Invierno (Alberto Fuguet, 2015)

Invierno

Ese libro lo sabía todo, de verdad, incluso que la mía sería una caída libre hacia la nada de la nada

Antonio Tabucchi

Curioso es pensar y no saber decidirse si una película de casi 5 horas hubiese sido mejor lograda si fuera más corta o más larga. Con Invierno tratándose de un film coral, con cuatro líneas narrativas se siente que de su división en tres partes la primera es casi entera un largo prólogo que se pudo haber escamoteado o convertido en otra película y, por otro lado, que a las dos partes restantes les falta desarrollo o, nuevamente, cada una por separado pudo haber servido de material para cuatro películas distintas. Pero el trabajo está hecho y la obra quedó como quedó.

Parte 1

Alberto Fuguet es una figura importante en las letras nacionales de los últimos 25 años, principalmente durante la primera década y media de su carrera como escritor. No tanto por su prosa en sí, me refiero al debate que generó, y todavía persiste, a su talante literario tanto en ficción como en no ficción, su animada defensa de la cultura pop, sus choques con la academia y el mundillo literario nacional, su rol de chivo expiatorio que develaba las impotencias de los discursos culturalistas en pugna que lo atacaban desde la izquierda o desde la derecha sin atreverse a declarar lo obvio: como dice un publicista en una conocida película chilena reciente “Chile cambió” y abrazó el neoliberalismo y la globalización, Latinoamérica ya no es solo el Che, el imaginario costumbrista y García Márquez, también es la música rock, conoce al dedillo películas de Hollywood y consume televisión por cable, nuestra sociedad ya no aspira a viajar a París, ahora visita Miami.

Dentro de aquello Fuguet buscó autovalidar su postura literaria ya no como mera reacción a las críticas sino como identidad creativa válida. Su individualismo no es más reprochable que el de cualquiera. Si pensamos en los personajes de sus ficciones escritas siempre hay alguien buscando algo, definirse, encontrar su patria mental, sus afinidades electivas. Lo importante es que el límite no está dado por un espacio físico, al contrario, es de otro orden y se halla en la cultura, en ciertos objetos fetiches, en filiaciones excéntricas y, por último, en lugares de paso, en bisagras impersonales donde con cierto esfuerzo el yo vacío puede decantarse en autoconciencia: los consabidos no-lugares como aeropuertos, cafés de moda, taxis, hoteles y departamentos que son menos un hogar que un espacio en el que se habita fugazmente.

Aunque todo eso está presente en sus películas no tiene la misma fuerza que expone en sus textos. Tal vez porque en el cine, me refiero al nacional, ya hay otros que llegaron antes que él a explayarse sobre tales asuntos. Incluso hay estudios dedicados a ese cine, basta pensar en los novísimos y sus continuadores aún más jóvenes, en la tendencia del “cine centrífugo” o en las representaciones de unas “intimidades desencantadas” y los antecedentes que previamente pavimentaron el camino a ese cine contemporáneo al de Fuguet.

Por otro lado hay una ambivalencia en sus películas que presentaban parte de sus ficciones literarias, cierto recato y disfraz que algunas veces dejaba paso al taladreo en profundidad, punzante y descarado, que permitía desnudar la identidad de sus personajes y también su tramado social, revelando una fiereza que, al compartir la miopía psíquica de sus mismos personajes, no nos atrevemos a reconocer como propia cuando nos miramos en el espejo o que, a lo más, apartamos de nosotros como ajena en tanto perteneciente a la clase social más acomodada. Pero ¿se trata de verdadera inocencia o es apenas autoengaño?

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Parte 2

Entrando en materia, a continuación de ese largo prólogo que tal vez este de más, Invierno da cuenta sobre el luto de un grupo de cercanos a un escritor que se suicida luego de terminar su segunda y más personal, autobiográfica si se quiere, novela. El luto tiene un sentido más allá del darle sentido a la ausencia abrupta de un amigo o familiar, su desaparición coloca a los personajes en situación de replantearse su relación consigo mismos, pasar agosto y superar sus crisis individuales. La palabra clave es “salvarse”, como indica el epígrafe al que está dedicado tanto el libro del escritor suicida como la película. La pregunta por quién fue el/la que se salvó es una suerte de interrogante o donación que el novelista Alejo Cortés deja a los vivos. Su hermana mayor parte desde la culpabilidad hasta terminar por replantearse qué busca en una pareja; José, el mejor amigo, tiene que lidiar con el peso y el vacío acerca de su identidad; el otro amigo, Tomás, se enfrenta a su propio masoquismo, conviviendo con la nueva pareja que forman su ex y un amigo que lo reemplazó; Santiago, el estudiante de letras y admirador de Alejo, inicia una pesquisa literaria como “detective salvaje” como tema de su tesis universitaria, sumiéndose en su ambición por una carrera académica en desmedro de la relación que tiene con su incondicional novia y compañera de curso.

