Sin Filtro (Nicolás López, 2016)

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Al iniciar esta reseña había pensado subtitularla con alguna expresión de índole reflexiva, que develara de manera adecuada las impresiones que me despertó Sin Filtro, la última película del realizador nacional Nicolás López. Algo así como la insoportable levedad del ser o todo lo sólido se desvanece en el aire, sonaban lo suficientemente adecuadas para condensar una visión sobre un film que, menos por su texto y más por su contexto, da para hablar, y bastante. Pero no. Desistí de esta idea, enjuiciando al prejuicio, anteponiéndome a esa idea del crítico que evalúa con extrema rigidez un producto cuyas intenciones no se condicen con tan altivas referencias. Porque claro, a ratos se vuelve complejo escribir sobre una película que tiene un notable éxito en taquilla (¿acaso no es ese su fin por antonomasia?) pero que a todas luces propone poco desde una perspectiva puramente cinematográfica. Y más aún en un ambiente tan reducido como el chileno, donde prácticamente todo irrita su delicada piel, tan susceptible al flagelo.

Así, desde la vereda de la honestidad, intentaré analizar esta película a plena conciencia de sus expectativas internas, saltando paralelos y comparaciones, no sin dedicar una palabra a por qué esto nunca puede ser el único momento de una reflexión que pretenda ser un aporte. Y es que Sin Filtro adolece precisamente de aquello que parecería ser su núcleo, no es una película divertida. La fórmula da resultado solamente a ratos, hay escenas que se alargan y se alargan sin mayor motivo y los momentos de introspección y drama, si querían otorgarle matices al relato, nunca cuajaron del todo.

La historia puede sintetizarse en el colapso que sufre Pía, una diseñadora que llegando a los 40 años de edad, aguanta con estoico heroísmo denigrantes tratos de sus compañeros de trabajo y en su casa, donde todo lo que la rodea parece asfixiarle hasta el pánico. Entonces, un doctor chino de dudosa cuantía le recomienda liberarse de todo lo que la estresa y decir todo lo que piensa, desahogarse sin más para liberar todas las tensiones. La mesa queda servida para un ir y venir de exabruptos y estridencias, dimisiones y rupturas.

La sumatoria de situaciones límites, que buscan la comedia con disímil éxito, se vuelve algo tediosa a partir de un montaje poco resuelto. La primera sección, dedicada a mostrarnos lo miserable de la vida de Pía, se extiende en demasía, y la pérdida de filtros, resulta más bien breve, lo que hace parecer a la película demasiado extensa o, desde otro punto, que su misma esencia podría haberse resuelto en el formato del cortometraje. El abanico de personajes es una oda al estereotipo y la superficialidad, desde el marido artista que busca la inspiración quién sabe dónde o la amiga que no suelta el celular por un segundo. Solamente el protagonismo de Paz Bascuñan hace que la propuesta se mantenga un rato a flote, pues produce empatía y su histrionismo deviene útil a la premisa central del armado.

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La película redunda en la grosería como casi único motor de la comedia y en una suerte de liberalismo sin pelos en la lengua, ya al poner en escena las crisis de la protagonista con un lenguaje carente de medidas, o en un incipiente erotismo que no se entiende ni se justifica por sobre el lo hago porque puedo. Nota aparte se llevan los tristemente célebres placements, mecanismos a estas alturas habituales en este tipo de filmes, pero que muchas veces apelan a una obviedad a ratos impresionante.

¿Dónde recae entonces su atractivo? Las opciones son diversas, entre el conglomerado de rostros y la promesa sin exigencias de pasar un buen rato. Da la sensación que como público nos hemos acostumbrado a una comedia ligera con estética de teleserie, que produzca algún grado de identificación, entregando poco pero demande menos. Así, el tema se limita a la esfera de los conformismos. Cuánto le podemos exigir a un film nacional para tildarlo de satisfactorio y suficiente. ¿Basta con el número de espectadores? El debate es en verdad interminable, y la pregunta por si es posible la masividad en conjunto con algún grado medio de calidad puede volverse tan ambigua que a ratos bordea en lo innecesario. El problema, si lo asumimos como tal, tiene diferentes aristas, aunque suele dársele tribuna a las menos productivas. Se le suma a la ya mencionada visión demoníaca de los críticos altaneros la posición opuesta, que culpa al espectador embrutecido por no aprehender las propuestas más desarrolladas, acusando a la incomprensión como motivo último de su reducida exhibición.

Los dimes y diretes entre las distintas facetas del asunto podrían extenderse hacia el infinito. Lo cierto es que Sin Filtro trae nuevamente a colación el hecho de que el cine chileno, salvo determinadas excepciones, para tener real éxito de ventas en el país, debe renunciar a mucho de lo que le ha valido un lugar cada vez más destacado en el ámbito global. En la desoladora meseta de la superficialidad, siempre cabe cuestionarse por la naturaleza de este abandono. Con esto no quiero decir que todas las películas deban entregarnos pistas sobre los misterios de la existencia, pero sí legitima el derecho a demandarles forma y pensamiento, porque al fin de cuentas, son una mirada sobre el mundo. Señalar que el límite de su evaluación no ha de superar sus primigenias aspiraciones es precarizar el ejercicio de la crítica y dejar de ver a las películas como discursos que pueden superarse a sí mismos y hablarnos de algo más allá, sea lo que fuere.

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Pues bien, sin siquiera detenerme en los aspectos más conservadores de la película de López -la crítica contra el sistema como forma de rebeldía individualista que no propone ningún cambio, reafirmando su condición explotadora; la visión peyorativa hacia la mujer que reivindica su propio espacio- me resta decir que es un caso ejemplar de nuestro sistema cinematográfico, tanto por lo que la compone como por lo que no. Me resisto a pensar que hay una premisa malvada en este tipo de cine, que intente lavar el cerebro de un espectador empobrecido y poco atento. Son más bien producto de la estructura y si coincidimos que hay un lugar vacante para filmografías que apelen a las grandes audiencias sin comprometer cualquier tipo de mensaje, es tarea de las y los realizadores encontrar las herramientas propicias para lograrlo.

 

José Parra

Nota comentarista: 4/10

Título: Sin filtro. Dirección: Nicolás López. Guión: Nicolás López, Diego Ayala. Fotografía: Antonio Quercia. Montaje: Diego Macho. Reparto: Paz Bascuñán, Antonio Quercia, Ignacia Allamand, Alison Mandel, Ramón Llao, Ariel Levy, Antonia Zegers. País: Chile. Año: 2016. Duración: 100 min.

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3 respuestas a Sin Filtro (Nicolás López, 2016)

  1. Carlitos dijo:

    «Nota aparte se llevan los tristemente célebres placements». Parece que el redactor vio otra película o simplemente no vio esta: «Sin filtro» no tiene ningún placement invasivo; cosa rara e incluso todo un real progreso para una película de López.

  2. Pingback: En Ovalle y Peñuelas se vive el cine chileno al aire libre y “Sin Filtro” – NoesnaHollywood

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