Informe: 27 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata

jang kun-jae

Los primeros días en Mar del plata aparecieron nublados y hasta fríos. La ciudad adquiría un cierto aura de grandeza en declive, con sus edificios setenteros y el hermoso hotel del festival, con unos pasillos que al recorrerlos inevitable  es sentirse como el pequeño Danny en El resplandor (1980) de Stanley Kubrick. En definitiva, un ambiente ideal para pasarse el día en la sala de cine y disfrutar de las secciones preparadas para esta vigésimo séptima edición. Especial atención merecen las dedicadas al cine coreano, “Postales del Sur: Nuevos directores Coreanos”, preparada por Marcelo Alderete, y las secciones de vanguardia enfocadas en los cortometrajistas argentinos de “Super 8” y la nueva escena documental “España Alterada”.

El muerto y ser feliz  (2012) de Javier Rebollo, película inaugural del festival, prometía generar sentimientos encontrados. Estrenada mundialmente en el Festival de San Sebastián, ya había sido ubicada por la crítica argentina en el saco de seguidores de Historias Extraordinarias (2008), el film insigne de Mariano Llinás. Sin embargo la película de Rebollo pareciera estar articulándose desde otro lugar, más cercano en términos de referencia – guardando las proporciones claro está –  a Pierrot le fou (1965) de Jean-Luc Godard que a la película de Llinás. El muerto y ser feliz es una road movie que sigue el último viaje de un asesino a sueldo, llamado Santos e interpretado por José Sacristán, que padece una enfermedad terminal. En el recorrido conocerá a una chica interpretada por Roxana Blanco y siguiendo la lógica godardiana, la pareja se dará a la fuga por las carreteras argentinas en un viaje de cinco mil kilométros, cada una escapando de un pasado mortificante. La película se articula mediante una narración en off que nos va diciendo la escena que a continuación veremos, dicha por una mujer y a veces por el mismo director. En un tono de comedia negra, la voz en off no logra articularse como un metarelato de lo que vemos, quedándose muchas veces en el juego de la anticipación. Ni Godard ni Llinás, El muerto y ser feliz intenta buscar un modo propio y logra buenos momentos aunque su propuesta pareciera no completarse del todo.

Desde el foco coreano el primer gran descubrimiento fue Sleepless night (2012) de Jang Kun-Jae. El director de la película Eighteen (2009) nuevamente se acerca a un tema cercano a su experiencia, retratando la vida íntima de una pareja que ronda los treinta años y debe hacerse cargo de su vida adulta. Bien lo decía Marcelo Alderete al presentar la película, hoy en día pocos films se dedican a representar con acuciosidad aquellos ínfimos momentos de felicidad quieta, de tregua en la vida amorosa. Jang Kun-Jae logra esto y más, mediante una observación minimalista que incorpora escenas que no sólo hablan de la complicidad de esta pareja – como cuando después de un mal día bailan juntos en la cocina del departamento que comparten – sino también aquello que los rodea, una ciudad que no les es ajena, un barrio que disfrutan andando en bicleta aún cuando el trabajo quede lejos y deban volver a altas horas de la noche. Ambos se esperan en paraderos, se miran dormir, se pelean y comen juntos – como en toda película asiática, donde el momento de la comida siempre es esencial y parsimonioso.

Hay algo en Sleepless night que recuerda el cine de Torres Leiva en su última película Verano (2011), en cómo ambos desde tierras tan lejanas lograron describir aquel estado pacífico de una relación, donde el horizonte del futuro está también cargado de ansiedades – la planificación de los hijos, el posible tedio entre ambos, la incomunicación a veces. Kun-Jae, sin caer en facilismos románticos, intenta superar el cinismo actual en una observación humana de esa aún posible generosidad. En este sentido, es fundamental cuando esta forma de ser choca frente a un sistema, en la escena en que el protagonista decide hablar con su jefe y exigirle que le pague horas extra – situación que ocurre en el margen de un sueño y que plasma las ansiedades de este hombre. Él trabaja en una fábrica, pero a diferencia de lo que se podría pensar, la ciudad que los envuelve no es la metrópolis aplastante y alienadora, por el contrario, pareciera ser un lugar que los acoge en sus traslados e incluso en aquellas noches de insomnio que les aquejan, esas noches donde el futuro parece hacerse más pesado.

Por: Isabel Orellana Guarello

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