Los personajes entran y abandonan lugares en estado de excitación o pesar manifestando su malestar silenciosamente, mientras que, al contrario, cuando se encuentran detenidos en el espacio tratan de definir qué sucede, definir a su interlocutor y definirse para ellos mismos en largos diálogos, cargando la intensidad en sus discursos y en la fotogenia de los actores. En variados momentos somos sugestionados por esas conversaciones y no sentimos el paso del tiempo, concentrados en las variantes que tal oralidad pueda ofrecer. Al contrario de esa plusvalía discursiva auditiva la puesta en escena, entre frontal y clásica, muchas veces sin montaje campo/contracampo, funcional al personaje hablando, deja dudas sobre la fe del director en el plano cinematográfico. Aunque el propio Fuguet participe como secundario en el rol de fotógrafo no demuestra gran oficio al tratar la imagen. De pronto se produce un notable contrapunto entre escenas que funcionan como soporte de la presencia de los personajes y su voz, otras que se distinguen en una legibilidad casi literal (por ejemplo, cuando José está sentado en la misma banca donde antes tuvo su última conversación significativa con el escritor, para significar su ausencia en tanto pérdida personal decisiva), y otras donde la función ilustrativa y narrativa gira hacia la abstracción y la poética opacidad (por ejemplo cuando José baila en el hotel o en el plano fijo de él siguiendo a la enigmática Julieta).

Pero más que esos segmentos dispares la longitud de la película y el cometido coral se contradicen al distinguirse un privilegio narrativo por la historia de José y algunos vacíos en las otras. Hacia el final se percibe que estas lagunas narrativas impidieron el cabal desarrollo de las problemáticas del resto de los personajes principales. ¿Cómo fue que los personajes llegan a las decisiones que les hace optar por la ruptura de sus lazos y lanzarse en caída libre hacia sus nuevos destinos personales? La situación de Tomás desde un principio parece absurda, inverosímil: soportar los celos resulta más risible que patético. Santiago solo se explica por su desmesura juvenil, psicológicamente adolescente, en desbalance respecto a la ausencia de motivación que justifique su relación con su novia excepto permitirle tener lugar en la película y alguien que le de réplica, sobre todo en el final. Leo, la hermana interpretada por Salosny, lejos el mejor personaje femenino pensado por Fuguet, pierde fuerza al carecer de metraje que dote de aristas a sus convicciones aclaradas en la escena del restorán giratorio.

El paralelismo que formalizan las cuatro historias y personajes, manifestada por el montaje paralelo que toma protagonismo en los puntos culmines de cada una de las tres partes del filme deja en evidencia el desequilibrio preferencial con que acaban de ser retratados los personajes y sus decisiones. El peso recae en los diálogos pero no en el muchas veces deslavado estilo visual o en el funcionalismo del encuadre. En un momento se recurre a una canción que enlaza a los personajes, al modo de cita al típico segmento musical de los filmes dramáticos, tipo video clip (recuérdese el famoso uso que se le da en Magnolia al tema Wise Up de Aimee Mann), pero el recurso aquí, y mucho tiene que ver con la pobreza de la canción, juega en contra y convierten la secuencia en la más cursi de la película.

A fin de cuentas no comparto el superlativo y elogioso juicio que da a Invierno el crítico trasandino Alejandro Cozza publicado con anterioridad en el sitio , aunque me gustaría terminar con una precisión a su comentario. La historia de camaradería masculina que es central en la película hace contrapunto a la misoginia que manifiestan los personajes. Por cierto el mundillo que habitan y conciben (y en el que son concebidos) no es el territorio de la empatía y la bondad, sino el espacio y tiempo en que campean el cinismo, la expresividad a la defensiva y la oportunidad desmotivante donde la identidad tiene menos que ver con el sujeto y más con el individuo (entendiéndolos desde la óptica de la muerte de la subjetividad moderna). En este plano, el fin de la realización personal aparece como insatisfacción que jamás se puede cumplir, conduciente a crisis de sentido de las que solo se puede salir transitoriamente mediante la afirmación de la individualidad a cualquier costo, pero siempre diferida y cuya única conclusión está en la muerte, ya que es irrevocable de la vida, o en el suicidio, que otorga la fantasía de conseguir la plenitud vital justo en su deseo de clausura. Eso si “nadie puede ser una isla” y tal como se despliega en la película, los personajes usan el lenguaje como arma que concreta sus acciones, de ahí que los prejuicios, las revalorizaciones y la indefinición (esos “mal, pero bien” que dicen unas cuantas veces) sean la réplica de una violencia soterrada, civilizada, educada con que se relacionan y afectan unos a otros. El escritor se logra salvar al acceder a otro estado, al hacer de la ficción una forma de verdad y su muerte le permite ser el donativo para que su mejor amigo también lo consiga. La hermana también, a su manera, lo alcanza, mientras que su pareja recién cobra compresión de su máscara personal; Tomás queda a la espera y Santiago, anulando a su polola, se estrella egotísticamente.

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El malestar individual parece tener como única salida al ensimismamiento flagelante la amistad, incluso por sobre el amor, el que es sometido a un balance más cínico y menos comprometido, acaba siendo vuelto de revés como síntoma ausente en la representación del film del desprecio por el otro (ya sea por motivos sociales, de edad, madurez, laborales o simplemente, pero no menos importante, sentimentales). Lástima que esta conclusión tan negativa no se desprenda de las imágenes sino de la banda sonora verbal de una película que no termina de comprender que la novela es una cosa y el cine otra, en medio de esa distancia se entrampa en un teatro moderno filmado, donde la cámara permanece a distancia púdica, para algunos justa (en mi caso no lo creo), de unos personajes que actúan sus miserias y heroísmos para sí mismos en el escenario de su pequeño y mezquino mundo.

Álvaro García Mateluna

Nota: 4/10. Título: Invierno. Dirección: Alberto Fuguet. Guión: Alberto Fuguet, René Martín. Reparto: Matías Oviedo, Pablo Cerda, Katherine Salosny, Nicolás Bosman, Pedro Campos, Tomás Verdejo, Daniela Estay, Pablo Casals, Renata Casale, Ana Barros. País: Chile. Duración: 291 min. Año: 2015.

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