepcionalmente apropiados. Con esa trascendencia y ubicuidad de las obras de Shakespeare, Julio César también puede situarse en este lugar y en este tiempo, provocando en quienes la  interpretan la proyección de su propias circunstancias. Eso es lo que define esta película, cuando los actores interpretan a sus personajes ficticios, se interpretan también en cierta medida, a sí mismos.

Desde el comienzo, el director Cavalli ha pedido a los actores que usen sus dialectos nativos y que sigan siendo un poco ellos. Tal como dirá Cosimo Rega, los actores no debieran tener dificultad en aprender ni en decir los diálogos, “…la traición, los asesinatos… ¿no hemos tenido césares prepotentes en nuestro entorno?”. En más de una línea los intérpretes alterarán el texto para traer a colación su presente, sus propias relaciones conflictivas, sus miedos y recuerdos. Por eso Arcuri podrá decirle al hombre detrás del personaje de Decio, arriesgando incluso la continuidad del proyecto, que el papel de intrigante le queda perfecto.

Un censor quisquilloso o timorato -pensando en cómo habría sido en Chile- al momento de ver la primera mención de la palabra «libertad» en el libreto, habría hecho abortar la idea de representar Julio César bajo estas peculiares condiciones. El grito de rebelión, aunque sea justificado en un guión teatral, adquiere una entonación muy diferente cuando se profiere en medio de las estrechas y oscuras paredes de una prisión. Este juego con la ironía parece riesgoso, viniendo de los presos de Rabibbia, porque todos terminarán participando de ella. A punto de motín, los reclusos anónimos serán el veleidoso pueblo de Roma, que primero aplaude a Bruto y a los minutos pide su muerte. Involucrados, los presos convertidos en romanos clamarán por justicia y libertad, pero se mantendrán en su papel. Planos generales de la cárcel, contrapicado de los edificios imponentes y opresivos….puertas que podrían abrirse de golpe en cualquier momento abriendo paso a una multitud enardecida por el mensaje evocador de la obra, todo eso mientras el montaje y la música aceleran el ritmo del filme, aumentando el dramatismo. “La revuelta ha empezado” dirá Marco Antonio (Antonio Frasca) al cuerpo inerte de César…pero finalmente, pese a que todo anuncia lo contrario, nada se saldrá de control.

Todos han sido alcanzados por esta tragedia romana: el colectivo y los individuos. Algunos de estos hombres escribirán libros autobiográficos y Salvatore Striamo en especial, después que fuera indultado, se ha dedicado al teatro y al cine. La realización de esta obra, como ninguna otra tal vez, tuvo para ellos el efecto de hacerles más doloroso el encierro… “Desde que conozco el arte, esta celda se ha convertido en una prisión…” será la conclusión del más encadenado de todos, Rega. Y así se queda uno, con un silencio largo cuando la tarea ha concluido y la vida en Rabibbia retorna a su ritmo habitual, dejándonos con la incómoda y frustrante sensación de que estos hombres  jugaron a alcanzar lo que les es más preciado, su libertad, para terminar sintiéndose aún más lejos de ella.

Elena Valderas

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